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Archivo de la categoría: Novelas policiales cortas

UNA VICTORIA MÁS

 

Diario Clarín, página 66, al pie, debajo de los avisos fúnebres :

Solicitud de paradero-La Fiscalía en lo Correccional Nº 27 y El Juzgado de Menores Nº 1 dela Ciudad Autónoma de Buenos Aires solicitan ubicar el paradero de la menor que responde al nombre de Victoria, de 16 años, DNI 33.099.151, se ausentó de su domicilio el 28 de junio. Es delgada, 1.60 de estatura, cutis blanco, cabello largo y rubio, ojos verdes. Vestía pantalón de jeans rojo, remera blanca y campera amarilla. Cualquier información sobre la misma comunicarla al juzgado mencionado, teléfono 4332-0119 o a la seccional Flores dela Policía Federal o al mail:juzgadomenores@justiciabaires.gov.ar

¿Quién lee este tipo de anuncios? Nadie y menos yo. Sin embargo allí estaba sentado frente a Lita y su vecino, el ingeniero Jorge Bonnatesta, en la mesa del Greco, escuchándolos, leyendo recortes de viejos diarios y apuntes, que me trajo este hombre, con los que trataban de ponerme en clima y comprometerme en el “caso Victoria”.

Como de costumbre olvidé presentarme, soy Federico G.Pecthos Branka, investigador de seguros. Si me permiten voy a leer algo de lo que tengo ante mí.

 

1-La Excavación.

 

Los viejos artículos periodísticos dicen:

DIARIO EL MUNDO-SUPLEMENTO BARRIAL.  Lunes 5 de junio de 1971.-

Pensar en el barrio de Flores de los años sesenta es hablar del progreso y del buen gusto de la época.

Recorrer las vidrieras de la avenida Rivadavia, tomar algo en su infinidad de bares y cervecerías o sentarse a escuchar música en la plaza era un paseo obligado de fin de semana  para todo porteño que se preciara de ser del oeste.

Los del norte tenían Cabildo y los del centro Corrientes o Lavalle.

Ir a misa  en la iglesia de San José no era lo mismo que confesarse en la simple parroquia del barrio. Era la época en que irrumpió la minifalda, aunque para asistir a misa se usaba la vieja y larga pollera.

La esquina de Carabobo y Rivadavia, centro neurálgico, como lo es ahora: un infierno de tránsito; y para complicar mucho más el panorama, en los sesenta la estaban modernizando: construían enormes rascacielos. Allí se levantaría uno de los primeros en la zona.

Los tranvías, viejos y lentos,a punto de ser exterminados por esos negociados que suelen hacer los dirigentes, transformaban en polvo ,con su traqueteo ,la enorme cantidad de piedrecillas que inundaban sus vías. Por allí pasaban, entre muchos otros, las líneas 1, 2  y 53, llenos de obreros en la madrugada y más tarde con empleados y estudiantes. Los trolebuses, que competían con los tranvías, habían perdido el sostén de sus cables, que era la pared de la casona en demolición. Los modernos colectivos pasaban sin inconvenientes levantando polvareda y, orgullosamente, la bandera del llamado progreso de la ciudad.

En medio del bochinche, mezcla de tránsito, gentío y construcción, estaban los curiosos de siempre: jubilados, algunos desocupados y los transeúntes que mataban el tiempo viendo trabajar al enjambre de obreros. En la empalizada de la obra se leía el habitual cartel de: « Hay Vacantes ».

Dominaba el escenario, como controlando a unos fieros danzarines de ballet, un enorme e impresionante escarabajo metálico llamado  excavadora.

Cada golpe de su mandíbula de acero arrancaba grandes cantidades de escombros y tierra. Elevaba su bocaza cargada, giraba sobre sí misma y lanzaba  los restos de su pesada mordida a los camiones que, en una hilera disciplinada, esperaban su carga pacientemente.

Era la Argentina creciente que llamaba a las gentes de todo el mundo a trabajar por su grandeza. Los vecinos orgullosos de su esquina.   Firma: Pichuco de Flores          

 

Me cuenta el ingeniero que en medio del fragor que provoca una labor tan dura y cuando la monotonía de una tarea, aunque interesante, repetitiva…llegó la novedad imprevista. (Lee de su manuscrito):

-         ¡Derrumbe !… ¡Derrumbe!- gritaron. La sirena de alarma no se hizo esperar.

Los servicios públicos funcionaban, así que ante el llamado de alarma los bomberos, la policía y la ambulancia de la Asistencia Pública aparecieron de inmediato.

-Según me cuentan los sesenta fueron los mejores años –interrumpí entusiasmado.

-Era  la época de la eficiencia –respondió con sorna.

-Por su expresión me suena a una enorme y endiablada mentira.

-Fue un mito bien vendido…”somos los mejores del mundo” (no competíamos con nadie)…,”con lo que tiramos a la basura en Europa come una familia” y…con esas enseñanzas le lavaron la cabeza a gran parte de nuestra población –afirmó con énfasis.

- Continúe, lo escucho.

- Recuerdo que en la esquina de Ramón Falcón y Varela resaltaba una caricatura de un chancho representando al ministro de economía Don Álvaro Alsogaray mostrando sus gráficos al pueblo porla Teley el cómo se haría para “pasar el invierno”. Firmaba el socialismo argentino.

- Yo soy maestra y los viejos maestros y profesores me contaron que debían evitar gastos superfluos como exigir el uso de cuadernos y carpetas.

- Como diría Borges…”ni mejores ni peores… incorregibles” – añadió Bonnatesta.

- Pero no tanto – agregué como al pasar-. Y la historia ¿cómo sigue?

- Se la cuento al detalle, ¿tiene tiempo?

- Sí, continúe.

Acomodó la garganta y prosiguió leyendo:

-Falsa alarma agente -decía con desesperación el ingeniero a cargo de la obra.

-¿Cómo es eso? -replicaba el oficial.

- Es que la excavadora se encontró con un aljibe abandonado…

-¿Y ?

- Y … el ruido hizo que los muchachos creyeran que era algo peor.

     En medio del diálogo uno de los bomberos, el negro Aguirre, hombre curioso y mirón, se asomó al pozo. Sacó su linterna e iluminó en lo profundo.

-¡Oiga jefe! …venga.

- ¡Voy !… ¿Qué pasa  ?

- Pasa que allá en el fondo veo unos bultos.

     Ahí nomás el jefe dio el grito:

- A ver Ché, traigan una soga y bajen de inmediato.

El propio Aguirre descendió.

 - Jefe hay trapos, un par de cuchillos y unos huesos.

- Ahí te mando el canasto, poné todo lo que encontrés.

     Así lo hizo el cabo. Recogieron: lo que quedaba de dos rastras, harapos gastados y sucios, suela de botas, dos facones ennegrecidos, unas espuelas, algunos huesos y desechos como de un viejo basurero.

- Vea, ingeniero, acá hay que investigar, y lo tiene que hacer un juez-dijo el jefe.

El ingeniero se puso blanco.

- Más blanco que la leche blanca –diría mi abuela y cerré el pico; seguí escuchando.

- Sabía que este hallazgo le frenaría el ritmo de trabajo o, peor aún, se suspendería la obra. Ya había pasado en San Telmo cuando encontraron las trenzas que hizo cortar Belgrano a los soldados. Atraso que en pesos significaba una catástrofe.

 

-Vea –dijo Lita – mostrándome lo que “El Mundo” y “Clarín”  publicaron en la página central: Hallaron restos humanos, un facón, unas espuelas y lo que alguna vez fue una rastra. Ilustraba una foto de la construcción.

 

Bonnatesta continuó: – Se conmocionó el vecindario.  Corrió la noticia como reguero de pólvora – levantó la vista y dijo – Esto es para usted  ya que le gustan los dichos populares…, y empezaron las versiones :

    Don Justo, el viejito del quiosco, que tenía 98 años, recordaba, con esa lucidez de siempre, que cuando él había sido chico esa era la tierra de los duelos entre los del Barrio de Flores y los de Caballito.

-Recuerdo-dijo-que los duelos terminaban con el finado en el fondo del pozo.

    Doña Juana, de edad imprecisa, quien calificaba a Don Justo de viejo bolacero, contó que su mamá le había dicho que Jacinto y Epifanio habían desaparecido después de una borrachera porque el Diablo los había hecho tragar por la tierra.

-Cuando un hombre tomaba, ofendía a una mujer o no trabajaba, entraba en pecado. Y no había Dios o Diablo que pudiera salvarlo-decía muy seria y convencida-. Quien entra en pecado es tragado por el infierno y su cuerpo se pudre y el alma vaga sin descanso por toda la eternidad.

   Además ahora se explicaba por qué al regar con  agua de ese pozo, Don Sixto, el antiguo dueño de la esquina, había conseguido tener una huerta tan florida y productiva.

-¡Cuántas historias! – dije para ir cortando.

    El hombre tenía sus tiempos y ni se inmutó. Continuó narrando de forma amena.

-La versión más interesante fue que una noche los Vergara, Eulogio y Antonio, hermanos de crianza, pelearon por una morocha de pelo reluciente en el que se reflejaba el brillo dela Luna. Lacosa es que cada uno por su cuenta y sin saberlo empezaron a arrastrarle el ala; ella coqueta y juguetona les seguía el juego. Victoria se llamaba la chinita, dicen que por la reina inglesa. Más bien, creo – dijo haciéndome un guiño-, era por el rey Vittorio Emanuel.

Tiempo al tiempo descubrieron el jueguito de Victoria.

La encararon y ella les dijo que se quedaría con el mejor. Ambos arrieros. Ella creyó que le ofrecerían matrimonio o un lindo rancho o vaya a saber qué…

     Los planes de Eulogio y Antonio no eran ni remotamente los de la crédula Victoria. Eran machos y como tales iban a dirimir el entredicho. Cuando se enteró de que iban a jugársela en un duelo corrió al lugar del encuentro. Llegó tarde. Ambos hermanos estaban muy lastimados y desfallecientes. Victoria, ante tal hallazgo, corrió desesperada hacia la incipiente estación Flores del ferrocarril a pedir ayuda. El Jefe de estación y un curandero, que oficiaba de médico o enfermero (no viene al caso), la acompañaron al lugar. No había nadie. El lugar estaba vacío. Se habían ido. Por lo menos así lo creyeron. En realidad Antonio quiso lavar a Eulogio las heridas recibidas. No había mucha agua en el pozo, ni balde para izar. Se asomó abrazado a Eulogio y manoteó para mojar su mano. Apenas rozó el agua, insistió inclinándose un poco más y…. ¡adentro Bachicha !, o sea que se cayeron de cabeza. El tiempo que tardaron  Victoria y sus acompañantes fue suficiente para que estos hermanos malheridos y debilitados se ahogaran. La oscuridad y la creencia de que se habían ido lejos hizo que los tres abandonaran el lugar. El sitio era lejano y de mala fama. Nadie pasaba por allí, ¡ni los lecheros con sus vacas a domicilio!. Llegó el olvido. Suciedad, sequía, abandono y tiempo hizo que nadie los hallara. Como viajaban seguido se supuso que se habían ido para el interior.

¿Victoria ?… Victoria se casó con el Jefe de la estación y se fueron a vivir a Mechita, cerca de Olavarría. No se supo nada más de ella.

 

     Lita me refiere que cuando ella era muy chica historias como estas, tan pintorescas, llenaban páginas y páginas en los diarios y horas y horas de charlas en las tertulias. En realidad la televisión recién empezaba a conocerse porque si no…

 

- Para completar y ya termino –dijo Bonnatesta-: al peoncito de la obra que dio la voz de alarma lo despidieron. La construcciòn estuvo suspendida, pero corto tiempo, porque la empresa se comprometió a dejar el pozo como estaba y a protegerlo con un cordón de hormigón armado y una tapa de hierro hasta que cerrara el sumario. Se dice que debieron adornar a más de un funcionario municipal para lograr la autorización de continuar con los trabajos.

Desde ese día no hubo más avisos de derrumbes, ni alarma, ni nada que interfiriera con el avance de la construcción.

 

 

 

 

2-Ingreso a la historia.

 

Qué cómo llegué a involucrarme en este caso, muy simple. Fue hace unos días.

Salía del teatro Avenida satisfecho con la zarzuela “La Cortede Faraón” a la que fui de puro rebelde ya que el franquismo la había tenido prohibida de por vida. Le rendí mi pequeño homenaje. Crucéla Avenidade Mayo, vía gallega si las hay…otra de nuestras paradojas: los alvearistas demolieron la vieja recova y recortaron el Cabildo uniendo con esta gran vía aLa Rosadacon el Congreso. Algo así como el Capitolio yLa Casa Blanca.  La ironía: lo más progresista de Buenos Aires ni se acercó. La avenida fue invadida por los gaitas que escapando de la guerra civil vinieron con sus artes y ciencias por suerte para nosotros.

Ahora estaba engalanada llena de banderas y cucardas porque se venía el 9 de julio y  habría fiesta. El cielo limpio hacía olvidar que estábamos en invierno. Si no fuera por estos esporádicos fríos, mi amada Buenos Aires te hace sentir siempre en primavera.  Me metí en los « 36 Billares » (en realidad nunca los conté, supongo que son 36): un café con leche y unas carambolas me harían bien para continuar la noche del domingo.

     Tenía el pálpito de que me iba a encontrar con alguien que me metería en algún problema. Así sería, aunque el Flaco Francisco no estaba en mis planes.

-Pero cómo te va, Pecthos-me dijo abrazándome.

-Un kilo Flaco, acabo de ver al Negro Fontova que me sorprendió lo bien que estuvo y además me hice el bocho con Sandra Guida y ni te cuento de Roxana Fontán…

-Dejá alguna para los pobres…

-¿Y yo qué soy  ?. ¿Rico acaso?

-Pobre no sos, si hasta me vas a pagar un café.

- Te lo tenés que ganar.

-A dos rayas y agregá una medialuna.

- Hecho.

     Jugamos casi en silencio, a cara de perro, pero no era sólo concentración. Yo estaba expectante por saber con qué se descolgaría el Flaco.  Y él seguro aguardaba el momento oportuno para darme su estocada maestra.

De pronto dijo con voz acuosa:

-Ché Pecthos, necesito un favor.

-¿Qué tipo de favor ?-usé un tono brusco.

-Es para una gran amiga mía…

     A partir de ahí cada palabra fue como una disculpa, sentí arrepentimiento. El Flaco es un amigazo y no cabía hacerme el duro. Como para suavizar le tiré:

-¿Amiga o amiguita ?

-A mi edad ya son todas amigas-me miró de reojo.

-Vamos Flaco, ¡no vas a tirar la gorra antes de llegar al disco !

Saltó como resorte y metió una de sus famosas apostillas:

- Osvaldo Pellegrino, en el Carlos Pellegrini montando a Penny Post, ya llegaba al disco y para festejar tiró la gorra al aire, ahí nomás le cambió el paso al chucho, yLa Momia Quinterosmontando a Cruz Montiel, que venía de atrás, a palo y palo, lo amuró dejándolo segundo.

-Te lo dije para que no abandones, no para que festejes.

- Abandonar…antes muerto-sorbió un poco de café y agregó-. Aunque como dice el tango “aprende de mí que ya estoy jubilado”.

-Ché Flaco, en tren de confidencias ¿por qué te dicen FM ?

-Mirá Pecthos, eso se debe a que soy devoto de Frondizi y de Menotti. El único estadista de este país y el mejor campeón del mundo…

     Ya estaba por darme la lata cuando, por curiosidad, le pregunté de la gauchada que me estaba por pedir.

-Flaco no te acicateo más ¿qué le pasa a tu amiga ?

-A ella nada, el bolonqui es con su vecina.

-¿Qué, se peleó con la de al lado ?

-No, nada de peleas y dejame que te la diga toda-hizo gesto de que la torta es grande.-La piba de la otra tiene un noviecito y nadie los encuentra por ningún lado.

-¿Llamaron a la policía?

-Sí, y mucha bola no les dan, por eso me ofrecí para hablarte.

-Pero yo sólo sé un poco de seguros, alguna búsqueda de un auto perdido, sacar fotos de alhajas, qué sé yo… no soy profesional.

-Pero conocés gente y entre esa gente algunos tiras.

- A ver contame, dame detalles.

- Mucho no sé porque no las conozco. Lita, mi amiga, me dijo que la piba es buena gente, que estudia, que no tenía problemas, que se llevaba bien con la madre. No sabés el revuelo y la tristeza que hay en ese edificio.

- Es verdad que investigo algunas cosas pero esto…

Me interrumpió.

- Ya conozco tu trabajo, sos un pibe preparado. Como te dije, tenés contactos que podrías aprovechar, mover el asunto porque si no no pasa nada. Haceme esta gauchada.

     Cuando a un porteño le pedís una gauchada difícil que se borre. Me dio un trozo de papel.

-Ahí tenés el teléfono de mi amiga, si podés llamala.

     Sabía que me había  involucrado pero hacía como que me resistía. Leí el papel con cierto desgano, lo miré fijo y le aclaré:

-Flaco, veré qué puedo hacer, no te prometo nada.

-Faltaba más-respondió raudamente.

-Si tengo tiempo la llamo.

-No te sientas obligado. ¡Mozo! ¡Dos cafés que los pago yo! -gritó a viva voz.

     Cambió de tema para evitar ponerse pesado: sabía que yo aceptaría el desafío o que por lo menos había despertado mi curiosidad. Estaba seguro de que cuando nos separáramos llamaría a su amiga para decirle que yo me comunicaría pronto.

- Ché Pecthos, dame más detalles del musical.

-La música me gusta en general y hoy se me dio por la zarzuela, después de todo es música de la madre patria.

- Como tanguero y bailarín comparto tu gusto por la música aunque la de ahora no la pesco.

-¿Estarás contento con la cantidad de tanguerías que han aparecido en los últimos tiempos ?

-Por supuesto, aunque son modas.

-Bienvenida sea, Flaco, y te dejo.

-Chau pibe, y si podés hacer algo contá con mi ayuda.

Lo decía de corazón pero por hoy cierro el libro.

 

 

3-Preparando el terreno.

 

A la mañana siguiente pasé por lo de mi jefe para saludar y ver qué tenía de nuevo.

- Hola Pecthos cómo estás.

     Siguiendo con su cálida costumbre me recibió con un fuerte abrazo y como ambos disponíamos de tiempo nos tomamos unos mates. Aporté los bizcochitos con grasa recién elaborados. Todavía estaban calentitos.

- Eduardo ¿qué tenemos de nuevo ?

- Tenés que ver unas alhajas y monedas de oro coleccionables. Cotización y fotos como de costumbre. Ajustá el presupuesto.

-¿Trabajo urgente ?

-No, Federico ¿por…?

     Pensé en no decirle nada del encuentro y pedido del Flaco: tarde o temprano se enteraría así que le di los pocos detalles que tenía.

- ¡Ojo al piojo ! Cuando hay menores involucrados todo lo que se encuentre o lo que suceda es cosa seria. ¡El que se acuesta con chicos…!- fue todo su comentario.

     Le conté mi experiencia teatral, se interesó en mi crítica artística. Ya tenía que irme, me despedí.

- Chau -me dijo señalándose el ojo con el dedo índice como advirtiendo futuros riesgos.

     Sabía que lo había preocupado y que tenía razones para ello. La curiosidad me estaba carcomiendo.

     Me fui para Caballito, estacioné en Rivadavia al 6400 y llamé al encargado del edificio. No estaba, se había ido a una casa tipo quinta que tiene en Laferrère. Hablé con el suplente: le expliqué el motivo de mi visita. Pensó que era policía, pero yo no le dije nada, que creyera lo que quisiera. Eso sí: me contó que el titular estaba estresado y muy triste por lo que había sucedido. Le pregunté por la señora Lita, ya que no respondía a mi llamado por el portero eléctrico. Miró su reloj y me comentó que todavía estaba trabajando, que llegaría en más o menos una hora. Me fui al bar “El Greco”. Habrían pasado unos 45 minutos cuando se me acercó una pareja. La señora, muy elegante se me presentó.

-Soy Lita y el señor es el ingeniero Jorge Bonnatesta. El encargado me dijo que me busca.

-Sí, soy Federico G.Pecthos Branka- dije a modo de presentación.

     Puso cara de esperar a otro tipo de persona.

-Soy amigo de Francisco-afirmé como insistiendo en mi presentación.

- Lo sé, Francisco me llamó y aunque no me dio seguridad de cuándo vendría, me aseguró que nos ayudaría a encontrar a Vicky.

     El Flaco sabía lo que hacía pensé para mí.

- No soy policía pero quizás tenga suerte y logre ayudar de alguna forma  -insistí en aclarar una vez más mi situación.

-Sea o no policía necesitamos su ayuda, la angustia por la niña es muy grande, no soy la madre pero como si lo fuera… la vi crecer junto a mis hijos. Todos los días le enciendo velas a Santa Rita para que aparezca.

Había mucha emoción en su voz y una mirada implorante por la aparición de Victoria.

-Dígame lo que sepa.

-Mire, todo empezó en el aljibe…

-¡A ver!, ¿cómo es eso?

Su acompañante sacó de su maletín recortes de diarios y unos escritos suyos. Empezaron a contarme y…¡Bien! aquí estoy leyendo y escuchándolos a la señora Lita y al hombre.

 

 

4- Cuánto sabe una madre.-

 

Interrumpí mi lectura.

-¿Podré ver a la madre ?

-Sí, de inmediato -respondió ella.

     Nos pusimos de pie y nos encaminamos hacia la entrada principal del edificio. Al llegar a la puerta principal el señor consideró conveniente dejarnos. Este ingeniero con sus historias, recortes y escritos me hacía pensar en los dichos de León Benarós o en los de Tasca. Lindas anécdotas pero … ¿ me servirán?

-Vamos al 5to B, allí viven ellas- dijo Lita sin parar de hablar.

La seguí sin decir palabra.

     Entramos a un pequeño departamento, pero pequeño de verdad. Allá estaba sentada doña Marta, triste y deprimida. Su cuerpo había sido muy maltratado, excedida en peso y con las piernas vencidas y laceradas por las várices que sehallaban cubiertas por unas medias que,  lejos de disimularlas, acentuaban lo horrible de su apariencia. Con un lenguaje refinado, que me sorprendió, se dirigió a mí como si fuera a solucionar todos sus males.

 -Señor, por fin encuentro un alma piadosa que busque a mi niña. Estoy pasando por un infortunio que no se lo deseo al peor de mis enemigos si es que los tuviera.

-Señora, necesito una foto de Victoria y que usted me dé indicios…

-¿Cómo cuáles ?-me interrumpió.

-Horarios, lugares que frecuenta, amistades, gustos. Usted me cuenta y yo tomo nota y si necesito más la interrumpo y me dice. ¿Le parece?

-Usted sabe cómo son los chicos de ahora que dicen poco y nada.

-Lo que sepa me servirá. La escucho.

-Es una chica común, estudia en la secundaria de Murguiondo y Avenida Alberdi, en Mataderos.

-¿Por qué allí y no más cerca?

-Porque allí tiene varias amigas y le gusta más -respondió y se quedó espectante.

-Siga que la escucho.

-Es buena alumna, está contenta con la escuela. Le gusta la música, suele ir a bailar con las amigas, a veces se queda en la casa de ellas, otras se quedan por acá. Si no vuelve, siempre me llama por teléfono para que no me asuste.

-¿Es usted asustadiza ?

-En realidad no lo era, pero con los tiempos que corren una no da para sustos, si no mire…

     Los ojos se le llenaron de lágrimas. Lita corrió a la cocina y le alcanzó un vaso con agua y una pastilla de color rosa. Quizás un tranquilizante. Continuó:

-Se hizo de un noviecito que me parece que trabaja y no estudia, cosa que siempre me preocupa porque ese muchacho sin una buena preparación qué va hacer en el futuro si todo cada día es más difícil y el saber es más que necesario.

-¿De qué trabaja y dónde ?

-No estoy muy segura, sé que es hincha de Nueva Chicago porque él y mi hija no se pierden ni un partido, creo que en un frigorífico cerca de la escuela pero…

-¿Cómo se llama el chico ?

-Le dicen Mojito.

-¿Mojito ?…

-Sí, porque adora la música cubana y a veces mi hija me contó que bebe un brebaje, que se llama « mojito », que es mezcla de agua, ron, azúcar y se agrega una hoja de menta o yerba buena.

-Su hija ¿tiene amigos en el edificio ?

-Por supuesto que sí -respondió Lita como si mi pregunta fuese algo hiriente.

Marta giró la cabeza hacia su vecina y asintió.

-Los chicos, hasta que mi hija se escapó con el novio, se reunían en el sótano del edificio, allí hay una especie de patio donde se juntaban a tocar la guitarra y a charlar.

-Los veré a todos para obtener más datos sobre Mojito -redondeé para ir terminando.

 

 

5-Buscando chicos.

 

Lita y Marta me indicaron los departamentos en los que habitan los chicos amigos de Vicky. También les pedí que avisaran a las familias, como forma de presentación, que les dijeran quién soy yo y que sepan que estoy como amigo buscando a la niña, que todo lo que me digan sólo será para mí y nadie más.

     No sé si ese protocolo serviría para mucho pero era mejor que nada. Los padres no quieren que se moleste a sus hijos y menos si es la policía, aunque ellos sospechen que las cosas no andan bien.

     Aquí estaba yo tratando de conseguir un poco de crédito. Me costó explicarle a   Lita que haría las entrevistas solo; ella, ansiosa, quería acompañarme.

-¿Desconfía de mí?-preguntó casi de manera provocadora.

-No, es que necesito libertad de movimientos y estoy acostumbrado a trabajar sin compañía.

    La dejé sabiendo que ya metería su nariz en el asunto; de sólo pensar en su ayuda ya temblaba por anticipado.

     Sonó el timbre del14 C.

-Buenas tardes ¿está Nanucha?

-¿Quién la busca?

     Empezamos mal, pensé.

-Soy Pecthos Branka.

-¡Ah ! Lo esperábamos, Lita nos avisó-. Otra madre en estado de alerta que abría su puerta.

     Nos presentamos, me sentaron frente a una mesa y de inmediato apareció un café. Nanucha estaba vestida de nena pero contenía cuerpo de mujer. Y muy bien agraciada por decirlo con educación y fineza. La mamá también se veía llamativa pero no vestía con elegancia.

     Dialogamos los tres hasta que le pedí a Elena, la mamá, que nos dejara un momento. Sabía que escucharía detrás de la puerta pero lo que yo quería era que la piba tomara confianza y se soltara en algo. Lo más provechoso fue el dato de que se juntaban con los chicos en la esquina de la escuela, comían pizza y tomaban cerveza, ella tomaba Coca diet porque engorda menos. Cuando le pregunté si seguían viéndose en el sótano me respondió que el administrador les prohibió sentarse en el aljibe. Que ahora no se reunían porque estaban preocupados y tristes, que a ella no le gustó ni medio que se fugaran así…

-Así…¿cómo así ?

-Así-dudó-¡sin avisar a los chicos!

     Me he propuesto no presionar más que lo necesario, por ello preferí parar allí. Saludé y me fui. Ya seguiría. Nanucha me servirá de gran ayuda.

 

 

6-Visita al sótano.

 

Antes de salir del edificio decidí conocer el lugar de reunión de los chicos, bajé por la escalerilla de emergencia. Un enorme garaje a oscuras; en la penumbra distinguí la llave de luz. Encendí (no mejoró demasiado). Muchos recovecos, lugar para unos veinticinco autos, al costado bauleras y, muy escondida, la explanada donde se sientan los chicos. Un círculo de unos dos metros de diámetro, cincuenta centímetros de alto, hecho en concreto y cubierto con dos gruesas tapas de hierro selladas con un fuerte candado. Me acerqué para ver detalles, mis ojos son mejor que una cámara fotográfica: recordaba el entrenamiento que me dieron en la agencia. Cuando noté la sombra…sólo sentí el chasquido…

-¿Se siente mejor? Me escucha…

Una mujer de blanco me estaba socorriendo…

-¿Qué pasó ?-hablé automáticamente. Sabía, aunque atontado, que me habían golpeado en plena cabeza.

-Se cayó y golpeó contra el borde del aljibe.

-Pero…¿dónde estoy ?

-Lo trajimos a la farmacia entre el portero, unos vecinos y yo.

     Estaba todavía mareado cuando decidí irme para descansar: no estoy acostumbrado a que me forreen de esta forma. Saludé y huí.

     Paños fríos, dos aspirinas, un whisky doble y el maldito y odiado faso me calmaron el dolor. Ya más tranquilo recordé cosas de Nanucha: estamos preocupados y tristes es un indicador de que no tiene noticias de sus amigos, comemos pizza en la esquina de la escuela, seguro que allí sigue viéndose con los otros; y otra cosa más pesada, « no quiero engordar »: quién no me dice que esta se pastillea, tampoco sé si tiene algo que ver. Tengo que visitar la pizzería y también debo hablar con el administrador y saber por qué los corrió ahora y no antes. Estoy muy caliente por el garrotazo, qué es lo que dije, a quién toqué o qué es lo que vi o no debo ver.

 

 

7-Los profesionales.

 

Me repuse y salí a cotizar y sacar las fotos que Eduardo me había encargado. Como de costumbre me encontré con coleccionistas detallistas y meticulosos. Vería, cotizaría y documentaría en fotografías sus monedas y alhajas antiguas. Me esperaban desconfiando de que realmente fuera quien decía ser. Mi credencial los calmó un poco. La leyeron y releyeron, analizando si era legítima, miraban la foto y me miraban, compararon mi cara con la foto hasta que se convencieron y me dejaron pasar. Me acordé de mis visitas a Cuba o a Chile donde, en migraciones, me solía pasar lo mismo. O mejoro las fotos o mejoro mi cara, veré qué es más conveniente…

     Después de casi dos horas pude retirarme con las pólizas firmadas. Todos contentos.

     Cuando terminé aproveché para encontrarme con Antonio Mosquera, un viejo amigo que fue comisario de minoridad y ahora retirado, quien no dudaría en darme una mano.

     No me equivoqué: don Antonio, desde su celular, se comunicó con el oficial que había recibido la denuncia de  Marta. Nos esperaba en media hora.

-¡Che Pecthos!

-¿Qué don Antonio?

-Para empezar ya sé que soy viejo, así que suprimí tanta seriedad en el trato. Soy Antonio o Toni a secas.

-Bueno Toni, gracias.

-Como te iba diciendo, nosotros los canas somos fríos y justos, no duros. Nos hacemos los duros porque si no te madrugan. Escuchá y sacá conclusiones, hablá lo menos posible.

-Entendido…

     Llegamos a tiempo. Nos esperaba en un café, el Odeón, de Rivadavia y Pedernera. Alto, desgarbado, con ojos saltones e inquietos, me pareció un rutinario más, aunque con la policía nunca se sabe. Si ellos quieren encuentran agua en las piedras pero…

     Hicimos las presentaciones y los dos canas usaron esa formalidad de colegas en armas que sólo entre ellos puede darse. Erguidos, tacos juntos, reverencia apenas perceptible al darse las manos e intercambio de tarjetas. Nos sentamos y pedimos café.

-Oficial Molina-encaró Toni-, mi amigo busca a unos chicos llamados Victoria y su novio, un tal Mojito … le han dicho que usted interviene en el caso.

-Afirmativo comisario, me notifiqué del hecho y me hice presente en el domicilio de la damnificada madre de la niña. El caso está caratulado “Búsqueda de persona. Investigación de paradero”.

-¿Hay noticias?-interrumpió Toni.

-No hasta el momento.

-No será aplicado el artículo cesto ¿o sí?.

-Comisario, usted bien sabe de la enorme cantidad de jóvenes escapados de su casa, por lo general aparecen después de un tiempo. Se fueron dos y vuelven tres. Seguimos llenando el artículo cesto.

-¿Qué artículo sexto es el que dicen?-pregunté molesto por ignorar qué era ese  comentario matemático.

     Toni me miró como sorprendido.

-No es sexto, es cesto. El cesto de papeles-me aclaró.

-Si no lo aplicamos nosotros lo aplicará el secretario del juzgado-reforzó el oficial.

-¿Y el juez qué dice?

-Mirá, Pecthos, esta es la realidad…

    El ficha lo interrumpió:

-Señor, nosotros somos policías, no magos. Hacemos lo que podemos.

-Esperen…esperen, si no entiendo mal este caso parece cerrado o casi…

-Y…los chicos son impredecibles.

-Toni, con esa respuesta siento que no se los protege.

-Sabe qué sucede, Pecthos, los padres carecen de autoridad y pretenden que nosotros hagamos lo que ellos no hacen.

-Eso sí sin molestarlos – apostilló Toni.

-Yo les agradezco la sinceridad pero es histórico que los pibes sean sospechosos  de algo y encima no se les da pelota.

Así estuvimos un largo rato. No los iba a cambiar, pero un pedacito de ayuda tendría que lograr. Les expliqué en detalle mi intervención en el caso y del oficial Miguel Molina logré su promesa de ayudarme de ser necesario.

Nos despedimos. Le reiteré, a los dos, mi agradecimiento por su sinceridad. Todavía me dolía la cabeza del golpe pero mucho más me dolía por esta situación.

 

 

8-Nanucha.

 

Hacía dos días que estaba detrás de una pista. Paré en “El Cedrón”, en la esquina de la escuela. Ya me habían advertido que el mejor lechón de Buenos Aires se come ahí. La pizza tampoco se queda atrás.

     Me senté con vista al colegio; tenía una foto del grupo de amigos de Vicky.  Cerca de las cinco, asistí a una escena que sólo ahí podía haber presenciado:  los mozos se reunieron en círculo a cumplir con un ritual casi perdido. El encargado llegó y arrojó sobre el mostrador unos papeles doblados  que, uno a uno, empezando seguramente por el de mayor antigüedad, fueron tomando y leyendo, para ver cuáles mesas les había tocado en suerte servir en ese nuevo turno. Estaba entretenido cuando la vi pasar a Nanucha. La llamé y me enteré de que no es alumna pero sí preceptora y amiga de los chicos.

-Tomo un café y me voy, salí hasta el banco para aprovechar un poco de sol.

-La Barrade Vicky ¿es de esta escuela?

-Una buena parte, otros no.

-¿Qué otros?

-¡Y!…los del edificio y los de por acá.

-Como Mojito…

-Mojito trabaja cerca pero no es del barrio.

-¿Sabés dónde trabaja?

-En el frigorífico de Rodó y Murguiondo y si no, lo podés encontrar con la hinchada de Chicago, es acá cerca, en Cosquín y Justo Suárez. Al lado del barrio Los Perales.

     Se despidió con un beso en mi mejilla y la vi irse contoneándose hasta casi desarmarse. Me divirtió el intento de flirteo.

     Pasé por el frigorífico, pregunté por Mojito. Hacía varios días que no sabían nada de él. La policía había, ya en su momento, pasado preguntando lo mismo.

-En qué lío se metió – el que hablaba era un viejo todo de blanco envuelto en un delantal que lo ceñía dándole la forma de un matambre con botas-. Siempre le decía cuidate de las amistades, algún día te van a enquilombar y después ni te cuento.

     El carnicero en cuestión tenía una enorme cuchilla en la mano derecha y le estaba asentando el filo con una chaira que sostenía con la izquierda; me pareció amenazante y me puse en guardia.

-Sólo lo busco para darle un paquete.

-Paquete es el que me querés hacer.

     Me fui sin responder, no suelo discutir con alguien que tiene semejante pedazo de filo en la mano. Puede que tenga mejor suerte con los amigos del club de sus amores.

 

 

9-La hinchada.

 

Ya oscurecía, un grupo de muchachones estaba terminando un picadito. Todos de verde y negro. Me dieron ganas de sumarme. Le pregunté a uno de los pibes que miraban con quién podría hablar, me señalaron a uno que jugaba como un desaforado pero con una mirada alerta. Resultó ser  el “Chancho Gonzalo”. Me presenté como primo de la novia de Mojito.

-¿Qué yerba fumás?-lo dijo sin preámbulos.

-Tabaco rubio.

-Dame uno, Vieja.

Fumamos juntos en silencio; al rato gritó:

-¡Fierita, vení!

     Se acercó como con desconfianza, mirando de reojo, nunca de frente, un muchachito bajo y menudo. Tenía tatuado un torito en el brazo derecho y una espada con una víbora enroscada en el izquierdo. Al llegar se bajó el gorro y se cubrió el rostro con su pasamontañas.

-¿Qué hay Chancho?

-¿El Mojito?

-La última vez por allá, atrás de la cárcel de los muertos. Rajando.

-Ya escuchaste.

     No entendí un carajo pero no tuve tiempo para nada más. Varios pibes empezaron a golpear sus bombos y la barra entonaba cánticos a favor del equipo campeón, Nueva Chicago, y otros contra Vélez y All Boys. Fumando esperé. Cuando el Chancho vio que se terminaban los puchos me llevó a tomar un café, entramos al club por la puerta trasera, atravesamos una tribuna en construcción y llegamos a un mostrador que estaba debajo de otra.

-Vos poli no sos…tampoco primo de nadie, por acá nadie te conoce. Batí la justa ¿qué mierda buscás?-pude ver el bulto del fierro en su cintura.

Me jugué por la verdad…le conté casi todo.

-¡Humm…!

     Contuve la respiración, los segundos me parecieron siglos.

-Seguime que te llevo.

     Nos subimos a su ciclomotor. Su apodo de chancho es por lo gordo y grandote, yo no soy gordo pero tampoco pequeño. El aparato estaba medio desvencijado, creí que explotaría. Fuímos cerca, a un kilómetro más o menos. Entramos a “la Ciudad Oculta”. Ya era de noche, no sé cómo este Chancho veía. Serpeamos por una tan estrecha como larga calle de tierra. Escombros y desechos varios. Por acá la mano de Dios no pasa. Nos detuvimos.

-Laucha, si estás ahí vení-hablaba a un ranchito a oscuras y abandonado.

Esperamos unos interminables instantes. Sentía que en cualquier momento la ligaba.

-¿Qué querés?-salió una voz femenina de la nada.

-Mirá bien a mi compañero. Si ves a Mojito decile que lo buscan.

Giramos en redondo y salimos. Apenas distinguía los antiguos corrales de los mataderos cuando saltamos por el aire al cruzar las vías abandonadas del que fuera tren de ganado en pie. El abandono de ese lugar es tal que me remonté a las películas del Lejano Oeste, sin vaqueros, sólo los condenados a ser villeros y los delincuentes que los someten a la promiscuidad y al silencio cómplice. Si mirás lo que no debés fuiste y no quiero imaginar qué te puede pasar si hablás de más.

-¿Cómo sigue este asunto?-quise saber.

-Veníte el sábado al partido. Te pagás un vino y vemos.

 

 

10-Los nuevos amigos.

 

     Conocía al barrio por su famosa feria gauchesca pero nunca había ido al mundialista como le dicen los muchachos al club Nueva Chicago.

-Somos el Boca del Nacional B-me escupió el Chancho a la cara.

     Cuando vi el gentío que convocaba un simple partido de fútbol, reconocí que era verdad. Papeles de colores verde y negro, banderas, paraguas, madres con bebés en brazos. Bombos, muchos bombos. Todo era cantos, gritos de aliento y alegría. La mejor terapia social parecen ser unos cuantos partidos ganadores y a seguir tirando. Quedé contagiado de la algarabía pero no olvidaba qué me convocaba.

-Che Pecthos ¿qué te parece?

-Estoy sorprendido, ¿y ahora qué hacemos?

-Esperar, sólo eso.

     A cada amague de gol todos se abrazaban, puteaban, maldecían y agradecían a la virgen el haber nacido en Mataderos y poder ser hinchas de Chicago. El humo de los choripanes no me dejaba ver el partido y el olorcito no me dejaba concentrar en lo mío. El reparto de tetra tinto y de petacas con “3 Plumas” era incesante. Todo tipo de vendedores desde caramelos, gorros, banderines y gaseosas hasta lo más imaginable que uno pueda comprar en la vía pública pasaba por esa tribuna. Muy cerca de mí estaba apostada parte de la Guardiade Infantería de la Federal; pasó un morocho, vestido de toro verde, que portaba filas de cigarrillos entre sus dedos, seguro más de veinte, voceando “a los porros muchachos, a los porros…” Me acordé tanto de“Chuenga”, el inventor del masticable de cancha (si el estaba presente había garantía de fiesta deportiva), que me costó bajar a la realidad. Así corrieron más de dos horas.

     Terminó el encuentro de fútbol con un empate y nos fuimos al ritmo de “Chi-Chi-Cago, Chi-Chi-Cago” hasta que las gargantas no dieron más. Después de dos vinos el Chancho me dijo que me llamaría, que Laucha y Fierita tenían razones para creer que andaba por atrás del cementerio de Villegas. No precisó si solo o acompañado.

     Ya caía el sol y me fui para el edificio porque Lita me llamó por algunas novedades que podrían ser interesantes.

-¿Qué tal señora cómo le va?-me esforcé por no tutearla.

-¡Bien!, pase. Le voy a preparar un té.

La mesa rebosaba de masitas y porciones de torta.

-Como verá todo es casero. Me encanta la cocina y cuando no cocino para la iglesia lo hago para mis amistades.

-Le agradezco la atención.¿Qué novedades tiene para mí?

-Estuve indagando por el vecindario.

-Me lo temía-dije sin querer.

-¿Cómo?

-¡No!, nada…estaba seguro que me ayudaría.

-Juanita, la hija del florista, le comentó a su mamá que a ella le contaron que los chicos se reunían en el sótano del edificio y sabe qué…

-¿Qué?

-Fumaban marihuana-sus facciones parecían decirme tomá te la chanté.

-Señora, muchos chicos fuman y no tiene por qué ser marihuana.

-Sí, pero también tomaban cerveza, que como usted sabrá es para reforzar la fumata.

-Debemos tener cuidado con este tipo de apreciaciones.

-Sí que lo tengo, pero Juanita dice que estuvo ahí y lo vio con sus propios ojos…

-Hablaré con Juanita y veremos que resulta de esto.

-Tendrá que esperar al lunes porque los fines de semana no está.

-Entonces será hasta el lunes. Le agradezco el té y los datos, adiós.

Salí pensando en que si se corre la bola de que hay drogas en este lío, los chicos van a terminar mal. Subí al auto y contra el limpiaparabrisas había una nota: “Pecthos, subí que tengo algo importante para contarte.” Firmaba Nanucha.

     Toqué el portero eléctrico en el14C, sonó la chicharra y se abrió la puerta. Entré y subí. Me recibió Nanucha. Ya no era la jovencita que había visto el primer día, ni la desaliñada preceptora del último encuentro, hoy estaba vestida para matar. La blusa escotada, la mini negra y botas al tono  dejaron ver a la mujer atractiva que pretendía ser. Me prometí compostura y no caer en el facilismo de que la carne es débil.

-Pasá-sonrió ante, supongo, mi cara de sorpresa.

-¡Hola! Vine lo más rápido posible.

-Sé que estabas con la vieja de abajo.

-No es ninguna vieja, sólo una señora mayor.

-¿Sabías que anduvo preguntando por nosotros y que nos escrachó por todo el barrio?

-¡No! Aunque me lo imagino. Ya que estamos ¿qué hacían en las reuniones del sótano?

-Hablábamos, escuchábamos música, tomábamos cerveza y fumábamos.

-¿Y cómo se formaba el grupo?

-Empezamos los del edificio, después venía algún amigo, novio…

-¿Todos menores?

-¡No!, todos jóvenes, a quién le importa si sos menor o mayor. Si hasta el encargado venía con nosotros, por qué pensás que se enfermó. Se cagó todo con la escapada de los chicos.

-¿Por qué?

-¡No sé!, supongo por miedo a perder el empleo o de que la mujer lo cague a palos. Cuando estos dos se cansen y vuelvan, todo seguirá más o menos como antes-puso cara de esperanzada,

-¿Vos creés? ¿y si vuelve con el bombo?

-No sería la primera, ni la última ¿y por qué embarazada?

-Seré machista.

-Sos un macho lindo y tentador-se acercó y me lamió la oreja.

No me tomó de sorpresa pero logró que me estremeciera. Volví en mí y tratando de no ponérmela en contra reculé.

-¿Sos trolo?

-No. Sabés qué pasa,  donde se trabaja no se debe hacer otra cosa.

-No me jodas…

-No te estoy jodiendo. Mirá, sos muy linda pero por ahora intocable. Cuando esto termine nos podemos ver, hablarnos…

-¿Te creés que sos el primero que me versea? Sólo quería divertirme un rato.

     Cerré el trato con la promesa de que un aventurero como yo volvería y pasaríamos un momento inolvidable. No me atreví a decirle que me gustan las mujeres y no las niñas. Hubiera sido una catástrofe.

 

 

11-Un encuentro movido.

 

Había decidido encontrarme con mi jefe. Eduardo y yo tenemos muchas cosas en común y pasarla bien es una de ellas. Billar y una buena cena era la propuesta. Nos fuimos al Museo del Jamón y corrió el cochinillo a lo loco. Después del café me dijo muy sorprendido que se había olvidado la billetera. El viejo truco, pensé. Le comenté en qué andaba con el caso de los chicos desaparecidos. Me cuestinó  que no hubiera hablado con el portero y con el administrador. A modo de justificación argüí lo interesante que me había resultado ir a Mataderos y que esperaba resultados positivos.

-¿Sabés porque te salen bien las cosas?-me dijo en postura de filósofo con la panza llena.

-¿Por…?

-Porque pensás en positivo y eso te da energías para ir hacia adelante.

     Me emocionó y me sorprendió. Nos fuímos a los billares. Allí estaba el Flaco. Nos saludamos y la emprendimos con el juego.

-Pecthos-atacó el Flaco- Lita está chocha con vos.

-Gracias. La santurrona es muy atenta pero metida.

-Mujer al fin… -respondió con una sonrisa de costado entre burlona y maliciosa.

-Flaco, el pibe y vos en flor de despelote se están metiendo.

-¡No se hable más!, ya les llevo diez carambolas. Hablemos de otra cosa.

-Decime, Flaco ¿es verdad que Carlitos le cantó al golpe del 30?

-Ni me hables, el hijo de puta franchute al que admiro era conservador. ¡Viva la patria!, se llama …lo perdono porque es Carlitos- Le pegó una gran pitada al faso y se quedó mirándome, agregando.

-¡Y!…¡Cómo no iba a ser conservador!, vivía de ellos. Cantaba en los piringundines de Avellaneda.

Eduardo nos agregó:

-Jugabas, putas y farra. Ganaras o perdieras, el guardia, vigilante de provincia, te acompañaba hasta el puente para que nadie te moleste.

-¡Ay Carlitos el primero y el mejor!-dijo Francisco levantando los brazos como hablándole al cielo.

     Seguimos así toda la noche boludeando con nuestra cultura porteña entre café, cigarrillos y cognac.

     A la madrugada siguiente, serían las doce menos cuarto del mediodía, sonó el teléfono. Era el Chancho Gonzalo.

-Pecthos, esta noche en el almacén de “Querandí Viejo”. No faltés.

-¿Qué hora es esta noche?

-Las 10, Boludo-colgó.

La esquina donde debía ir era una de las más desoladas y oscuras que existen en Ciudad Evita. Antigua casona blanca venida a menos, rodeada de lo que fue un jardín, hoy enorme pastizal. Esperé sentado en una mesa ubicada contra la vidriera, cosa de estar bien visible. Lo vi, era él. Mi instinto no permitiría equivocarme. Salí rápidamente y lo llamé:

-¡Mojito!.

     Dos estruendos, en medio de la oscuridad, acompañaron mi llamado. Mojito entre las sombras corrió cruzando la calle y hundiéndose en el pastizal que baja hacia la estación del ferrocarril. Vi al que lo seguía, de inmediato me prendí en la persecución. No podía permitir que le pasara nada.

Haber jugado al rugby  me sirvió para taclear al atacante. Rodamos por la cuesta cayendo al costado de las vías, nos dimos un par de galletas. Le emboqué una patada en los huevos y quedó tieso. Quietito, sin respirar. Lo revisé, estaba desarmado. Con el encendedor le iluminé la cara, lo reconocí.

-A vos te vi jugando a la pelota con la barra del Chancho.

-Pelotudo, ¿vos que te metés?

-¿Quién sos…cómo te llamás?

-¡Andá a la put…

Le tapé la boca de un castañazo. La sangre brotó a borbotones.

-¡Pará, pará! No me pegués más, sos boludo vos. Soy el Oscuro amigo del Chancho.

-Pero…¿qué te pasa? ¿Te mandó el Chancho?

-No, pasa que ese guacho y sus amigos me deben buena guita y andan escondiéndose, los voy a cagar a tiros si no pagan.

-¡Pará loco…pará! Si lo boleteás ¿cómo vas a cobrar?

-Es asunto mío.

-Eso está por verse, yo también los quiero.

-¿Te deben?¿Vendés merca? …No te conozco.

- No, sólo busco a Mojito y a su novia.

-¿Sos yuta?

-Sólo amigo de la familia. Una de esas te puedo conseguir algunos mangos.

     Nos calmamos. Hicimos un arreglo, yo lo ayudaría a cobrar y él no lastimaría a nadie. Le di mi tarjeta y lo dejé ir.

     Trepó la cuesta, se subió a un auto que lo esperaba sobre el puente de la ruta 21. Oscuro sabía que Mojito estaba escondido por ahí nomás. Antes de irse gritó con todas sus fuerzas: “Mojito hijo de puta, me tenés que pagar ”.

 

 

12- El Pacto.

 

Había dejado escapar una buena oportunidad. Me quedé fumando por más de media hora desde que se fue el Oscuro, creía que Mojito me observaba y se iba a acercar a mí, después de todo me jugué por él. No hubo contacto. Me fui. Mañana sería otro día.

Eduardo me estaba esperando, mi compromiso de entregarle el informe del seguro fue un buen pretexto para reunirnos. Terminamos rápido con lo nuestro y entre mate y mate le conté lo sucedido.

-¿Qué tipo de deuda tiene Mojito con el Negro?

-Oscuro, no Negro, Oscuro…

-¡Bueno! El Oscuro Negro, ¡ves!, le puse apellido.

-Siempre de joda, vos no cambiás más.

-El que tiene que cambiar sos vos,¿no te gusta vivir tranquilo?, ¿jugar al golf, al billar, reunirte con los amigos?

-Sí, pero el que me metió en esto es un amigo. Ya estoy y…a bailar, no queda otra.

El diálogo fue interrumpido por mi celular. Eduardo gesticulaba imitando a un organillero dando manivela sin cesar.

-¡Ah! Chancho,¿sos vos? ¿Sabés del quilombo de anoche?

-Sí, Oscuro me contó. Yo nada que ver.

-¿Quién le avisó entonces?

-Este negocio es jodido, no controlo todo.

-¿Tenés un jefe?

-Peor que eso, hermanos que a veces se cortan solos.  Esta noche en “Ge Coco”, sobre camino de cintura, quedate en el estacionamiento dentro del auto. Vení solo.

     Colgó. Me calenté con estos tipos y Eduardo me miraba estudiándome.

- Seguís puteando pero vas a ir.

-¡Por supuesto! Voy a llevar una cachiporra, eso lo vi en una película “Abuso de Poder” con Nick Nolte, en que los canas daban con gusto. Me impresionó y creo que es un arma terrible.

-No me gustan las armas. Un par de piñas o de patadas es suficiente pero si te agarran armado puede ser peor el remedio que la enfermedad.

-Sabés qué, Eduardo, soy un aficionado en la investigación policial.

-Pero un profesional en meterte en bolonquis.

     Me dejó pensando. Qué haría de mi vida si no tuviera motivos para segregar adrenalina y… caminar por un cable de acero a100 metrosde altura; tengo algo de vértigo además no me interesa romperme el alma de esa forma. Ser profesor para corregir las boludeces de los pendejitos que sólo quieren jugar con la compu o ver tele, menos aún, creo que los ahorco el primer día.Médico para recomendarles pastillas a los empresarios o enemas a los ancianos… Con el título le di el gusto a los viejos pero ¡cómo me tira la calle!

En el cruce de la 21 con el Camino de Cintura se encuentra “Ge Coco”(tendría que ser:Chez Coco,¡en fin!). Seguí las instrucciones y casi a medianoche me detuve  en el descampado que hace de playa de estacionamiento. Enfrente está el boliche. Me llamó la atención que los autos estaban cuidados por dos enormes dogos. Desde adentro, protegido,  un viejo gordo vestido como de gaucho observaba. Esperé más de veinte minutos, sentía ganas de fumar pero sonaría a señal. De entre las sombras apareció Laucha, bajé el vidrio a medio empañarse, y me dijo que si todo andaba bien Mojito vendría.

     Pasaron otros veinte minutos en los que me entretuve escuchando la música de tango y viendo a los comensales que estaban muy absortos con el show. Apareció Mojito de la nada. De repente estaba abriendo la puerta trasera y tirándose al piso: me pidió que saliéramos de allí.  En la rotonda de Crovara nos detuvimos; protegidos por unos eucaliptus y con la iluminación del bar “El Peligro” frente a nosotros (se llama así por lo  cerrado de la rotonda, al menos eso creo), teníamos buena visión pero éramos invisibles para los demás.

     Lo primero que dijo fue:

-Te agradezco lo de la otra noche.

-Ya está- apuré una respuesta.

-Ese por tres gambas mata a la madre.

-¿Hermano del Chancho?

-No, amigo. Lo de hermano es por los laburos fules que hacen juntos.

- Y de tu novia qué me podés decir-corté y arriesgué, no tenía otra.

- No es mi novia, es amiga y siempre andamos juntos.

- ¿Dónde está?

- No lo sé…

- ¿Cómo que no sabés? Si vos rajaste con ella.

- No loco, yo rajé por ella- los ojos le brillaron en la oscuridad.

- Mirá pibe, yo soy un tipo comprensivo pero de gil no me toma nadie.

- ¡Pará loco! Yo me espiré porque quién me iba a creer que no tengo nada que ver.

- ¿Por qué pensás así?

- Soy villero y negro ¿sabés lo que haría la yuta conmigo?

- Pero así te estás enterrando más y más.

- Los chicos metemos la gamba y ¿quién te da una mano?

- Sí pero… -. Me interrumpió con sus razones-. ¿Quién te aconseja bien? Nos forrean en el laburo, el trompa te dice sos un pibe, fenómeno, tenés un gran futuro pero no te tira un sope de más aunque te estés muriendo.

- Tenés razón, no vamos a pelear por eso, pero ¿qué pasa con Vicky?

- La conocí en la escuela, siempre soñé con salir de la villa. Nadie sabe mi verdadera dirección, siempre di la del laburo.

-¿Te avergüenza ser de la villa?

- No todos, pero muchos, si sos pobre, piensan que naciste chorro, valés menos que un perro sarnoso.

- Ayudame, Mojito ¿a quién le puedo preguntar por tu amiga?

- Yo le presenté a la “abuela Carmen “ una vez que tuvo un problema serio, pero no creo…

- Si ella está en la joda a mí no me importa, sólo quiero encontrarla.

- Yo también, anduve escondido por Villegas pero no fui a lo de la abuela.

- Alguna amiga que me pueda dar una pista. Fumaban juntos y ¿con quién  más? ¡Pensá!

- Es verdad que nos damos, pero muy poco, y que a veces hicimos macanas para conseguir algo de guita pero qué querés que haga, por un lado la cana y por el otro el Oscuro y ahora vos…no puedo vender a nadie

- De mí olvidate, sólo me interesa Vicky y si puedo te consigo la plata para sacarte al Oscuro de encima.

- ¿Podés hacer eso?

- Si de verdad me tirás una piola contá con todo-le di la mano sellando el pacto.

     Lo dejé ir con la promesa de una ayuda efectiva. Le vi un tatuaje de esos que te hacés cuando estás guardado, sentí una mezcla de lástima y bronca por estos chicos.

     Enfilé con el auto para San Justo a tomar algo fuerte que me recompusiera. Mañana será otro día

 

 

13.-Heriberto

 

Decidido a esperar novedades de Mojito, creí conveniente empezar a interesarme por  los vecinos del edificio y creí necesario enterarme de quién es el administrador.

     La persona más indicada para informarme sería el viejito Bonnatesta, que con su parloteo, recortes y escritos estaba seguro me iba a ilustrar mejor que nadie. Debe haber sido un tipo interesante este ingeniero, me llamó la atención su peinado: hacía mucho que no veía a un hombre con el cabello peinado en la nuca hacia el centro, entrecruzando los pelos de afuera hacia adentro, de modo que le queda la raya al medio. Volviendo a sus escritos, están inspirados en Ofelio Vecchio, historiador de barrio. No me equivoqué, llevaba casi una biografía completa del administrador y de varios vecinos ilustres. Evitaré contarles lo innecesario. El referente es Don Isidro, tendero de la calle Ramón Falcón que conoce a Heriberto Gómez Calabró desde su más tierna infancia y además fue amigo de sus padres. -Heri siempre fue un chico muy especial-solía decir la mamá.

Nacido y criado en Boyacá y Rivadavia.  Atraído por la magnìfica construcción y su macabro hallazgo, no dejó de investigar y coleccionar recortes de diarios referentes al pozo.

Los amigos lo llamaban Paganini. Era un virtuoso del violín. Algo apartado del resto de los niños, un poco retraído. No sabía jugar al fútbol pero era el que llevaba la pelota. Si jugaban en la vereda era la de goma, pero los sábados y domingos que se iban a la General Paz, a una canchita de tierra, portaba la tan ansiada y hermosa pelota de cuero.

Los padres, a regañadientes, lo dejaban ir solo, casi siempre lo acompañaban. Y ya más grande lo vigilaban a la distancia.

Flaco, alto, parecía tonto. Se transformaba cuando tomaba el violín entre sus manos y lo hacía cantar con todo amor. Los chicos, a la hora de la siesta, cuando él practicaba, se sentaban bajo su ventana a escucharlo. Si descubrían que estaba solo, sin la policía cerca, como le decían a los viejos, le pedían que largara esa música y tocara algo más moderno.

Él, como con remordimiento, respondía que no sabía ninguna. Que en el conservatorio no le enseñaban y que el papá no lo dejaba. Ya más grande se avivó un poco y, si podía, algún acorde moderno regalaba a sus escuchas.

Siempre sometido, más tiempo encerrado en su casa que libre en la calle. Lector de libros y nunca de historietas.

La radio estaba clavada en « Nacional », música sana como decía su familia. Hay que cuidar al oído porque después se deforma y no sirve más, les comentaba el padre a  parientes y conocidos.

Heriberto invitaba a los amigos a sus conciertos que daba en El Ateneo Popular, lugar de los futuros grandes músicos en aquellos años.

Para los carnavales, interesantes reuniones se animaban en su casa. Había chocolate para todos los invitados y cada uno debía demostrar su habilidad artística.

- Mucho trabajo y arte, más un poco de deporte, y el individuo será feliz -discurseaba don Ricardo, el padre de Heriberto.

Con su filosofìa a cuestas, casi todos eran artistas en aquellos encuentros. Mamá al piano, su hermana mayor al arpa, la segunda al chelo y él al violín. Ese cuarteto era el centro de la reunión. El papá exhibía su última pintura, le encantaban los motivos religiosos. Había chicos que cantaban, algunos malambeaban y cierta vez apareció un recitador. Las charlas pasaban por las materias de estudio, las notas escolares y cuál sería el futuro…

Heriberto no era un alumno brillante, su timidez no se lo permitía: ser un solitario no es fácil pero él se divertía. Su juego favorito era ser controlador del transporte público. Tenía planillas para tranvías, troles y colectivos. Cada vehículo que pasaba por su ventana era registrado en sus papeles. Así conocía el movimiento de cada línea y de cada coche en particular. Horas, días… mucho tiempo invertido en semejante pasatiempo.

Lo más difícil fue llegar a la edad de conquistar chicas.

No se animaba ni a mirarlas de lejos.  Sufría como un desgraciado. Una amiga de su hermana, Coca, lo introdujo en la realidad del amor y el sexo.  ¡Qué trabajo le costó !…Con amor y paciencia lo fue entendiendo y lo acercó al mundo de los simples mortales.

El sexo era un tema del que sólo los jóvenes más audaces se animaban a hablar en público: Heriberto llevaba un diario íntimo de sus actividades y « pensamientos ». Lo guardaba celosamente cerrado con llave. Don Isidro supo esto porque Matilde, amiga de Coca, se lo contó a su mamá Nilda y Nilda se lo dijo a Doña Naida que es la mujer de Isidro.

Actualmente Heriberto es  tesorero en el Banco de la Nación y administrador del edificio, elegido por unanimidad por su eficacia y honestidad. Además está casado y tiene dos nenas.

Con semejante biografía no hay prócer que aguante. Le agradecí a Bonnatesta su información y creí conveniente encontrarme con este tal Heriberto para explicarle en qué ando y ver en qué me puede ayudar.

 

 

 

14. El Sr. Heriberto Gómez Calabró.-

 

Subí al 17H, no vi lujo pero sí buen gusto.Una amplia biblioteca, un teclado, muchos CDs y una tinta de Orloff. Toda una exquisitez. Cristina, su mujer, recién volvía de hacer compras, las nenas, Oriana de tres e Irina de un año, estaban cansadas. Hery, como le dice su mujer, llegaría muy tarde porque estaba en el banco haciendo balance. Si quería podría ir, que él, con gusto, me recibiría. No era lejos así que para allí fui.

     Frente ala Plaza Flores, el imponente edificio revestido en mármol cobija a un enjambre de clientes y empleados digno de ver. Y allí estaba yo, frente a Heriberto Gómez Calabró. La primera impresión (que vale doble) es la de estar ante un super eficiente hombre. Meticuloso, con el escritorio cargado hasta el tope pero ordenado. Pulcritud. Habla en voz baja, casi imperceptible, dispuesto a escuchar, atento (¡muy atento!). Nos presentamos, algo me hizo pensar que lo conocía.

- No soy policía pero estoy investigando la desaparición de la niña Victoria M.

- Creí que era una simple fuga del hogar.

- Legalmente está caratulada como fuga del hogar, pero en realidad está desaparecida.

-¿Secuestro?

- No hay pedido de dinero, aunque no descarto nada.

- Señor Branka, estoy triste por lo que está pasando y muy enojado porque yo había dicho muchas veces en las reuniones que el garaje no es lugar para que se juntaran.

-¿Es que podrían hacerlo en otro sitio del edificio?

- No hay un lugar previsto. Arriba, el quincho, pero…

- Pero…-empujé.

- Pero el verdadero problema son los amigos que traen. Y el encargado…

- Usted como administrador ¿qué puede hacer con los amigos que traen?

- Nada, sólo aconsejar o elevar una tenue protesta ¿qué más?

-¿Y el encargado? ¿qué pasa con él?

- Pasa que es un chiquilín, se junta en el sótano con los jovencitos y ya no tiene edad para eso.

-¿Es todo?

- No es poco pero no es todo. Le di orden de sacarlos o por lo menos de vigilarlos y mantenerme al corriente.

- ¿Y no lo hace?

- No sólo no lo hace sino  que me contó el guardia nocturno que se anota en cuanto escándalo hay.

-¿Está enfermo?

- Mandó un certificado médico que dice que está enfermo. No le creo, de haber sido por mí ya lo hubiera suspendido.

- Lo suyo ¿es profesional o personal?

- No tengo en absoluto relación personal con ese señor. A propósito: me enteré de su accidente en las cocheras del edificio.

 Fue una caída desafortunada, ya estoy mejor – creí conveniente no hacer comentario alguno.

- Tenemos un seguro…

- No, gracias. Me han contado que es un virtuoso del violín.

- Debo trabajar día y noche para poder vivir más o menos de forma decente, soy un frustrado como tantos artistas- la voz denotaba angustia.

     Seguimos hablando un poco más, quedamos en que si llegara a haber novedades nos las comunicaríamos y así nomás nos despedimos. Seguí con la idea de que lo conocía, quizás el perfume hacía que me recordara a alguien. Es terrible tener una idea de algo y no poder recordar.

 

 

15-Juanita La Florista.

 

El sol iluminabala Plaza Floresque era un contento. El gobierno de la ciudad la ha mejorado y hasta la gente parece más linda. Estuve a punto de ir a sentarme un rato en uno de sus bancos, como si fuera un jubilado (o un desocupado más) pero los buscas y las putas que te vienen a dar charla me tienen podrido, así que preferí trabajar un poco. La diversión no me vendría mal. Me fui hasta el puesto de flores a conocer a Juanita. Corrí con suerte, estaba y sola, sin su mamá. Resultó ser verborrágica. Me impresionó como medio mosquita muerta y muy pizpireta.

-¡Ah!, sos Pecthos. El chusmerio habla de vos.

-Desmiento todo.

Se quedó perpleja y luego entendió la ironía.

-Sos lindo y simpático.

- Gracias, pero parecés una niña un tanto atrevida.

- No soy una niña ya tengo catorce aunque algunos clientes me dicen que parezco de más edad.

-Es verdad, pero a mí me dijeron que sos una niña y muy despierta, también me dijeron que me podés ayudar.

-Sé algunas cosas. Soy la más joven del grupo, por eso hablo con todos.

-Y ¿qué me podés decir por ejemplo?

-¿Sabés lo de la marihuana?

-Un poco.

- ¿Que los más grandes aspiran polvo y a veces otras sustancias.

- ¿Estás segura? –sospechaba pero necesitaba confirmarlo.

- Los espié y los vi.

- ¡Mala niña! ¡Sos un terremoto –esperaba alentarla.

- Hacen cama redonda y Mojito ya no es más su novio aunque a veces se queda a dormir con ella.

-¿Con Vicky o en su departamento?

- Es lo mismo, entre amigos se hacen todo tipo de favores.

-¿No estarás exagerando un poco?

-Vicky está embarazada y los chicos no lo saben.

     Tal afirmación reconozco que me descolocó. Ella lo percibió y le gustó sorprenderme.

-Vos serás muy detective pero yo lo sé todo –me midió ante esa fuerte afirmación.

-¿Y quién es el padre? –me jugué todas las fichas.

- Creo que ni ella lo sabe. Yo no lo sé. Pero si lo averiguo te lo paso.¡Dale!

- ¡Hecho! Te agradezco tanta ayuda.

- Cuando la encuentres decile que la extrañamos, que vuelva.

Si  podía confirmar lo que Juanita sostenía, la cosa seguramente se encaminaría por el lado de una simple fuga. Iré a visitar a Eduardo y mates por medio pensaremos juntos.

 

 

 

 

16.-La abuela  Carmen.

 

Llegué cuando mi jefe estaba saliendo.

-Acompañame y en el trayecto hablamos un poco.

-Te sigo-. Subimos y rumbeamos para el norte.

     Nos detuvimos en la escollera de Olivos. Tomamos café y le referí la cantidad de novedades que había estado recogiendo. Se sorprendió por los escritos de Bonnatesta y la participación de Lita, no pudimos determinar si es escritora de novelas, biógrafa o chusma nomás. Nos reímos por la idea de una detective paralela, ahí ya no me pareció gracioso, porque pensándolo bien temo que sea una molestia.

-Che Eduardo ¡qué lindo está el puerto!

-¡Y…comparando! ¿Qué querés? ¡Te estás metiendo en cada andurrial!

-Hablando de zonas jodidas me tengo que mandar un viaje pesado.

-Explicame un poco.

-Quiero localizar a la tal abuela Carmen y me tengo que ir al fondo de Villegas.

-Por lo que sé es una zona de los “sin tierra”. Hace una larga punta de años se metieron como usurpadores y ahí se quedaron para siempre. Pecthos, vos no habías nacido, o eras muy chico.

-¡Qué destino hermano!

-Ellos no eligen. Sólo son condenados que ahora molestan.

-Eduardo, nunca me gustó la política o por lo menos los políticos, pero hay que poner manos a la obra y ayudarlos a salir de semejante pozo.

-¿Cómo y con qué? Acá sobran declaraciones, con verso no se come.

-Salvo que seas poeta-me hice el dicharachero.

-Ni así. Bueno, pibe, volvé a lo tuyo y estate alerta, los códigos de la miseria no son los que la gente piensa.

     Cerramos el encuentro y no fijamos fecha para volver a vernos. Ya nos llamaríamos.

 

     A media mañana y con el sol picando, llegué a la calle Cristianía, mejor dicho donde se termina y se transforma en un sendero en medio de unos ranchitos humildes sin agua y sin baños. Difícil vivir así. Los datos que me dieron fueron bastantes certeros: cruzando el puentecito del zanjón allí estaba su casucha. Prolija, rodeada de arbustos y custodiada por un limonero.  En su salita se veían las imágenes de Jesús y santos católicos;  los acompañaban Pancho Sierra,la Madre Maríay muchas estatuillas iluminadas por velas multicolores. Varias botellas y recipientes con caña quemada con ruda y agua bendita por doquier. Esta mujer se ocupa, entre otras cosas, de los empachos y mal de ojos. A falta de médico cura las enfermedades más comunes. La culebrilla y las paperas aunque más complicadas también son de su control. Me hizo saber que en su Formosa natal curaba las picaduras de yarará, que los médicos de la ciudad le mandaban a los mordidos por las serpientes cuando no tenían el suero que debían mandarles desde Buenos Aires.Me atreví a preguntarle si había hecho algún aborto.

-Curo con palabras y en la fe de los santos y de Jesucristo.

-Disculpe, es que se me ocurrió pensar que los embarazos son muy comunes entre los pobres y, no siempre queridos.

-Si una niña está desesperada porque no le baja, yo rezo con ella y le doy a beber algunos tes de yuyos. Si Dios lo quiere lo tendrá o no.

     Tomamos unos mates con yerba buena y la abuela me pidió que fuera discreto con su gente, que sufren muchas privaciones y que la falta de escuela hace estragos tanto como la falta de comida y trabajo. Le pregunté por Vicky, no la recordaba; cuando le dije que Mojito la había llevado a ella se sorprendió y recordó haberla visto hacía poco. Estaba bastante enferma. Que le habían dicho que estaba viviendo en el barrio de la calle Larrea, en la antigua quinta de Las Tartalias. Le agradecí los datos que me dio… le pedí que me aceptara unos pesos para los pobres y entonces me fui. Los chicos jugando en un predio que es un basural, los hombres sentados al costado del zanjón que es el desagüe, haciendo nada, y las mujeres trabajando en lo que encontraran fue la imagen que me quedó de mi Argentina; sólo faltaba Luis Arata en la película “Barrio Gris” diciendo: “¿…querés recuperar tu revólver? Mañana mandame a tu hermanita que arreglo con ella para que te lo traiga…”

 

 

 

17.-Con los pies en el barro.

 

Por mi trabajo no debo desesperar ni sorprenderme por nada. La miseria es fea y triste, estoy haciendo un gran esfuerzo por no amargarme o terminar deprimido, por suerte estoy dentro del sistema aunque los marginales están cada día más cerca: cartoneros, limpia parabrisas, niños que venden, mendigos y… No soy insensible aunque quisiera serlo… Siento que estas experiencias me están matando.

      Me regalé un buen almuerzo, a lo magnate, en “Clo-Clo”, y me dirigí para Villa Insuperable. Entré a un café de la calle Riglos; el viejo que atendía merecía estar inventariado con los muebles, tan viejos y gastados como él. Me preguntó si era turista, haciéndose el simpático. Cuando le pregunté por el barrio humilde de la calle Larrea, me respondió que barrio humilde era antes, en la época en que a la zona le decían “Villa Perro”; que esa “villa miseria” la había instalado Onganía. Que antes era pobre pero tranquilo, ahora ¡ja!, nos roban a cada rato. Me contó una historia curiosa:

 -Cierta vez, allá por los 50, pasó la perrera y entró a enjaular perros a lo loco. Los chicos corrían detrás del camión pidiendo la libertad de sus pichichos. El policía que custodiaba a los perreros se bajó y amenazó a los pibes con que volverían para llevárselos a ellos. Ni susto se llevaron los gurises y ahí no más dispararon a sus casas.

     Cuando ya me iba me frenó con otra historia que me dejó paralizado.

-¿Sabe una cosa don?

-¿Qué?

-No soy peronista  pero esto lo vi con mis ojos.

-¿Qué?-no me permitía decir otra cosa.

-Sucedió,también en los 50 y tantos,  estaba almorzando en la casita de latas de unos vecinos cuando aparecieron dos personas, bien trajeadas, que dijeron eran del “Estado”, le pidieron a mi amigo su recibo de sueldo y ahí nomás le otorgaron   un préstamo con el que le construyeron la casa de material. Veinte años después el “Estado” le metió una villa enfrente.

     No iba a empezar a discutir si estaba bien o mal pero las evidencias son la realidad y además me tenía que ir.

     Ingresé al barrio humilde por un lodazal que es la calle principal y única. Adiós zapatos y pantalones. Laucha, que me aclaró se llama Gilda, me llamó desde una de las casas.

-Clorinda te va a contar de Vicky-dijo a manera de presentación.

-Hable tranquila, esto queda entre nosotros.

-La recibí porque la trajo un amigo – dijo Clorinda.

-¿Qué amigo?

-No lo conozco. Usted encuentra a la piba y de mí se olvida.

-Pero ¿ella está bien?

-Eso no lo sé, ella se lastimó y se fue.

-¿Se lastimó?

-Lloraba mucho y se pinchó.

-¿Se inyectó?

-No. Se pinchó. Sangraba abajo.

     Gilda intervino y me contó que se fue con el hombre. Que Clorinda no quiere más líos, que ya fue fichada. Que trabaja en la calle y si habla no sabe qué le puede pasar. Que arregle con Mojito o sus amigos del centro.

     Salí de allí tratando de acomodar mis ideas, pasé por el bar y el viejo me saludó con su mano callosa dándome el adiós. Deseo no tener que regresar.

 

 

18. Comprobando pistas.

 

Me fui hasta el hospital “Paroissien”, estacioné sobre la ruta 3 y seguí a pie. No me costó mucho comprobar si Victoria había sido atendida allí. Pude ver el libro y hablé con la responsable de ginecología.

-Pinchazo en el útero hace mucho que no vemos, ahora se recurre a métodos menos dramáticos, a menos que la mujer esté muy loca y quiera suicidarse –fue la cortante respuesta a mi investigación.

     Podría haber ido a otro lugar para que la atendieran, pensé. De allí me fui al “Santojanni” en Liniers y luego al “Vélez Sarsfield” de Villa Luro. La conclusión es que Vicky por allí no pasó. Pudo haber encontrado atención médica trucha o vaya uno a saber qué le sucedió. Otra posibilidad interesante es que la tal Clorinda me haya mentido, pero Juanita me tiró lo del embarazo y hay cierta coincidencia, además ese “se fue con el hombre”… de qué hombre me estuvo hablando. ¿Y si son todas mentiras? ¿Por qué le tengo que creer a una puta que por sobrevivir es capaz de cualquier cosa? Y ¿por qué no? Dudar…dudar…

     Tenía hambre, el haber pasado por tanto lugar depresivo avivó mi apetito. Estaba cerca del Cedrón. Pizza con moscato fue mi elección, y de postre flan casero con dulce de leche. Estaba en el café cuando se me acercó un tipo.

 –¿Pecthos? –me habló casi al oído.

- ¿Quién es usted? – dije en calma pero con firmeza.

- Ernesto Sócrates, fotógrafo.

- ¿Qué desea?

     Se sentó frente a mí y sigilosamente sacó unas fotos. Fueron tomadas en la feria de Mataderos y se la veía a Victoria bailando folklore (tenía el pañuelo en la mano derecha en movimiento de giro) con un hombre no tan joven. Atrás, como tomados al pasar, estaban el Oscuro, Mojito y Gonzalo.

-¿De cuándo es?

-De hace poco. ¿Qué vale para usted?

     Me sorprendió la pregunta, pero con cincuenta pesos lo arreglé. El tipo es un rata que juega a mafioso. Como diría Eduardo …¡demasiado biógrafo!…

     Llamé a Nanucha para que me ayudara con las fotos. No estaba, se había ido a Bariloche acompañando un viaje de egresados. Juanita ya había cerrado el quiosco y llamar a los adultos no me pareció una buena idea.

Cayendo el sol salí a yirar cerca del Mercado de Hacienda que es donde tiene lugar la feria dominical; quizás vería algo o me encontraría con los muchachos. Las fotos no se las puedo mostrar, no sé cómo reaccionarían, pueden asustarse y huir o enojarse y cortar la relación. En ambos casos perdería un contacto que puede ser útil. Reconocí la Recovadonde bailó Vicky y toqué a la puerta. Abrió una nena y pispié para adentro. Patio grande con macetas y varias piezas, tipo conventillo. Sin lugar a dudas estaba en Mataderos. Salió una mujer y me reclamó a quién buscaba. Le expliqué que quería conocer a los profesores de danzas folklóricas de los domingos. Se lamentó pero ellos vienen a colaborar sólo para la feria, que allí arman el baile y la comida pero sólo los días de feria, que no tienen permiso municipal para otra cosa. Se puso muy nerviosa y noté miedo en su rostro,  le aclaré que no era inspector ni policía, que no era mi intención asustarla, que si quería iba enfrente ala Seccional 42º a testificar, pensé en actuar de buena fe. La mujer, cuando nombré la 42º, casi se muere de un infarto y me pidió, casi a empujones, que me fuera y volviera en dos días, el domingo, que me atenderían los responsables autorizados   y …

     No la escuché más y me fui. Con todos los truchos que hay podemos hacer un país paralelo, seguro allí había alguna trampa y van…

Cerré el día hablando solo con mi billar.

 

 

 

19.- Otra vez la florista.

 

 

Evitando, por el momento, mezclarme con los adultos, visité a Juanita. No se sorprendió al verme.

- ¡Hola Pecthos, qué lindo verte!

- Juanita necesito tu ayuda.

Siguió sonriendo pero no tanto. Su mueca se paralizó. Ya no era la de hace unos días. Es comprensible, nadie quiere líos y menos una niña.

- Si puedo te ayudo aunque no quiero problemas porque mamá me mata.

- Nadie va a saber que me ayudás.

     Saqué las fotos y se las mostré. No reconoció a Gonzalo ni a Oscuro. A Mojito sí y el otro parecía el portero del edificio pero no estaba segura porque la calidad de las tomas no son buenas y porque su visión tiene problemas.

    -¿De dónde las sacaste?

- No importa, un conocido me las dio y quería conocer a los amigos de Vicky.

La dejé reiterándole que no contaría nada y le agradecí la gran ayuda prestada.

 

     Como debía comer y vestirme, enfilé para la oficina. Tenía trabajo que hacer.

     Habían desvalijado una casa en un barrio cerrado y tenía que revisar los peritajes policiales y hacer el privado por cuenta de nuestra compañía. La tranquilidad y la seguridad absolutas no existen y este hecho, que no es el primero, lo confirman. Quizás haciendo castillos como en la antigüedad, aunque erala Edad Media, estén un poco más seguros, pero igual hay que salir a trabajar, ir al cine, a comer, a vivir. Ahí es cuando te la dan.

- Debemos evitar que los lumpen ganen la calle, somos los laburantes quienes tenemos que volver a ser los dueños. ¡Ciudadanos a mí!

     Eduardo observaba mi histrionismo y acotó:

-¡Loco, tené cuidado, a ver si te escuchan y te votan!.

     Reímos juntos y después de recoger todo el material salí para Tigre que es la zona del barrio privado en cuestión. Fui recibido por la guardia del lugar y por la policía de la provincia como de costumbre, fríamente y como una molestia para su labor. No me importa, si hicieran mejor las cosas habría menos chorros sueltos por nuestras calles. Revisé las instalaciones, saqué algunas fotos y tomé algunas huellas dactilares que podrían ayudar. Sonó mi teléfono. Era Mojito, quería verme urgente. Esa misma noche. En el bar de los colectiveros, Corrales y José León Suárez. El boliche se llama “El155”o “Billares Nueva Chicago”, no me dio seguridad. Antes de ir cené en “El Greco”, por avenida Beiró y me fui para la cita. La avenida Corrales está bien iluminada pero León Suárez… ¡papito!, una boca de lobo. Seguro que por allí vendría Mojito. Me senté cerca de la mesa de billar, antigua sobreviviente de una época mejor. Se escuchaba música de guitarras, Edmundo Rivero cantaba “El Rebenque fatal”.  El pibe se asomó por la vidriera oscura y me hizo señas para que saliera.

- Quedate tranquilo, vine solo. Sin canas –lo tranquilicé.

- Si no aparece Vicky me rajo del país.

- ¿Adónde vas a ir?

- Al Paraguay, un amigo me pasa y me consigue los papeles.

- ¿Qué te creés,  que es ir así como así?

- El Negro me dijo…

- ¡Al carajo el negro ese!, vos no sos político ni hacendado.

- Pero…

- Ya sé que está todo muy podrido pero tampoco tanto. A perejiles como vos se la pegan.

- ¿Qué puedo hacer? –noté su desesperación.

- Ya estás enquilombado, o te entregás o esperás a ver si encuentro a Vicky.

- Las fotos que tenés…

- ¿Qué mierda pasa con las fotos?

- Son viejas.

- ¿Cómo lo sabés?

- Porque son viejas.

- Hablá claro o acá se termina todo.

- Son de antes de que Vicky se escapara. Yo tengo otra copia.

- ¿Quién te la dio?

- Ernesto el mismo día que las sacó. Es fotógrafo en la feria y le compré una copia.

- ¿Quién me lo mandó?

- ¿Qué se yo? Podría ser cualquiera. Te afanó. ¿Cuánto le diste?

- Cincuenta.

- ¡Qué turro! Es un travesti hijo de puta.

- ¿Quién baila con la piba?

- Es Lorenzo, el portero.

- ¿El que está desaparecido?

- ¿Desaparecido?…se deprimió mucho con el raje de Vicky. Si la mujer se entera que se juntaba con nosotros lo mata a palos.

- Lo he buscado y está en su provincia, quisiera hablar con él. A propósito ¿cómo supiste de las fotos?

- Me lo dijo un amigo.

- ¡Sí! un amigo que vende flores.

- No, un mozo se avivó del asunto. Ernesto de día, Tina de noche ya está muy junado por acá.

     Me tragué el anzuelo de Tina o Juanita, ahora me voy a ocupar de encontrar al portero, encargado o como mierda de título se llame. Me estoy cansando de tantas escondidas detrás de esta fuga.

 

 

 

20- Cara a cara.

 

Por fin me corté para el lado de Laferrère y en la calle Spiro al fondo, bien al fondo, di con la casa de Lorenzo Aquino, el encargado. Allí estaba él, sentado mateando bajo una higuera. La mujer nos dejó solos. Me miraba como si me conociera o supiera de ante mano para qué estaba allí. Tomé la sillita de mimbre y me senté  frente a él. Quedamos cara a cara, bajó la vista y comenzó balbuceando unas palabras.

- Estoy medicado, tomo unas pastillas que me dan sueño y no tengo casi fuerzas.

- ¿Sabe quién soy?

- ¡Sí!, también sé qué es lo que hace –estiró su brazo ofreciéndome un verde.

- ¿Piensa ayudarme? –sorbí con fuerza, haciendo ruido.

- Estoy mal, esto tiene que terminar. No puedo más.

- Estamos solos, dígame lo que sepa o lo que pueda.

- La piba se estaba jodiendo la vida, no podía parar.

- ¿Y?.

- Se anotaba en todas, buenita pero muy arruinada. No sabía lo que hacía y los demás chicos no podían ayudarla.

- ¿Usted sí?

- Pensé que sí. Un día en medio de una reunión les tiré la bronca porque no la ayudaban y terminamos a las piñas. Ahí me abrí.

- ¿Y ella?

- Después de tres días me llamó para que fuera a buscarla que estaba enferma.

- ¿Fue?

- Y…sí. Estaba borracha, se había pinchado por consejo de una amiga o la amiga se lo hizo.

- ¿Adónde la llevó?

- Por Villegas hay una vieja que cura pero …

- ¡¿Pero qué?!.

- Mire yo no quiero más líos de los que tengo –dijo casi implorando.

- Si no me cuenta  va a tener que hacerlo con la policía.

     El apriete dio resultado. Hay caminos que sólo son de ida y Lorenzo comenzaba a entenderlo.

- Trate de que mi mujer no sufra más, ella no tiene la culpa de que yo sea un boludo.

- Hablemos con sinceridad y veré cómo puedo ayudarlo.

- Me acusó de que la dejé gruesa y que si no le conseguía merca me denunciaba con la madre.

- ¿Y qué más?

- La vieja se enojó y me pidió plata para ver a una médica del barrio.

- ¿Entonces?

- Conseguí una partera y cuando fui a verla ya se había ido curada con unos amigos de otro barrio.

- ¿Qué amigos? ¿A qué barrio?

- No estoy seguro, yo rajé al interior cuando llamaron a la policía. Mi mujer de algo se dio cuenta porque me peleó y no pude ver a los nenes, hasta que me enfermé.

- Lorenzo lo investigué y tiene antecedentes.

- Son historias viejas, de cuando tomaba y todo fue en una pelea. Los dos borrachos nos trenzamos y …nunca supe de dónde saqué ese cuchillo.

- ¿Cómo consiguió ese empleo?

- Era pintor en el edificio y mi mujer limpiaba en las casas, el arquitecto nos ubicó.

- Está totalmente seguro de la historia que me contó – lo miré a los ojos.

- Lo juro por mis hijos.

     Decidí cortar la conversación hasta asegurarme de hasta dónde mentía y hasta dónde era verosímil su historia. No salí convencido de que este hombre haya estado enfermo, pero debía confirmar un par de cosas. Ya volvería.

 

 

21. Doña Marta.

 

La cabeza me daba vueltas sin cesar. No podía entender cómo la madre nunca notó nada anormal en su hija, cómo uno de sus amigos no habló con su propia madre y ésta de puro metida pero con intenciones de ayudar no le abrió los ojos a esta mujer. ¿Es que la vida es sólo individualismo, no te metás y a mí qué me importa? Me niego a creer que estos chicos estén tan solos sin un perro que les ladre. No me entra en el marote duro que tengo que un hijo no confíe en su familia, si es que la tiene. ¡Qué fracaso! Toqué el timbre y subí.

- Señora, la cosa es bastante turbia.

- Señor, evite los detalles ya que soy una mujer enferma y mi presión arterial no soportaría ciertas realidades.

- Su presión arterial no puede hacerme evitar preguntarle por hechos de la vida de su hija.

- Comprendo… su cara congestionada era recorrida por las lágrimas.

- ¿Cuándo empezó a sentirla distinta?

- Con la adolescencia, creí que era el crecimiento.

- ¿Hay un padre?

- Borrado, como dicen los jóvenes – me aclaró sintiéndose en falta.

- ¿Por qué cambió de escuela?

- Porque ella me lo pidió.

- ¿No será que le aconsejaron sacarla antes de sancionarla?

- ¿Quién le contó tal infamia?

- Los informes de su antigua directora. ¿Fue por fumar marihuana en el baño?

- Una compañera la obligó, ella no sabía lo que hacía.

- ¿Alguna vez le dijeron qué hacían en las reuniones del sótano?

- Jugaban, ¿qué más?

- ¿Bajó a verlos usted o algún otro adulto?

- Muchas veces iba el portero.

- Pero él no es el padre de ninguno de los chicos.

- Me estoy sintiendo mal, por favor retírese.

- Ya me estoy yendo pero volveré a que me ayude de verdad – y salí dando un portazo.

 

 

22- De consulta.

 

Salí furioso aunque debiera ser frío y metódico, pero creo que una madre o un padre tendría que involucrarse y hacerse responsables de sus hijos. Comprendo las separaciones, la salud deteriorada y hasta la falta de trabajo, pero si los metiste en este mundo bancátelos y si no, usá forro.¡La puta que los parió a esta vida de mierda! No tengo hijos, apenas una novia, pero que me parta un rayo antes de ser padre y no actuar como tal. La desesperación y cierta desazón me están invadiendo pero tengo que alejarme de la bronca y pensar con la cabeza y no con el corazón.

     Llamaré a Rodolfo que es mi amigo y médico de cabecera. Quedamos en vernos, lo esperé lo suficiente como para calmarme. Nos encontramos en el café de García, me senté en una mesa que da a la calle Sanabria.

-¡Hola Pecthos!

- Mi querido doctor, ¿siempre de Racing? – le doy descanso a mis broncas y trato de ser agradable con los amigos.

- Es un estilo de vida, en el mundo intelectual no queda otra que ser dela Academia. Yvos ¿en qué andás?

- De arquitectura nada, con los seguros y… un poquito acá, otro más allá…

- Siempre te gustó la aventura.

- Los demás no la llaman así.

- No importa lo que hagas, si es decente y sos feliz a otra cosa.

- Esa es la idea. Necesito preguntarte un par de cosas.

- ¿Cómo qué?

- Si una mujer embarazada se pincha la bolsa qué posibilidades de infectarse tiene.

- Muy altas, aunque una buena cirugía de limpieza, antibióticos y extremos cuidados hacen milagros.

- ¿Existen los milagros?

- No, y ahí está la cuestión. Si la mujer se salva termina en el manicomio porque tiene que estar muy loca para hacer algo así.

- Quizás…pero ¿y si se lo hicieron?

-¿En qué andás metido?

- Una historia muy confusa hasta ahora, debo hallar la punta del ovillo.

- ¿Y después?

- ¿Qué sé yo?, estoy investigando en un ambiente muy lumpen y sin códigos precisos.

- Al hospital llega de todo y los códigos ya no existen.

- Otra cosa.

- ¿Tenés más?

- Para operar en forma clandestina ¿qué hace falta?

- ¿Vos decís cirugía?

- Sí; cortar, limpiar, lo que me dijiste de la mujer.

- Mirá, yo no conozco pero hay canas que dicen saber de médicos para delincuentes.

- ¿De dónde salen?

- ¡Qué sé yo! Algunos que están suspendidos por faltas éticas, por plata…mucha plata.

- Gordo ¿qué hacés que no sos millonario?

- Ya te veía muy serio.

- Perdoname, lo hago para relajarme un poco. Me estoy acordando de una viejita que conocí y que no sé si es muy buena o muy hija de puta.

- Una dulce abuelita, ¿a qué se dedica? ¿está jubilada?

- Es curandera.

- ¡Ah!. Competencia desleal. ¿Sabés a cuántos puede matar con esas supercherías?

- Y…supongo que tanto o igual que un médico.

- ¡Touché! Viejo,  la pobreza y la ignorancia hacen florecer este tipo de magia, si no mirá cómo se llenan los templos y cuántas religiones compiten por los desahuciados.

- Pero siempre hubo curanderas.

- ¡Claro que sí! Pero no con tanto público necesitado.

- Gordo, se dice que es el estigma de los latinoamericanos.

- Eso lo dicen los incompetentes y mezquinos.

- Tenés razón. Ahora tengo que descansar, enfriarme y pensar en un plan de trabajo que me permita encontrar la enigmática verdad.

- Pecthos, vos sabés que no soy zurdo pero o es la edad o la misería que me están desgastando: ya no aguanto más.

- Jauretche dijo: “los pueblos no se suicidan”.

- También dijo: “los argentinos no sabemos lo que queremos pero sí sabemos lo que no queremos”, así nos va.

     Antes de venirnos a pique pedimos una buena picada con Cinzano y fernet. Calmamos los ánimos y recordamos tiempos mejores. Así nos despedimos y guardamos nuestras preocupaciones para otro momento.

 

 

23- Pido ayuda.

 

Miguel Molina era mi referente en este caso. Lo llamé para encontrarnos donde él me dijera.

- Escúcheme, Pecthos,  ¿por qué no me adelanta algo por teléfono?

- Sabe qué pasa, oficial, es medio complicado, sería mejor personalmente.

- Ando mal con mis tiempos, tengo un caso delicado entre manos.

- Esto también es muy delicado –sentí ganas de decirle lo que pensaba de su caso entre las manos, mejor me mordía la lengua.

- Vea, deme una línea –se estaba ofuscando.

- ¿Hay forma de averiguar por un hospital clandestino o algo por el estilo?

- ¿De dónde saca esas ideas?

- Allá por Villegas hay una curandera y no me sorprendería que haya una médica mezclada.

- Escúcheme bien, Pecthos, si esto que me está diciendo lo escucha alguien más, usted va a lograr que mucha gente importante se enoje y feo.

- Oficial, es confidencial, y entre nosotros al carajo la gente importante.

- No sea pelotudo, no ve que así su vida no vale un sorete.

     Me dejó helado su cambio de actitud. Cordial y formal como el mejor, ahora estaba asustado de verdad. Debía calmarlo y no perderlo.

- Disculpe, Molina, estoy cansado y nervioso.

- Haría bien en tomarse un buen descanso. Deje esto en manos nuestras manos, lo llamo en cuanto tenga novedades –. Colgó sin esperar mi respuesta.

     Molina me impresionó bien, no parece corrupto y mucho menos cobarde, pero ahora lo noto cambiado, como preocupado. Supongo que me estoy metiendo en terreno ajeno y cada uno cuida su quinta. No quiero lío con la policía, muchas veces trabajo con ellos y es de inteligentes evitar la guerra.

 

 

24- Un alto en la huella.

 

Cuando las cosas no marchan como uno quiere, lo mejor es parar y tomarse un respiro, así que lo llamé a Eduardo y nos juntamos en lo de García para jugar billar y tomar algo. El que pierde paga.

     Lo puse al tanto de la investigación y, si bien me estoy entrevistando con mucha gente, ambos coincidimos en que al remover el avispero  una puntita va a surgir.

     Me siento ansioso, como es mi mala costumbre, pero soy así y a otra cosa.

Eduardo me va ganando por varias carambolas de diferencia, de manera indudable estoy desconcentrado en el juego porque este caso me puede.

     Dejamos de jugar y nos sentamos a tomar un Gancia cortado con ginebra. Nos encanta probar bebidas con algún tipo de corte aunque para comer lo hagamos con uno de los mejores vinos del mundo: el Malbec argentino.

     Picando,  hablamos de la situación económica y lo difícil que se ve el futuro próximo;  estamos viejos, porque hace unos años, en momentos peores, veíamos todo con mejores ojos. Eduardo casi me come cuando mencioné la palabra viejos. Él siempre pone humor  en todo y, gracias a esta forma de ser, suele salir de situaciones verdaderamente difíciles y evita debates inútiles que sólo sirven para pelear y no para construir. Como buen obsesivo, retomé el asunto de Vicky y puse todas las posibilidades sobre la mesa:

Primera: Podría ser una fuga y tuvo un accidente que nadie sabe: descartado; hay testigos, poco confiables, pero testigos al fin.

Segunda: Se fugó con Mojito y se accidentó; el pibe, asustado, se hace el que no sabe nada: difícil pero puede ser.

Tercera: se fugó con otro o con otra. Por qué no, el asunto es con quién pudo haberse escapado.

Cuarta: la desaparecieron porque sabe algo y la quieren hacer callar. No creo que pueda ser.

Quinta: un accidente en la calle, hay tantos NN… aunque la policía estudió el caso y lo cerró por ese lado.

Sexta: la desaparecieron por accidente. Pero ¿quiénes?

     Cuando ya estaba al borde del delirio, Eduardo me preguntó si creía conocer qué fue lo que provocó su fuga del hogar. Tuve que reconocer que todavía no estaba seguro, es más, ignoro la verdadera causa que provocó su desaparición. Sí tengo muchas sospechas, pero nada confirmado.

Me pidió prioridades en un listado imaginario de responsables o participantes en la fuga del hogar (ya me estaba fastidiando tanto repetir “fuga del hogar”). Lo frené y le pregunté si me jodía intencionalmente o no con “fuga del hogar”…”fuga del hogar”. Amablemente me insistió en que no debo olvidar que es un caso de “fuga del hogar”, agravada o no, pero hasta que demuestre lo contrario sigue siendo “fuga del hogar”. Es hinchapelotas pero tiene razón: siento que me estoy dejando arrastrar por el ambiente pesado en el que investigo, siento que este submundo desconocido para mí me desorienta.

     Eduardo insistió en pedirme el listado y que le hiciera el comentario de los porqués.

     Bebí un trago para acomodarme y empecé por Mojito: es quien tiene la confianza de Vicky y de la madre. Sigue Nanucha que tiene mucha influencia en los chicos del grupo. Después Laucha o Gilda, que aunque me resulta lejana, siempre aparece en escena. No sé si los amigos de Mataderos  tienen importancia ysi la tienen es por medio de Mojito, en todo caso serían colaboradores o partícipes indirectos. Quedan los adultos: Lorenzo Aquino, el encargado, está enfermo pero podría ser un cínico y debe saber algo aunque no imagino qué. El administrador es un tipo raro, pero no da el perfil del que se mete con chicos.  No es ninguna garantía pero no da el perfil.

     Queda un recurso interesante que es negociar información. Pero se me presentan dos dificultades: qué ofrezco y a quién.

     El ejercicio que hice a pedido de Eduardo me reconfortó y logré ordenar mis ideas. No hay nada mejor que hacer un alto en la huella y volver a barajar. 

 

 

25- Presento un plan.

 

La esperé en el bar de la esquina, frente al Cedrón, temía que me reconocieran y perturbaran mi accionar. Nanucha no tardó en llegar, salió por mí pero debía regresar rápido porque estaban vigilando a todos los chicos y muy especialmente a ella. Por lo visto mi llamado al oficial Molina estaba provocando movimiento. Le pedí a Nanucha que si sabía de algo, no importaba si lo consideraba una tontería, me avisara. Me comentó que tenía miedo de perder el empleo y de ir presa, porque como es mayor de edad y celadora le dijeron que corría un enorme peligro. Cuando le pregunté quién se lo había dicho puso cara de terror y se negó a hablar. Ya lo haría más tarde.

Viendo que con Nanucha no podría avanzar, pensé en mi obligada pareja de investigación. Lita seguramente se interesaría en colaborar.

     Al regreso de su trabajo la llamé y me invitó a su departamento. Fui bien recibido aunque, maestra al fin, me tiró las orejas recriminándome por la dureza con que le hablé a Marta. Le expliqué mi creencia con respecto a la irrenunciable responsabilidad de los padres. Ella, con tres hijos grandes y ya educados, quiso hacerme entender que no es fácil tener todo bajo control y especialmente una mujer sola y con problemas de salud. Le reconocí que a veces soy terminante en mis opiniones. Ella  me dijo algo de mi personalidad fuerte pero que igual era un tipo agradable y lógico.

- Lita, necesito que me ayude.

- Yo sigo investigando aunque a usted sé que no le gusta –aclaró rápidamente.

- Le pido que sea cuidadosa y discreta, esto no es un juego.

- Pecthos, es la primera vez que tengo este tipo de aventura ¡imagínese!

- Comprendo, pero insisto: debe ser muy cuidadosa.

- ¿Qué tengo que hacer? ¿Espiar?

- Lita, salga de compras, hable con los vecinos, hable con los chicos del edificio, hable con cuantos pueda…

- Lo hago todo el tiempo –interrumpió entusiasta.

- Ahora lo hará con método.

- ¿Cómo? –puso cara rara.

- Después de hablar,  debe tomar nota de lo dicho,  y de los gestos y su impresión de con quien haya hablado.

- Por ejemplo: Juanita me dijo tal cosa y se comía las uñas.

- Algo así. Recuerde que nadie debe darse cuenta.

- Delo por hecho. Seré una tumba.

     No quise ser molesto pero espero que de verdad sea una tumba y no que vaya a parar a la tumba. No estoy muy convencido pero quién me dice que funcione. La dejé planificando su labor y me fui a ver a Marta. Me recibió bien, no noté resentimiento, aunque su cara de tristeza era suficiente para ponerme mal. Hice un gran esfuerzo por no darle detalles de la investigación pero le presenté parte de mi plan.

- Tengo que comprar  cierta información –la sorprendí y se puso roja.

- No esperaba semejante pedido … me podrá explicar para qué –se  expresaba con calma y me pareció que desconfiaba un poco.

- Marta,  tengo varias pistas y el tiempo es valioso, necesito invertir un poco.

- ¿Comprar a un informante? –su moral la traicionaba.

- No exactamente pero algo parecido.

      No pensé entrar en detalles, cualquier filtración sería un verdadero peligro. Además no tenía la certeza de poder lograr información por medio del dinero. Marta me dio un rollo de billetes y me hizo saber que era la mitad de su pensión. Quedé en que la mantendría informada ni bien pudiera y me fui pensando en buscar a mi contacto.

 

 

26- Suerte de amigo. 

 

Esa noche me encontraría con mi contacto. Sonó el celular y era el Flaco que necesitaba verme. Nos encontramos en “Los Chanchitos”, comimos liviano y tomamos lo necesario. El encuentro no era gastronómico: es que mi amigazo no maneja los nuevos códigos. Según él,  en la actualidad no los hay. Grave error, han cambiado y se han diversificado, son más complejos y difíciles de seguir, pero los hay.

- Pecthos, vos sos un buen tipo y yo me siento mal –lo dijo con preocupación.

- Flaco, el caso me interesa aunque haya cosas que me jodan.

- ¿Sabés que pasa, pibe?  Siento que te metí en un flor de lío.

- Me invitaste y yo me metí porque quise –le retruqué.

- Son juegos de palabras, yo te lo digo derecho viejo, este despelote es fuerte y vos estás para otra cosa.

- Quizás tengas razón que no es lo mío, pero ahora ver tanta miseria y dolor  hacen que no pueda abandonar este desafío.

- Te partieron el mate, te trompeaste con unos tipos y te estás por pelear con la cana ¿qué ganás con todo esto?

- Flaco, sabés qué gano – me emocioné –. Respeto. Por primera vez siento que estoy por hacer algo verdaderamente útil.

- Puede ser, pero no quisiera que te pase nada malo … ni te la agarres con la vieja de la purreta.

- Lo de la vieja ya está arreglado, en cuanto a que me pasen cosas es parte del juego.

     Sentí que Francisco me lo decía de corazón y que en su razonamiento no es que dudara de mí, si no que se sentía responsable por haberme metido en el embrollo. Con lo de Marta entendí que en su código uno  tiene que ser más que discreto con las mujeres. Por algo lo llamo “el antiguo”. Tengo suerte de  contar con amigos como él, no son sólo para tomar una copa o comer un asado, para la fiesta cualquiera es amigo: el asunto es ver, cuando estás con problemas, quién te tira una soga para ayudarte, quién te banca en la malaria.

Nos despedimos para encontrarnos en unos días billar por medio.

 

 

27. Lo reencuentro.

 

Estaba a punto de comprobar que el dinero abre todas las puertas. He leído una extensa literatura y cientos de historias que lo aseveran, pero cuando te toca la realidad y tenés que jugar el rol de comprador se presenta la severa duda de si será verdad que todo hombre tiene su precio. Bueno: esta noche comprobaría la premisa.

     Detuve el auto en la rotonda del barrio Piedrabuena, al costado dela Avenida GeneralPaz. Salió de atrás del ombú y se sentó a mi lado.

- ¿Qué tenés para mí? – no dio vueltas.

- Mirá Oscuro, te conseguí algo de guita a cuenta pero…

- Pero qué – interrumpió ansioso.

- Pero me tenés que ayudar, necesito saber quién me dice la verdad y quién miente.

- ¡Ja!. Todos te están empaquetando –me tiró la respuesta en la cara con aire de suficiencia.

- ¿Por qué? –me dio bronca, sentí que me calentaba.

- Y… sos medio perejil, no conocés la villa.

- Es verdad – lo reconocí con dolor -,  pero sólo busco a la piba – atiné a responder.

- ¿Qué piba? – no tenía por qué saber de mi búsqueda.

- Vicky, Victoria, la novia de Mojito.

- No soy botón, pero a ese hijo de puta apretale las bolas con una tenaza caliente y vas a ver cómo canta, mejor que un pajarito.

- ¡Eh!, ¿tanta bronca le tenés?

- Mirá,  mi vieja garpó por él y se bancó la apretada de la cana.

- ¿Qué?… – me traicioné con la sorpresa.

- Nos agarraron juntos, y esos coimeros no te perdonan.

      Como vi que estaba dispuesto a contarme, tuve miedo de interrumpirlo, y le dije rápido y en voz baja:

-Te escucho.

- Un milico de Villegas le dijo que iba a parar la biaba, que la cosa estaba muy jodida, que nos querían boletear.

- ¿Qué habían hecho?

- Un quiosco, éramos dos pendejitos.

- ¿Y?…

- Fue hace mucho, la vieja se asustó y se dejó fifar por ese turro de mierda.

- ¡Que los parió! – me salió del alma.

-Después, cada vez que pasaba algo le sacaba unos mangos.

- ¿Y por qué no te dejaste de joder y mejorabas un poco?

- Mirá, ese ya no jode a nadie más –lo dijo sin escucharme.

- ¿Y ahora?

- Aprendí. Cada cagada eran mangos, ahora tengo una cuota y hago lo que quiero –sonrió con todos los dientes.

- Volviendo a lo mío, ¿y Mojito?…

- Ese piojoso, ni las gracias nos dio –me miró de reojo, con furia.

- Pero vos le vendés merca, así que no entiendo tu enojo.

- Mirá, una vez lo cagué a palos, ya me cobré. Además esto es un negocio.

-¿Mojito te acercó con los demás chicos?

- Primero venía él, con el tiempo los fui viendo y los visitaba.

- ¿Sabías de la desaparición de Vicky?

- No es cosa mía. Yo vendo.

- Ya sé, vendés y no sos botón, pero me podés ayudar, tirarme una piola, cualquier cosa me sirve.

- ¿Tan desesperado estás? –encendió un cigarrillo y me miró sobrándome.

- ¡Hijo de puta, te voy a matar! – me enfurecí y lo agarré del cogote y de las bolas, lo apreté tanto que me dolían las manos. Cuando estaba morado y con los ojos salidos aflojé.

- ¿Dónde lo encuentro? – le pregunté furioso.

- Está limpiando vidrios en un semáforo del camino de Cintura, allá por Morón – respondió casi sin aliento.

      Lo bajé de un empujón y le tiré los billetes por la cabeza. No sabré nada de villas ni villeros pero a mí no me sobra nadie y mejor que no me hayas mentido, le grité yéndome de allí.

      Mientras conducía me quedé pensando qué pocos conocen el accionar de esta intrincada maraña que son las villas. El Estado las abandonó hace ya mucho tiempo y ese espacio lo ocuparon los violentos. Por lo que me dijo este Oscuro,  la policía negocia y se arregla con el poder de ese submundo. Qué pueden hacer los policías decentes ante tal barbarie, a quién se le puede exigir una solución y lo peor es cómo se llega a corregir  toda esta mezcla de crimen y corrupción. La respuesta no la sé y para mi desazón no conozco a nadie que la tenga, aunque estoy seguro de que hay tipos tapados, escondidos o qué sé yo que la deben tener clara y no se juegan por cobardes o porque esta manga de sinvergüenzas prendidos al poder te deben joder muy fuerte. A la democracia hay que defenderla de estos aprovechados, hay que defenderla con uñas y dientes, y si es necesario con las mismas armas que los hijos de puta de los tiranos defienden a las tiranías “ a sangre y fuego” . Pero algo se va a tener que hacer porque siempre nos disfrazamos de republicanos, demócratas y federales y no somos nada de eso. Hay que cambiar las estructuras, los hombres … ¡ ya veremos!

     Otra vez me salió el indio de adentro. Me miré por el espejo retrovisor y no vi mi cara desencajada, ni mis ojos exorbitados; no me di cuenta de mi facha, si vi a un hombre que de joven  soñaba con algo más limpio y que a medida que va creciendo y debe meter la mano en la mierda va perdiendo gota a gota sus esperanzas.

     Seguí mi huella sin mirar atrás.

 

 

28. Carrefour.

 

No siempre se busca el camino correcto. Soy humano y no encontré otro camino que parar en un boliche de Liniers, sobre Rivadavia casi Montiel. El Bolita que me atendió se dio cuenta de la mala cara que tenía y, hombre simpático si los hay, este amigo circunstancial me invitó con un vaso de aguardiente.

- Esto te va a entonar y por más desengaños que tengas vas a ir saliendo…tenés que tragar de golpe porque es bebida de garganta, el gusto después te viene a la boca, no es como los licores que se paladean…¡ dale nomás!…

      No dije nada, le hice la venia con el índice y empiné el codo. No sé si me gustó pero sí sé que me calmó la bronca, ¡tenía algo de psicólogo este mozo! ¿Qué mas puedo querer? Sentí que me estallaba la gola. Me reí de mi propia ocurrencia, ya no tenía ganas de pensar, tampoco quería tomar decisión alguna. –Voy a esperar- me dije y así me apuré dos empanadas que picaban como la puta madre. Las bajé con chicha moqueada (se masca el maíz para preparar la torta que luego se hierve). El patrón se puso orgulloso de mi decisión, sólo faltaba que pusiera música de los Jaiva y ya estaba hecho. Me agasajó con picante de pollo, plato muy colorido y completo (medio pollo rodeado de arroz al vapor, papa helada seca con maní llamada chuño, zanahoria, tomate con cebolla bien picados y locoto,  que es un ajicito muy pero muy picante). Panza llena, corazón contento. ¡Bueno! Más tranquilo, sí, pero lo de contento está por verse. El picante y el alcohol me habían inspirado. Tomé el celular y lo llamé a Eduardo.

- ¡Ché viejo choto!, ¿querés venir a una aventurita?

- Mocoso irrespetuoso, ¡chocho sí!, pero… ¿qué es eso de viejo?

- ¡Sordo! Dije choto y no chocho…

- ¿Hay minas?-  interrogó con su buen humor.

- Hay de todo, pero si vos ya ni te acordás.

- Decime dónde estás y en diez minutos llego.

     Pasé el rato hablando con Yahir, tal el nombre del mozo. Me contó de su llegada hacía ya diez años, de su familia enla Sierray de lo contento que está con su mujer e hijos atendiendo el negocio. Le pregunté cuánto de racismo hay en nuestra sociedad y me respondió con la humildad e inteligencia que da la supervivencia a esos pueblos que han sido maltratados y sometidos por siglos:

- El hombre blanco se siente superior,  dominado por su afán de poder. Allá a los cholos tampoco nos miran bien. La verdadera vida es la espiritual, si das amor y te sentís bien ¿para qué cambiar?

     Me dejó perplejo. Llegó Eduardo y zafé porque no tenía ganas de polemizar.

-¿Dónde están las chicas? – decía mientras sonreía socarronamente y miraba a su alrededor.

- Si me seguís vas a ver muchas y de todas las marcas y colores.

- ¿ Hablás de chicas o de autos?

- Seguime, que en el trayecto te explico.

     Lo puse al corriente de todo y le expliqué mi plan. Cuando supo que el lugar era en el cruce de las autopistas Ricchieri y General Paz espetó: -Carrefour, eso mismo, Carrefour…

- ¿Ahora hablás francés? – me hizo sonreir.

-  Touché…el cruce, eso es Carrefour, ¿qué tal?

- ¡Muy bien! Pero estate atento.

     Estacioné en la banquina, a la altura de los edificios del Hogar Obrero. Entre las sombras divisé un patrullero – de un codazo lo puse a Eduardo en aviso. Trepamos por un sendero hasta la colectora y aparecimos frente a la villa.  La calle arbolada gira hacia Ezeiza,  marcando una gran curva. Al fondo se veían pasar los automóviles cuyos choferes rezarían porque no les pidieran detenerse ya que parar por allí es garantía de, por lo menos, ser robado. Las mujeres estaban en fila, cada una ocupando su sitio. Más allá, contra unas fogatas,  los pipiolos, mantenidos o custodios. Si vas a comprar nadie te jode. La primera que se nos acercó fue una veterana que, con más huecos que dientes, nos propuso una mamada “de las que no nos íbamos a olvidar”, según ella. Eduardo me sopló en la oreja que la íbamos a recordar por lo fea y por la infección que nos podíamos agarrar. Hice esfuerzos por no reírme y seguir concentrado en lo mío.

Semidesnuda,  cubierta con una especie de redecilla que dejaba ver toda la merca, vino una rubia a chistarnos; sacudía las lolas a manera de publicidad. Le hice señas como de que buscábamos otra cosa (lo cual era la pura verdad) y seguimos.

     Allí, por fin, la ví. Pintada y llamativa como todas. Ella también me reconoció. Me separé de Eduardo y la encaré:

-¡ Hola,  Clo, a vos te buscaba –encendí un pucho y se lo pasé.

- No estoy de oferta, consumís o te rajás –su mirada me señaló a los chabones de la fogata cercana.

- ¡Hecho! –la seguí hasta una casucha y lo dejé solo a Eduardo.

- Aunque estás muy tentadora te puedo pagar mejor si me tirás datos de la piba.

- No pienso batir a nadie –lo dijo resuelta.

- Acepto y te aseguro que quedás limpia.

- Eso espero. La piba es de buena familia pero se falopea.

- Ya lo sé…

- No tenía guita y puteó con un tipo que por accidente la dejó gruesa.

- ¿Y…?

- Una vieja le dio unos yuyos y no pasó nada, Gildala Lauchala trajo conmigo para que la presente y poder laburar para pagarse una limpiada.

- ¿Laburar?

-Sí, acá con nosotras. Vio esto y se asustó, entonces se volvió a la casa y se metió la manguera con un alambre y se pinchó. Sangraba mucho cuando vino el tipo y se la llevó.

- ¿Adónde se la llevó? –sentí que era la pregunta del millón.

- Todavía no me pagaste –extendió la mano.

- Tomá – le puse un billete gordo.

- Me contaron que estaba en el Hospital de Rodríguez y que el punto se rajó muerto de miedo.

- ¿Conocés a Tina? –con gestos ensanché mis hombros.

- ¡Ah! Sí

- ¿Dónde la encuentro?

- Me gustás pero todo por el mismo precio no va ¡lindo!

- Tomá –sentí ganas de abofetearla pero con dos gritos vendrían los monos que la cuidan y chau dato. Me aguanté y garpé como un duque.

- Trabaja en la villa de enfrente.

     Salimos del rancho, hizo como que se acomodaba las ropas y con un besito en las mejillas nos despedimos.

     Eduardo estaba acorralado por dos putitas que se notaba a las claras eran menores y haciéndose el chancho rengo aguantó hasta que aparecí y aprovechó para salir del apriete. Llegando al auto me preguntó si me divertí mucho y añadió que yo había llegado justo a tiempo, porque ya lo estaban por violar.

 -¡Las ganas!- le respondí.

 

 

29. Itatí.

 

Dimos la vuelta por debajo de los puentes de la Ricchieriy aparecimos frente a la villa llamada Itatí, Eduardo me explicó que los primitivos habitantes habían sido paraguayos, de allí el “homenaje” a la Virgen. Me contó, también,  que la villa de donde veníamos la habían formado bolivianos recién llegados y que de acuerdo a viejos rencores de la guerra del Chaco se peleaban los de un lado con los del otro. Una vieja historia que en apariencia no se repite.

     Paramos frente a una especie de parrilla donde la atracción no era la gastronomía. El interior a media luz,   música bailantera y mucha gente. Me acerqué a la barra que era un mostrador de almacén y pregunté por Tina.                                                                                                                                                                                                                              -¿Quién la busca? –fue la respuesta.

- Soy un cliente de otro lado –contesté lacónico.

     Cabeceando me señaló una mesa casi al fondo. Estaba con dos chicas más. Nos acercamos y nos sentamos con ellas.

- ¿Qué te pago? – le pregunté.

     Me miró de arriba  a abajo, hizo una seña abriendo la mano derecha, queriendo decir: cinco.

 -¿Te conozco? – dijo después del pedido.

- Tengo la foto que me vendiste –fue mi respuesta.

- Te sirvió, cariño…

- Me dijeron que es una foto vieja, que tenés más nuevas…

- No esperarás que me la pase sacando fotos para vos ¿no es así?

     Hice silencio y empecé a entender parte de este bolonqui. Ya no escuchaba con claridad ni me interesaba seguir allí. Pagué y salí lo más rápido que pude. Eduardo me seguía pero estaba como sorprendido y Tina quería que le pagara otra vuelta. Accedí tirándole unos pesos sobre su mesa y ya estábamos en el auto cuando volví en mí. “Me están ayudando y no caigo o… ¿es una trampa y quieren que pique?”,  pensaba en voz alta y la duda me iba carcomiendo en silencio.

- ¡Hola…estoy aquí! – me interrumpió Eduardo.

- Disculpá, acostumbrado a estar solo me dejé llevar.

- Pecthos, pasame esto en blanco.

- Este no es fotógrafo ni lo fue, la foto que me vendió me la mandó alguien para que investigue o para desviarme. Mojito y el fulano este llamado Lorenzo Aquino son los de la foto.

- ¿Quién te mandó la foto?

- No estoy seguro, si lo supiera ya estaría encaminado.

     Eduardo me dejó a solas con mis cavilaciones, ya tendríamos tiempo de clarificar las partes oscuras y ver cómo ensamblar esta historia. De algo estábamos seguros: no hay secuestro ni fuga del hogar. Sí es una desaparición de persona y sospecho que no se evaporó por propia voluntad. No está escondida, la pueden tener escondida.  Mi primer deseo es no llegar tarde.

 

 

30. Desciendo a uno de los infiernos.

 

Esa misma noche me puse en marcha hacia General Rodríguez. Tenía que llegar al hospital para saber si por allí había pasado Victoria.

     La sala de mujeres fue fácil de encontrar. Siendo muy tarde,  había mucha gente agolpada contra las puertas de los consultorios. La sensación de abandono y dejadez me invadió, el olor a letrina inundada envenenaba el aire. Salió un médico ojeroso y como resignado a su suerte, el que fue bombardeado a preguntas por las personas que allí esperaban novedades de sus seres queridos. Quizás por ser una cara distinta de los que se agolpaban, este hombre me miró como preguntándome qué quería (quizás tengo pinta de ficha). Le pregunté por Vicky y le hice una somera descripción de ella. Me hizo pasar y que hablara con Gladys.

     El salón es enorme, lleno de camas ubicadas en cuatro filas, me pareció que había más de cuarenta. Me sorprendió que las mujeres  se dispusieran en ellas acostadas una a la cabecera y otra del lado de los pies,  o sea de a dos; después me vine a enterar que a veces hay hasta tres y que  en caso de irte al baño, cuando volvés perdiste si no te guardaron el lugar.  Por supuesto que esto trae muchas peleas.

- No sólo faltan camas,  también insumos – me dijo Gladys.

- ¿Usted atiende detrás de ese biombo? – dije señalándolo.

- Atiendo en las camas, pero las intervenciones las hago atrás del biombo.

-¿Puedo hablar a solas con usted?

- ¿Me va a detener? – quiso saber.

     Salimos y le expliqué mi situación y qué estaba investigando. Se relajó, la invité a tomar un café. Atravesamos los jardines y nos instalamos en un quiosco de chapa y cartón. Recordó a Vicky porque fue la chica que vio en lo de la curandera.

 –Le ofrecí mi ayuda profesional y la rechazó, se notaba que no pertenecía al nivel social. Supongo que estaba asustada y con vergüenza – dijo sorbiendo su café caliente.

-¿Qué tipo de ayuda?

- Podía aconsejarla con su atraso o hacerle un raspaje –es muy común en la villa.

- ¿Por eso me preguntó si la iba a detener?

- No sé ayudarlas de otra forma…

- Debe existir, sólo que hay que buscarla – afirmé.

- Venga conmigo.

     Entramos por detrás del ala izquierda del edificio, cruzamos un largo y sórdido pasillo, empujó una puerta que alguna vez estuvo pintada de blanco y después de encender la luz abrió las heladeras. Vi cientos de paquetes envueltos en papel de diarios, montones de matambritos alineados y apilados unos sobre otros con la etiqueta correspondiente.

-¿Qué es? –pregunté curioso.

- ¿No lo sabe, no lo imagina? –dijo con bronca y tristeza.

- Parecen matambres…

- Son bebés…lo fueron –su mirada me atravesó.

     Me quedé sin palabras pensando en las declaraciones legales y morales contra el aborto y contra la planificación familiar. Sólo atiné a salir de allí con el respeto debido a los pequeños cadáveres que acababa de descubrir. Ya en el pasillo encendí un cigarrillo que me costó prender porque me temblaban las manos. La médica y yo fumamos juntos en silencio. Vicky había sido atendida por ella con una perforación en el útero, la infección se pudo controlar con cirugía y con los antibióticos que sus amigos le compraron.

 Se escapó del hospital, como tantas pacientes, antes del alta.

 

 

31. Suena el teléfono.

 

 

Me pasé dos días como recluido, sólo vi televisión, comí chatarra, fumé y chupeteé cerveza. No quería pensar, ni tener sentimientos ni nada…la realidad te lleva por delante y aunque quieras escapar ahí está, la tenés a la vuelta de la esquina.

     Sonó el teléfono, era Lita. Tenía datos que podrían ser importantes, quizás eran exagerados pero a manera de disculpa me subrayó que no podía comprobarlos, que lellevaría tiempo obtener pruebas y que como yo le había dicho que todo era importante me estaba llamando. Fui para allá.

- Suerte que pudo venir – dijo, ansiosa como de costumbre y con su voz de falsete, como gastada.

- No puede negar que es maestra…

- ¿Por qué lo dice? – sonrió temiendo mi respuesta.

- La voz cascada. Se nota que tuvo un día aciago.

- Los chicos cada día están peores –puso cara de circunstancia.

- Dígame, Lita, qué tiene para mí –sorbí el café que había preparado.

- Es sobre el administrador.

- ¿Qué pasa con él?

- Se va – esperó mi reacción, como no la hubo insistió -: Se muda.

- ¿Es importante que cambie de edificio? –quise saber, un tanto cínico en mi tono de voz.

- Es que no sólo abandona el edificio, renunció al empleo – insistió ella.

- ¿Cómo sabe eso? –me tomó por sorpresa lo del empleo, en esta época difícil nadie renuncia a un buen cargo.

- Una de sus nenas se lo comentó a mi vecinita y le dijo que no tenía que decírselo a nadie porque si no el papá la iba a castigar.

- La verdad es que no sé si esta noticia es relevante –dije pensando en voz alta.

     Se quedó pensativa, dudaba pero se notaba que se salía de la vaina por contestarme.

- Si sabía ni lo llamaba –noté rencor en el tono de su voz.

- Espere, Lita…espere –apuré alguna respuesta- ,  el que yo piense a viva voz no significa que no esté interesado en todo lo que pueda decirme.

- ¡Ah! creí que se contradecía con sus instrucciones, ¿se acuerda lo que me dijo? – le salió la maestra de adentro.

- Recuerdo bien y soy todo oídos.

- Heriberto y Cristina se van justo en un momento como este –se puso roja.

Antes que le diera un ataque insistí en que me ocuparía.

- Algo más – trastabilló al hablar.

- La escucho –esta vez no me agarró desprevenido.

- No sé, es más un chimento que una afirmación –revoleó los ojos como diciendo no sé qué hacer.

- No importa, todo sirve –ya me estaba fastidiando.

- Doña Clelia, la panadera,  dice que…

     La miré a los ojos fijamente simulando estar muy atento. Como tardaba, amagué con levantarme para salir de allí. Eso la decidió.

- No se vaya, es que es grave y no tengo pruebas –se puso muy seria.

- Diga mujer ¡por favor! – mi paciencia se agotaba.

- Es que doña Clelia es medio chicata y dice que vio a Vicky con unos tipos –respiró hondo.

- ¿Cuándo, dónde? –salté como resorte.

- No estoy segura, pero fue en estos días, en un Torino medio viejo. Los tipos no tenían buena facha.

- Pero ¿dónde la vio?¿en qué lugar?…¿por acá? –quería inducirla sin presionarla demasiado.

- ¡No…no!  Ella iba en el colectivo y la vio por San Justo desde la ventanilla, en la calle Mendoza.

-¿Entrando a una casa?

- No, en un semáforo, el auto estaba detenido y ella iba atrás recostada como dormitando.

- ¿La madre lo sabe, usted habló con ella?

- Todavía no, lo esperé para saber qué hacemos – amagó decirme algo más y dudó.

- Vamos,  Lita,  desembuche ¿ qué más tiene? – puse cara de póker.

-  Vea, Pecthos,  yo no soy profesional como usted así que me busqué una ayuda extra – hizo un gesto de pícara inocencia.

De pronto me sentí interesado por la lógica ilógica de esta mujer.

-¿Qué tipo de ayuda?.

- Una brujita amiga … una que tira las cartas… – dijo mirando al piso.

- ¿Qué sabe ella? – me hice el intrigado.

- ¡Mucho!…dice que usted es una buena persona, que muchos le mienten y … ¡por favor tenga cuidado! –juntó las manos en señal de ruego.

- ¿Qué tipo de cuidados? –siempre soy cuidadoso, quise decirle, pero la dejé hablar.

- Vio sangre y muerte, mucha sangre – se tomó la cara con las manos y lagrimeó horrorizada.

     Sólo pensar que aún no les había contado lo vivido en estos días y ver ese rostro desencajado   me hizo presentir que mi tarea iba a ser cada vez más compleja. Salimos a encontrarnos con Marta y a ponerla al corriente de la situación. Lita no interfirió en el informe que le presenté a  la pobre madre. Evité los detalles, le rendí cuenta de su dinero y le hice notar que Victoria había cometido errores que suponía fueron involuntarios. Temí por la forma que pudiera haberme expresado y cómo me pudo haber interpretado Marta. No era mi intención hacerme el misterioso y mucho menos darle falsas esperanzas como: “…su hija está bien, verá que todo fue un mal entendido” o “dentro de unos días esto lo recordarán como un mal sueño”…

     Ella me agradeció lo amable de mis palabras y confió en que Lita le serviría de consuelo mientras yo le traía a su niña de vuelta a casa. La caja de Pandora sigue funcionando y no podía quitar la esperanza de estas mujeres, personas que conocen sólo un mundo y que si bien saben o imaginan lo feo, se trata de algo que les ha llegado por la televisión, o escritos, o qué sé yo…  Si tuvieran las vivencias que yo vengo experimentando…

     Me aterré de sólo pensar en lo amargado que estoy.

 

            32. Un grato encuentro.

 

Decidí ir al Fortín, en Lope de Vega y Jonte, porque hacía mucho que no iba; pizza con fainá y una cervecita me harían más que bien. Cantando bajito fui rumbeando para ese lado. Eduardo se conectó conmigo por medio del celular: se estaba escapando al campo para descansar aunque antes quería que me ocupara de un par de clientes. Por supuesto acepté el envite.  Me enviaba con un motoquero, a mi bulo, los papeles, cerca de las 22.00 porque le dije que antes no regresaría. Dicho y hecho, a las diez de la noche sonó el timbre y llegó la mensajera con los sobres. La hice pasar y mientras firmaba los remitos se quitó el casco y me quedé mirándola… En su aspecto se había producido   una transformación súbita que me quitó la respiración. Morena, alta, ojos grises, labios anchos y rojos… frente a mi asombro y babeo interno, sentí su mirada como lava hirviente; me habló con una voz acaramelada:

-Me llamo Gigí –dijo mientras sacudía su cabellera para acomodar su peinado.

-¡Hola! Soy Pecthos, me sorprendiste porque hasta hoy no había visto una motoquera.

-¿Alguna queja? –sonreía sabiendo mi respuesta de antemano.

- Si tuviera quejas sería porque no te vi antes.

- Es que no trabajo en esto, estoy reemplazando a mi primo que no podía venir y en la agencia le dijeron que era entrega urgente.

- ¡Qué suerte he tenido!. Hoy debe ser San Eduardo.

- ¿Por qué? –quiso saber mimoseándome.

- No es importante pero sentate, te puedo servir… ¿qué?

- Una birra no estaría mal, estoy muerta de sed.

     El que esta muerto soy yo, pensé para mis adentros, pero esto viene fácil, demasiado fácil…

-Gigí, en realidad, ¿qué hacés? Porque esto es sólo un reemplazo…

- Soy estudiante de sociología –contestó con naturalidad- y hago teatro.

- Es negra, ¿no te molesta? –le mostré la botella.

- Me habían dicho que sos especial, por eso quería conocerte…además, un investigador y aventurero…¡ay! – suspiró como para derretirme.

- Si meterse en líos es ser aventurero, puede ser –dije automáticamente pensando en San Eduardo, porque sólo él, el gran chismoso, podía ser quien me hiciera tanta publicidad. Puse música y le conté ciertas aventurillas mías bien adornadas, tratando de ser humilde y no pasarme de vivo para no romper la seducción con que me estaba ganando a Gigí. En realidad, eso de ganando está por verse, por lo general son ellas las que te ganan o dejan que te creas que las ganaste. Abandoné rápido mi filosofía de estaño y bajé a la hermosa realidad. Continué:

- ¡Así que estudiás!. Yo hace tiempo que no estudio nada…

- Pero sos arquitecto – dijo, y enseguida se tapó la boca, porque supuestamente se le había escapado un secreto a voces que se sobrentendía ella ignoraba.

- Sí, aunque… – medité. Decidí  desviar la conversación, posponiendo mis ganas y anteponiendo mi actitud dubitativa y pregunté, como reflexionando en voz alta: – Vos, como socióloga, ¿qué soluciones buscarías para tanto conflicto y tanto abandono?.

- Magia no estudio, pero sé más preciso -.  Sentí buena onda.

- Mirá, estoy viendo mucho abandono y negligencia, si esa es la palabra, como que la gente, en especial los chicos, están librados a su suerte –. Más claro no pude estar.

- Tengo ciertas premisas, como que el Estado no debe abandonar sus obligaciones, porque espacio cedido es espacio perdido.

- Ves, ¡ahí coincidimos! –interrumpí animado. Continuó hablando.

- Hay entidades que ayudan pero no son suficientes, se desloman para protegerte y aparecen los vivos de siempre y tiran todo a la mierda y hay que volver a empezar. Las iglesias saben mucho de eso, llevan miles de años haciéndolo.

- ¿Sos del tipo religioso? –lo dije como al pasar.

- ¡No!, pero la historia lo muestra…

- También muestra otras cosas que es mejor olvidar.

- Por supuesto, son hombres los que la hacen, aunque invoquen a Dios, o acaso los creés infalibles…

- ¡Ni loco! Diría lo contrario aunque mientras no se metan conmigo yo no me meto con ellos. Si me respetan, respeto.

- Sos sincero pero algo inocentón. Bueno, la birra me vino bien. Me voy – se levantó y tomó su casco.

- Quedate un rato más, me gustó estar con vos.

- Me alegra pero nos llamamos. Si vos me invitás con otra birra, vuelvo –me dio un beso en la mejilla y salió.

     Me hizo bien hablar con alguien que va progresando y no me tiró ninguna pálida; lo de inocentón lo dejé correr porque es interesante que tenga una imagen mía así.

     Veré cómo descanso, porque ya me estaba haciendo la fantasía de dormir acompañado.

 

 

33.- Buscando una punta.

 

No me interesé demasiado por el pedido de Eduardo, ya me ocuparía. Ahora tenía la necesidad imperiosa de empezar a ver un punto de arranque porque estoy recogiendo datos, escuchando historias, viendo una muy desagradable realidad y conociendo gente; pero tengo la sensación de estar frente a una gran pared oscura que no me deja ver nada. Sin reflexionar, de impulsivo nomás, me fui hacia Morón tratando de encontrar a Mojito. En el cruce de Camino de Cintura y Don Bosco estaban los limpia-vidrios. Todos menos él. Con cierto recelo me hicieron saber que unos peruanos lo habían conchabado para vender ropa en la feria de Ingeniero Budge. En una feria que se abre al anochecer. Como disponía del tiempo suficiente, me ocupé de los pedidos de mi jefe. Sentí el trabajo como una carga y descubrí que estaba perdiendo el buen humor que habitualmente me acompaña. Indudablemente este caso me está lastimando; lo que no entiendo es cómo hacen los que sufren esta triste realidad  para no volverse locos; y mucho menos logro entender cómo los que tienen la posibilidad de corregir esto ni  se mosquean.

     Llegó la noche y me fui para la zona del Riachuelo;  dejé el auto en un playón de tierra y, como un simple comprador, me acerqué a los puestos de venta de ropas: no me fue difícil verlo. Me miró fijo, bajó la vista y cuando volvió a mirarme indicó con sus ojos el lado izquierdo. Entendí la seña, hice como que miraba unos pantalones y me fui hacia un quiosco cercano. Compré chipá y esperé. A los minutos apareció Mojito.

-Disimulá que no quiero líos –me dijo mientras compraba algo para beber.

-Pibe, tenés que darme una pista más firme.

-La voy a ligar por tu culpa, estoy asustado.

-La vieron en San Justo – largué, y esperé su reacción.

- ¿A quién?

- ¡No te hagas el boludo! –. Lo tomé del brazo y lo arrastré hasta la parte de atrás del carromato que oficiaba de quiosco.

-Voy a ser boleta por tu culpa –susurró con pánico.

-¡ Hablá…carajo!  Y Vicky ¿qué?

-Ella sabía que tanta guita y porros nos iban a joder. Que íbamos a terminar mal – rompió en llanto.

     Vi que un par de gorilas se venían hacia nosotros  y salí de allí. No era la primera vez que hablaba de porros ni de dinero, el asunto es saber de dónde sacaba plata, cómo la obtenía, qué hacía para andar con guita. En mi intento por volver a la ruta del profesionalismo, decidí hacer un alto y regalarme una buena cena. Me fui a Canzonetta, allá en la calle Dorrego. Julio, mi amigo y dueño del lugar, me recibió con los brazos abiertos y los platos listos; juntos nos comimos unos “fuccili con salsa de camarones” bien regados con Chianti. Después de ese agasajo, ya me sentía más optimista. Julito quiso saber en qué andaba y un poco le expliqué: esto es un ajedrez pero no encuentro la estrategia del juego, dije entre otras cosas, como para ilustrarlo sin contar demasiado.

-Mi querido Pecthos, jugá ajedrez, poné a todos en el tablero. Alguno la tiene escondida –.  Siguió bebiendo y se sintió como un profesor que acababa de descubrir la gran teoría de la investigación criminal. Como tenía que atender  las adiciones, el café lo tomé solo. Me quedé pensando en sus palabras. Después de unos instantes volví a la realidad: vi la cucharita en el pocillo y me di cuenta que más que revolviendo estaba batiendo el café. La distracción tenía que ver con Julio y el juego de ajedrez. Seguí su consejo y puse a todos los involucrados sobre la mesa.  En el entorno de Vicky los únicos que manejan algo de dinero son los adultos, pero quiénes: la madre, el deprimido del portero, Lita, Elena, el tipo que se va … mi cabeza daba vueltas y vueltas.  Junté dos hechos: la depresión de uno y la ida del otro, entre ambos existe una enemistad y, si mi corazonada sigue siendo valiosa, quién no me dice que provoco una fisura en el silencio.

     Dejé una propina para el mozo y me despedí de Julito con un abrazo.  Al oído me repitió su sentencia : – En este país, a la guita alguien la tiene escondida…

 

 

34.- El pequeño tesoro.

 

La mañana me pareció más fresca que otras, había dormido bien y había despertado feliz y optimista, producto de un plan que me abría nuevas esperanzas. Después del café me fui para Laferrère; allí encontré a Lorenzo Aquino. Su rostro reflejó molestia al verme.

 – ¿Cómo anda la salud? –dije a modo de saludo. Me miró y esa fue toda su respuesta. –Lo tengo abandonado – proseguí – y como no recibí nada de su parte, aquí me tiene de visita –  y acercando mi boca a su oreja, le dije: - Algo me tengo que llevar.

     Sentados uno frente al otro, me recosté contra el respaldo de la silla y mirándolo fijamente esperé.

-         Ya le conté lo que sabía, qué más espera.

     Sentí que estaba listo para interrogarlo:

- Dígame, ¿de dónde lograba Vicky la plata que tenía?

-No sé, una vez me dijo que había encontrado un tesoro y que la llave mágica la dejaba gastar, pero…- titubeó  – pocos días antes de desaparecer estaba furiosa porque la llave había perdido el poder.

- ¿Es un cuento de hadas o qué…? –lo tomé de la solapa.

- Que hadas ni  qué niño muerto, es lo que me acuerdo, si no pregúntele a la florista, que seguro ese cuento lo conoce – perdió el control.

- Y del Torino en San Justo ¿qué sabe?.

- De eso no sé nada, será el de sus amigos de Villegas.

- ¿De qué amigos me habla?

 - No sé, los jóvenes  tienen muchos amigos y por  todos lados,  qué más le puedo decir.

     Decidí que era mejor irme y ver a Juanita, que aparte de vender flores está metida hasta el cogote en este despiole.

     No fue difícil contactarla, estaba en su puesto y casi no se sorprendió al verme; hasta me dio la sensación de  que se alegraba cuando llegué. Me pidió que la esperara en la plaza, que iría para allí.  Al rato apareció, la invité con un super-pancho y nos sentamos en uno de los bancos. Fui directo al grano:

-Juanita ¿cuál es la llave del tesoro? – puse voz de lo sé todo y picó, aunque casi se atraganta con el sandwich.

- Es  … o era, no estoy segura, la llave del quiosco – lo dijo dudando.

    Debo seguir tirando de la lengua sin equivocarme porque si la espanto estoy perdido.

- ¿La llave del quiosco? ¿Cómo es eso?

-¿Es importante? – lo dijo con cierto tono de insolencia.

- Puede que lo sea, ¿cómo llegaron a la llave? – insistí.

- Estábamos sentadas en el borde del pozo esperando que lleguen los chicos y yo venía de cerrar el quiosco- mordió otro bocado de salchicha- cuando Vicky me vio las llaves colgando del cuello.

-¿Qué llaves?

- Las mías, de mi casa y del quiosco, yo había cerrado y para no perderlas me     las cuelgo del cuello, así ¿ves? – y me mostró un collar de hilo con unas llaves.

- Sí las veo, ¿y?…

- Que Vicky me las pidió para jugar, por hacer algo, y las probó en el candadazo que traba las puertas del pozo. Se abrió el candado. Loca de contenta empezó a gritar que descubriría el misterio, que dejaría escapar a los fantasmas  y que la maldición del edificio llegaba a su fin.

- Y vos ¿qué hiciste?

- Yo…me asusté mucho y me escapé, ni loca me quedaba ahí.

- Luego ¿qué pasó?

- Nada, Vicky me devolvió las llaves y me hizo jurar que no se lo contaría a nadie, que es nuestro secreto. Yo juré que no lo haría – repitió como justificando su silencio.

- Y ahora ¿por qué me lo contás a mí?

- Porque vos ya lo descubriste, ¿quién te lo sopló? ¡Ah sí!, fue Lorenzo.

- ¿Por qué decís que fue Lorenzo?

- Porque Vicky le preguntó si él tenía la llave y le dijo que no, que la tenía el administrador y ella se rió mucho y Lorenzo se enojó.

     Sentí que el mundo se abría ante mí y dejé a Juanita lo más rápido que pude para ir a ver al gran sospechoso de esta historia.

 

 

 

35. Descorro una cortina.

 

La ansiedad me carcomía. Esto es habitual en mí. Mi analista trabajó en ello mucho tiempo pero no logró demasiado, hay características difíciles de cambiar: el color de ojos, el tono de voz; en mi caso mi ansiedad. Salí volando para el banco, estaba cerrado. No había nadie, me fui para el edificio. Subí al 17 H, llamé y no obtuve respuesta. Me fui a la portería, el suplente no estaba. Corrí a lo de Lita, me miró de arriba abajo sorprendida por mi inadecuado nerviosismo, me hizo pasar. Detrás de la puerta, todavía de pie, le pregunté por Heriberto, en dónde lo podría encontrar…

-         No sé, se fue –comentó poniendo cara de yo te dije.

-         ¿Cómo que se fue? –insistí. Me negaba a creer lo que escuchaba.

-         Se mudó… no está más…

     No la dejé terminar cuando ya estaba tomando el teléfono de la mesita y me comunicaba con Molina:

 -Soy Pecthos tengo una grave sospecha, véngase para el edificio volando.

-         Pero ¿qué pasa? –escuché al otro lado de la línea.

-         Ahora no puedo hablar, traiga una orden de requisa. Es muy urgente.

Lo llamé, también, al Toni Mosquera, y le pedí a Lita que se fuera con Marta porque sería necesario verla y tenerla contenida.

     Bajé y me presenté con el vigilador. Se sumó el portero suplente, quien le atestiguó conocerme. Les expliqué que sin hacer escándalo debíamos ir al sótano, que estaba por llegar la policía para hacer una investigación.

     Mosquera tardó unos veinte minutos en presentarse pero el oficial Molina se hizo esperar más de una hora. No vino solo, lo acompañaban unos tiras de civil.

- Deme detalles, Pecthos, antes de hacer ninguna actuación –estaba más

calmo y concentrado que lo habitual.

 - Verá, oficial, tengo la sospecha  de que en este aljibe se encuentra el cuerpo de Victoria, y que uno de los responsables o el responsable es Heriberto Gómez Calabró, a quien Vicky venía extorsionando y este la mató arrojándola allí adentro.

- ¿Qué le hace pensar así?, comprenda que lo suyo es una grave acusación… – dijo Molina que, cuanto más me quería calmar, peor me ponía.

     Le conté de mi charla con Juanita y del tema de la llave del pozo, del dinero   del que ella empezó a disponer y que el único que  poseía esa llave era el administrador y sólo él.

     El portero confirmó mis dichos: la llave siempre la tuvo Heriberto por un tema que él muy bien no conocía, pero era algo viejo y judicial. Afirmó, como para demostrar buena voluntad, que Heriberto ya no estaba, que se había mudado al interior del país porque había recibido una herencia e iba a instalar un negocio. Masculló entre dientes que pensaba que sería sobre comidas para animales porque en la basura vio unos folletos. Nos sorprendió a todos.

     Elena y el ingeniero Jorge Bonnatesta  fueron los vecinos convocados como testigos. Un policía de fagina rompió el candado del aljibe y con una potente linterna iluminaron el interior del pozo. No se veía nada. Instalaron una escalera para descender, el fagina bajó y con voz ahuecada nos espetó desde el fondo: ¡Aquí no hay nada sólo un par de viejas bolsas de correo!

- Bueno, Pecthos, nos comimos un garrón. – Molina encendió un cigarrillo

y me convidó otro.

- La piba sigue viva –lo dije sin pensar. Todos me miraron, sentí vergüenza.

- Ya aparecerá –agregó Molina en medio de una bocanada de humo.

     El silencio de los demás  me ardía en los oídos. Como para hacer algo me acerqué al borde: me llamaron la atención unos ganchos atornillados a la parte interna de las tapas del aljibe.

 – ¿Y esos ganchos? –    pregunté.

     El pobre portero suplente se sintió en la obligación de responder:

- No sé, nunca abrí las tapas.

     Se labró el acta y se dio por cerrado el asunto.

     Supuse que las bolsas habrían estado suspendidas de esos ganchos.

Como para mitigar las molestias los invité a tomar algo. El único que aceptó fue Toni Mosquera. Los canas se fueron riéndose de mi metida de pata, el ingeniero tenía que verse con alguien, el guardia y el portero supongo que volvieron a sus labores y Lita se fue con Marta. Estoy seguro de que le habrá chimentado el incidente con lujo de detalles.

 

     Solos en una mesa de café, Toni y yo pudimos analizar el caso paso a paso. Le expliqué la teoría del tablero de ajedrez, pero le aclaré que es mucha la gente con la que me estoy viendo y le confesé lo mucho que me afectan las situaciones de tantos abandonados a su suerte, muchas veces en manos de los más poderosos, que no siempre son los mejores y  sí suelen ser los más violentos. Toni, hombre de gran experiencia, me hizo reflexionar con respecto a la mezcla y cambio en los valores morales, de cómo los de abajo miran a los de arriba y los de arriba hacen como si estuvieran abajo. “Es la sociedad del ‘ma sí s’egual’ ”, dijo.  Felizmente queda gente que escapa a este declive, son los que estudian, trabajan y silenciosamente sostienen los buenos valores, aunque pareciera que somos kamikazes …- levantó las cejas, las dejó fijas,expectante,  como diciendo “tengo el macho bravo ¿o no?”.

     Lo seguí y, volviendo a Victoria,  le conté las noticias que fui teniendo de ella.

–Toni, insisto en el tema del dinero, es más, creo que mi “accidente” tiene que ver con que no debía acercarme a ese pozo.

- ¿Qué accidente? – me miró tratando de recordar.

- El golpe en la cabeza el día que bajé a conocer el garaje.

- ¡Ah!, ya recuerdo… decías…

- Me inclino…, es más, insisto en una extorsión al administrador por parte de la piba. Después del suceso de la llave, ella empezó a manejar plata y su vida cambió tanto que se le complicó y terminó desapareciendo. No digo que sea este Heriberto solo, creo que hay más gente. No estoy en condiciones de demostrar nada pero es lo que intuyo.

-Habría que hallar al sospechoso y ver qué nos dice, qué conseguimos de él.  Vos no dejes las pistas y contactos, a ver si localizás a la fugitiva.

     Se puso de pie y se despidió. Sentí ganas de corregirle lo de fugitiva porque es una desaparecida y mal … muy mal.

 

 

36. Quitando las máscaras.

 

Llegué al bulo con una bronca y una amargura que hacía tiempo no sentía, además estaba depre. Me tiré en la cama y me dediqué a mirar el cielo raso, supongo que me dormí masticando mi fracaso y el papelón.

     Cerca del mediodía desperté con el timbre del teléfono. Era Mojito, sabía lo del pozo y quería hablar conmigo, que tenía novedades que podían ser importantes. Nos vimos en el Griego, una pizzerìa de Beiró y Lope de Vega, cerca de la villa llamada “Fuerte Apache”.

 – Después de hoy no podemos seguir con estos encuentros- fue lo primero que me dijo. Estaba muy nervioso y con ganas de salir de una vez. Esperé que el mozo terminara de servirnos.

 – No es tan fácil Mojito, vos sos el más  enganchado en esta historia – sorbí un trago de cerveza para darme tiempo -. Lo de ayer – continué – no es más que el principio.

-De qué principio me hablás, yo estoy casi al final –miró hacia ambos lados como buscando. –Me están vigilando y no creo que sea la yuta.

- Ojalá fuese la yuta- le respondí –,  se estarían ocupando de Vicky. “Por lo menos los buenos de la cana”, pensé, “pero ¿dónde están?”. Ya me estaba yendo con mi preocupación para cualquier lado cuando Mojito me bajó.

-¿Por qué pensaste que el administrador liquidó a Vicky? –. Me miró esperando la respuesta -. ¿Es que… vos creés que Vicky está muerta? – volvió a esperar que yo le diera una explicación.

- Lo creí por un momento, ahora creo que está viva, o por lo menos eso

espero- me empecé a poner nervioso, encendí un cigarrillo. Ahora fui yo quien

lo miró esperando su comentario.

- El tipo nunca nos quiso y menos a Lorenzo. Tiene fama de ser muy derecho y medio hincha con eso de las buenas costumbres.

- Y ustedes, ¿cómo se las arreglaban con él?

- Lo esquivábamos y no le dimos bola.

- ¿Y Lorenzo?

- ¡Qué te parece!  Si no lo escuchaba lo rajaba. Sé que se peleaban mucho.

- Y Vicky con el tipo, ¿qué curtían?

- Que yo sepa nada –sus ojos decían que no estaba mintiendo.

- Sin embargo, a mí me contaron que ella le sacaba plata, o acaso ¿no tenía casi siempre guita fresca?

- Sí, pero ella me contó que había un Flaco que le prestaba.

- ¿A cambio de qué se la daba?

- A cambio de nada, por ser linda. Decía que era parte de su tesoro.

- ¿Y la llave?

- ¿Qué llave? ¿de qué hablás?… no sé nada…

- Volviendo al administrador, ¿nunca lo viste hablar con Vicky o que ella lo visitara en el banco o si ella te dijo de cierto tipo de relación?

- ¿Cómo qué? – sus muecas me decían no jodas más.

- Mirá, tengo entendido lo que ya te dije, que ella le sacaba plata, que lo estaba apretando.

- Pecthos, Vicky es muy  especial y los del grupo la critican y la envidian, también la lloran porque es alegre, piola y bastante atrevida. Su única preocupaciòn es la vieja, tan enferma y tan antigua- pasó de la reflexiòn a la bronca, se puso rojo y sus ojos se le llenaron de lágrimas aunque no lloró- . Ese tipo es un cagatinta y daban ganas de romperle la cabeza por lo amargado, nos jodía cada vez que podía y a mí me contaron que bien contento se puso cuando Vicky  y yo desaparecimos, ¡forro desgraciado!

- Ya que estamos corriendo máscaras: de Lorenzo ¿qué me podés decir?

- Es un amigo, con las cagadas nuestras y suyas. Minero, muy minero. Ahora me dijeron que está enfermo.

- ¿Te dijeron?

- Sí, lo vi. Yo también busco a Vicky – sus gestos denotaban fatiga y hartazgo.

- ¿ Hasta dónde llegaste?.

- Todo termina en un par de barrios, más no pude meterme.

- ¿Por qué? ¿Qué pasa?

- Pasa que soy ranchada, los que me conocen y hasta mis amigos me vienen mirando mal.

- ¿Por…?

- Qué pregunta, están midiendo si soy buchón o si soy uno de ellos. Ya me  lo habían dicho cuando empecé a estudiar.

- ¿Qué te habían dicho?

- Y  … que ahora no iba a ser más ranchada, que iba a la bailanta con las minas finas…todo eso.

- Y el Oscuro ¿de qué la va?  

- Fuimos muy amigos, pero cuando él se metió con la pesada yo me borré y  de ahí en más sólo nos juntamos por cosas, no por amistad.

- ¿Estuviste guardado mucho tiempo?

- Demasiado. Estuve en colegios, así empecé la secundaria.

- ¿Y por qué no te quedaste hasta terminar?

- No soy tumbero, además son más chorros ahí que en la calle.

- ¡Eh! Que no es para tanto.

-  Vos hablás porque no estuviste ¡que si no! –empezó a enojarse.

    Siento que estoy tirando mucho de la cuerda pero necesitaba un poco más de él.

- ¿Cómo es tu relación con Laucha, con Clorinda, no sé? … Las mujeres,  los travestis ¿cómo te llevás con ellos?

-¡Bien!… nací con ellos. En realidad soy amigo de Laucha, a Clorinda y Tina las conocí después por Laucha – me aclaró que Laucha se llama Gilda por la cantante sanadora. Agregó: – Ellas la ayudaron… ¡Bueno!, eso ya lo sabés – bajó la vista y no habló más.

     Sentí que más no tenía ni podía. Para su formación, esto había sido un gran esfuerzo, estaba rompiendo con el silencio que da el miedo y esa educación con códigos tipo “omertá” y ese mandato de no ayudar porque si ayudás sos buchón. Le pasé un billete para sus gastos y no me lo aceptó, se fue cabizbajo y con la insatisfacción de haber cumplido con el deber para con la otra sociedad, esa que difícilmente lo admitirá.

 

 

 

37.- Filosofando.

 

Como en lo que a pistas se refiere estaba detrás de varias, ya que varios eran los personajes que rondaban alrededor de esta historia,  pensé centrar mi interés en la búsqueda del Torino. Tengo la certeza que lo del Torino me va a ayudar mucho. Tendría que volver a leer las historias de Sherlock Holmes o las de Perry Mason o las del genial Frutos Gómez para saber cómo se las ingeniarían estos personajes, aunque me siento más como Pepe Carvalho porque me volvió el buen apetito y las ganas de cocinarme un conejito a la cazadora. Invité al Flaco pero se iba a ver a Huracán. Lamentaba perderse una comilona pero no podía traicionar a su equipo de toda la vida. El que sí aceptó fue mi jefe, Eduardo, que recién llegado del campo se anotó como fija.

     A los postres, con un buen cigarro y un café le conté las últimas novedades y mi gran metida de pata; se rió de mi impulsividad e insistió en que yo tenía más voluntad que profesión. Hizo varias bromas al respecto, algunas groseras, pero sirvieron para despejarme un poco. Quiere conocer a Gigí.  Me sorprendió,  porque siempre creí que me la había mandado él.

 – No soy ningún entregador- fue su respuesta, y ya que estaba, me hizo prometer que le haría los trabajos y no los abandonaría por mi nueva aventura investigativa, que podía jugar al detective siempre y cuando me cuidara, porque, insistió una vez más, “el que se acuesta con chicos”…

     Le conté mi nueva pista a seguir: “el Torino”.

 –Eduardo, todos tienen algo que esconder, mucho para mentir y nada para ayudar.

- ¡Y! Es que – reflexionó su contestación-… ¿qué tienen para ganar? … nada…pero sí tienen mucho para perder.

     Coincidimos, una vez más. La falta de trabajo, el poco respeto que se tiene por el ciudadano común, la justicia que brilla por su ausencia, lo despreciables que son los dirigentes y el hecho de no vislumbrar un futuro te llevan al abandono.

– Se perdió la dignidad –. Y no alcancé a terminar cuando me retrucó:

-Ahí está el error, si te dejás vencer,  perdiste, siempre serás un dominado y ni  te cuento como país. Si no,  mirá el abandono enla Educación.  ¿O vos creés que este deterioro no estuvo programado?

-Ché,  ¿pero vos sentís, como yo, que todo está así?

-Mirá, Pecthos, yo no sé si todo está así, pero que hay mucho…hay mucho.

- Coincido con vos y de algo estoy seguro y es que se está nivelando para abajo. De pronto reaccioné: – Ché,  ¿no estaremos hablando como dos viejos?.

- Viejos o no, zurdos o derechos, la realidad es la cotidiana, la mesa de un bar en Recoleta puede ser un lindo laboratorio, pero si no sos autista y caminás por la realidad de la calle sabés que la mano está pesada.

- Y sí – apuré mi último trago del café.

- Pecthos, muy rico todo. Andate con cuidado y manteneme en contacto, esto cada vez me huele peor.

     Nos despedimos. Una vez  solo, recordé lo que me dijo un taxista sobre sus experiencias de madrugada: – Vos no te imaginás la cantidad de pibes drogados que suben al auto, las descomposturas que veo, y cuando los quiero llevar a un hospital cómo lloran porque irían en cana. Ni te cuento las peleas a la salida de los boliches…nenes y nenas,  porque cada día son más chicos…

     Me quedé hasta que amaneció pensando en aquel viejo slogan que decía  “los únicos privilegiados son los niños”. Ahora no hay nada, todo murió por negligencia, falta de interés o… qué sé yo… ¿cuándo fue la guerra mundial que  no me di cuenta?

     Me voy a acostar, voy a seguir tirando para adelante a ver si por lo menos descubro el paradero de la piba y vuelvo a mis asuntos; aunque dudo de que después de estas experiencias vuelva a ser el mismo.

     La conciencia puede ser tu amiga aunque te suele jugar en contra. Entre sueños me preguntaba: “¿este viejo turro será o no un entregador?”, sí es medio farolero y quizás la piba lo escuchó y vino al frente.

Así me dormí.

 

 

 

38.- Haciendo guardia.

 

Me fui para Villegas, estacioné cerca de la barrera de la calle Crovara, único acceso en auto hacia la villa de la abuela Carmen. Hay un barsucho donde tomé café. No es una zona donde pasás inadvertido; al rato, la mujer que atendía entró en conversación. Le dije que era viajante de comercio y que me debía encontrar con un primo que es de la villa pero que no quiere que vaya a su casa, sino que lo espere por aquí. La mina puso cara de “yo a ustedes los tengo calados” y no me molestó más. Cuando estaba casi negro de tanto café la suerte se puso de mi lado: pasó el Torino con dos tipos adentro. Lo mío fue sólo corazonada, podía haber sido cualquier Torino pero no, seguro tenía que ser este. Los tipos con pinta de pesados certificaban mi acierto. Los seguí de lejos; después de un largo recorrido entraron en la Ciudad Oculta. Mi corazón redoblaba de los nervios y yo me felicitaba de alegría  ¡Bingo…bingo! … Por estar lejos debí recurrir a los prismáticos. Cuando los enfoqué, de no haber estado bien sentado en mi butaca, me caía de culo…

     Los dos monos del Toro recostados contra el auto estaban hablando con Laucha. Lo primero que sentí fue bronca contra esa piba, después  tuve ganas  de ir  hacia ellos como un soldado que ataca una trinchera y desbarata al enemigo por  sorpresa. No soy soldado y encararlos no sería inteligente. Estaba cavilando sobre qué hacer cuando de pronto los dos gorilas la saludaron y enfilaron hacia el interior del auto, dispuestos a salir de allí.

     Disparé para que no me vieran, crucé las vías y giré por Lisandro de la Torre. Me metí en el barrio Los Perales, el Torino enfiló por Eva Perón hacia la provincia y allí lo perdí. Detenido como estaba, decidí esperar unos segundos para pensar en qué era lo más conveniente que hiciera. De pronto, al lado, contra la ventanilla de mi auto, se detuvo una moto. Me tomó por sorpresa.

- Hola Pecthos, todavía espero tu llamada- dijo la dulce voz de Gigí.

- ¿Cómo estás? …me agarraste distraído. ¿Qué hacés por acá? – me sentí como un tonto.

- ¿Distraído? El gran detective ¡no lo puedo creer! Esta zona puede ser jorobada si no estás atento –se puso a coquetear revoleando sus ojazos.

- Cualquier lugar es complicado si te dormís –busqué reaccionar.

- Y vos ¿qué hacés por acá? –quiso saber contraatacando.

- Recorriendo el espinel ¿y vos en qué andás?

- Trabajando para mi primo – hizo una pausa y queriendo ser simpática preguntó con una sonrisa maliciosa-: ¿No me digas que vos venís de San Pantaleón?

- Gigí, hace tiempo que no voy a la iglesia – respondí como con desgano, haciéndome el banana.

- ¿Alguna pesquisa? – sonrió como sobrándome.

     Nos fuimos a tomar algo por la Avenida Alberdi.Me llamó la atención un dicho que tenían enmarcado y colgado en una de las paredes del local: “El que no ha llorado por amor nunca ha buscado la felicidad”, adornado con dos angelitos dibujados, uno consolando al otro. Gigí lo leyó un par de veces;  yo, poco romántico y quizás por hacerme el macho, le comenté que en su lugar escribiría: “Quien no se enoja por su país nunca podrá ayudarlo”.  Gigí se rió de mi ocurrencia y me recordó que J F K había dicho a los yanquis que no tenían que preguntarse “ ¿qué hace EEUU por mí?, sino ¿qué hago yo por EEUU?”.

- Así le fue…- respondí medio picado. Le recordé que un ciudadano que trabaja o estudia, que respeta las leyes y que paga sus impuestos ya está haciendo bastante.

     Ella insistió en lo de la participación, el respeto a la ley y la defensa de nuestro estilo de vida. Cuál estilo quise saber, el tuyo que no conozco, el mío, el del comerciante, el del villero… No hay que ser melodramático, respondió, tenemos una base occidental y judeo-cristiana, qué más necesitamos. Para no llevarla a largas, le recordé que los desocupados y los venidos a menos cada día son más, que estoy trabajando con un tema de jóvenes y que siento el gran abandono y la falta de futuro, sin hablar de los vivos que se abusan de ellos. Gigí revoleó sus ojazos y me pidió que recomenzáramos nuestro diálogo por el lado del cartel romántico

Me tomó las manos y me  gustó.

 

 

 

39- Un recreo amoroso.

 

Después de un buen rato de arrumacos nos fuimos a un hotel cerca del bar. Hacía tiempo que no me regalaba un buen momento  y Gigí me lo hizo saber. Jugamos un poco y resultó ser fogosa y conocedora de buenos secretos amorosos. Quedamos felices y satisfechos. Parodiando un tatuaje,  me anoté en el antebrazo izquierdo la fecha y la hora en que di el grito de alegría más grande de mi vida;  también me dibujé un corazón con el nombre de Gigí, que como buena mujer se emocionó hasta las lágrimas. Nos bañamos y mientras descansábamos nos tomamos unas cervezas.

-¿Hay drogas en el asunto de tu investigación? – preguntó para iniciar la charla.

- Siempre salta la papa – respondí, y agregué-:  Es como el pus, cuando apretás un grano ahí está.

- ¿No querés que te ayude? – usó la voz más melosa que pudo.

- ¡Hum…!

- Dale…dejame. No soy tonta y cuatro ojos ven más que dos – insistió.

- Mirá, Gigí, no es la primera vez que me ofrecen ayuda, soy un aficionado y no sé compartir, el trabajo en equipo no es para mí.

- No quiero presionarte, pero para mis estudios de sociología sería fantástico, analizaría situaciones reales y no teorías dentro de un libro.

- Si hay problemas y te agreden, no me lo perdonaría.

- Aunque sea contame un poquito de lo que estás haciendo.

     Para que dejara de romperme le expliqué lo averiguado, los personajes con los que me estaba relacionando, muy especialmente mandé en cana a la Cana por su poca colaboración. Ella me hizo saber que la gente de todo el mundo, aun de los países más civilizados, todos se quejan de la policía y enseguida agregó: – Y tienen razón.

     Le respondí que no me interesa mucho lo que pase afuera, pero que sí quisiera que acá empezaran de una buena vez por hacer algo, porque hay muchos discursos y declaraciones para la popular pero los hechos no acompañan a los dichos. Ella ilustraba sus opiniones citando libros y nombrando a tal o cual profesor y yo le presentaba los hechos reales y cotidianos. Juntos armamos un buen análisis. Con entusiasmo por las coincidencias, ¡de pronto! y sin decir agua va, me abrazó, apretujando sus pechos desnudos contra mí; y besándome con su boca roja y carnosa, logró sacarme del listado de penurias que ya empezaba a enumerar. Nos besamos con pasión y reemprendimos nuestra tarea amorosa con renovado ardor y  entusiasmo. Exhaustos a más no poder, nos quedamos dormidos. No sé ella, pero yo tuve sueños placenteros en los que veía al Torino con los chicos adentro paseando y saludándome con la bocina y nosotros respondíamos con las manos abiertas.

     Pasamos un buen momento. Nos levantamos, nos vestimos y nos despedimos, quedando en vernos lo antes posible. Se subió a la moto y la vi alejarse.

 

 

 

40- La pista del Toro.

 

Llegué a Lisandro de la Torre, estacioné cerca del cuartel de bomberos, no quería estar cerca de la villa pero tampoco que el bomba de guardia me corriera de allí. Sabía que si Laucha estaba por aquí pasaría. Después de un largo rato (casi un ratón) la vi salir de la Ciudad y tomar un taxi, y  fui detrás a media distancia. En “El Resero” subió otra mujer y por Corrales siguieron hacia la provincia. Cruzaron el puente y se bajaron en Riglos y Larrea. Llegaron a las “Tartalias” y se metieron en lo de Clorinda. Al ratito salieron las tres juntas, compraron en un mercadito y regresaron, supongo que a comer lo comprado. Pasó como una hora y vi llegar al Torino.Los ocupantes no eran los ya conocidos, eran otros más jóvenes y más elegantes. Entraron sin llamar y se escucharon risas y gritos de alegría. Se fueron rápido con Clorinda y la otra mujer. No los seguí, quería hablar con Gilda alias Laucha, entonces me fui para el rancho.

     Llamé y entré. Estaba sola, se sorprendió pero no se asustó. La saludé y de inmediato la encaré con la cuestión de los amigos del Toro. Terminó de apilar los platos dentro de un fuentón con agua jabonosa, se secó las manos con un harapo que alguna vez fue toalla y vaya saber de qué color.

-¿Qué querés? – me preguntó con cierta calma.

- Esos amigos tuyos fueron vistos con Vicky – mis palabras lograron el objetivo.

- ¿Y?… son amigos de ella, ¿qué tiene de malo?

- Nada si no fuera que la busca medio país.

- Pero de ella no sabemos nada, los chicos la ayudaron mucho y después desapareció.

- Escuchame, a vos, delante de mí, el Chancho te preguntó por Vicky y que si sabías algo de ella ¿No era que me lo tenías que decir?

- El Chancho no es ni mi viejo ni mi hombre, todo cuesta ¿o te pensás que soy tarada?

- No sé que sos ni me interesa, sólo quiero tener noticias de la piba.

- Yo no sé nada de ella, todos preguntan pero se la tragó la tierra.

- ¿Puedo hablar con tus amigos del coche?

- Se van a cabrear y no quiero quilombos.

- No tienen por qué enterarse, te pago bien y me doy tiempo para encararlos así no sospechan de vos, ¿de acuerdo?

- ¿Cuánto?

- Bastante –saqué un manojo de billetes y los puse sobre la mesa dramatizando un poco.

     Dio resultado, el cine nos gusta a todos. Me pidió que no la quemara, me dijo que ellos suelen parar en un boliche llamado “Macana´s”, en Libertad, detrás del golf.  Yo no conozco por allí.

     Me fui a buscar el auto y en dos o tres días les caería.

     Dispuesto a pegarme un baño caliente, regalarme una buena cena, brochette de carnes, y después una dormida que me repusiera,  llegué al bulo. En el contestador estaba la voz de Molina que decía: “Pecthos llame a Mosquera y cuando puedan se vienen para la seccional, que hablé con un pajarito cantor”.

 

 

 

41. Noticias desde Córdoba.

 

La noche anterior había arreglado con el Toni Mosquera de encontrarnos en la puerta de la comisaría y así fue. El oficial de guardia nos anunció y después de una corta amansadora pasamos. Molina nos recibió amablemente con una sonrisa que denotaba orgullo y suficiencia.

Habían hallado a Heriberto en “La Granja”, una pequeña ciudad del interior cordobés. Bastó una sola apretada para que cantara mejor que un canario Roler. Molina siguió el procedimiento a distancia, supongo que vía telefónica, no me atreví a preguntar, y estas son sus novedades:

- Heriberto decidió que su vida no tenía objetivos – hablaba con voz impostada y circunspecta-, que podía aprovechar de su bien ganada fama de serio y puntilloso. Decidió desviar los restos de las cuentas bancarias olvidadas y cerradas hacia una cuenta fantasma. No contento con ello, el pago de una de cada cuatro boletas de servicios serían distraídos a otra cuenta fantasma. Con la debacle bancaria logró rescatar dólares de clientes que jamás los cobraron como tales, sí en pesos. ¡Claro, si el banco roba por qué no él!. ¡En fin! – secándose la transpiración de la barbilla y mirándonos de arriba abajo dijo de forma amistosa pero firme:-  Sigo ¿sí? –. Mosquera asintió con un suave e interesado murmullo y yo lo acompañé en silencio con un simple movimiento de cabeza, a  modo de reverencia. Él continuó:

 - En medio del caos bancario,  debió sacar los dineros de las cuentas falsas, pero el dilema era el lugar seguro para guardar todo ese capital. En una caja de seguridad no podía,  porque si necesitaba irse rápido podría levantar sospechas; en su departamento ni loco, lo podía ver su mujer y hacer preguntas molestas o, peor aún, entrar ladrones y eso ya sería una catástrofe. Fue así que decidió usar el antiguo pozo: el aljibe.

 Para ello se valió de viejas bolsas de correo donde guardó su riqueza, la que quedó colgada de unos ganchos que instaló en el interior. Posteriormente espantó a los chicos del lugar. Jugando, Victoria, cierta vez, abrió las tapas del pozo, y al ver las bolsas su curiosidad hizo que encontrara la millonada que ese empleado desleal había puesto a buen resguardo. La niña seguro sintió miedo, aunque luego sacó unos pesitos para comprar cigarrillos, y así fue durante unos meses hasta que llegó a sus manos la marihuana que abrió el camino de su droga dependencia. Seguramente compró sustancias para sus amigos. Heriberto descubrió la maniobra, sacó el dinero, la esperó para agarrarla con las manos en la masa y amenazó con denunciarla a su madre y a la policía…

- ¿A la policía? –  salté como resorte.

- Sí señor… a la policía, ella ignoraba que era dinero deshonesto, creyó que eran ahorros de toda una vida.

- Además una niña inmadura es asustadiza. Siga, Molina …siga – pidió Toni.

- La niña se asustó y junto con su novio, quien usufructuaba junto a ella de ese tesoro, como lo llamaban, huyen de la madre y de la vergüenza                                                                                                     que pasarían ante semejante escándalo. ¡Ah!…por cierto nuestro sospechoso le pide disculpas, él fue quien lo golpeó. Creyó que iba a robarle y los nervios lo traicionaron.

     Me frotaba la cabeza,  no por el recuerdo del garrotazo sino porque esta historia suena a fantástica.  Se lo hice saber a Molina.

- Mire, ché, todo es del tipo fantástico porque aún no terminé, ¿sabe  qué es lo que me vuelve loco?

- No, ¿qué?

- El banco…

- ¿Qué hay con el banco?

- Nada, no harán la denuncia. No quieren líos, ya tienen bastante con los ahorristas que sufrieron la devaluación.

- Como diría mi madre: “Ladrón que roba a otro, merece perdón” – acotó Mosquera.

- Ambos, el sujeto y la institución negociarán la devolución de lo que queda del dinero. Asunto cerrado para nosotros.

     Molina sonreía con sorna. Su orgullo a salvo ¿y lo demás?… a quién le importa lo demás.

 

 

 

42. El aire de las sierras.

 

Salí en el primer avión hacia Córdoba; después de veinte años volvía. Una de las regiones más lindas del país, pero como no había tenido buenas experiencias con ciertos cordobeses,  entonces decidí pasear por otros lares y prescindir de tal belleza. Nunca me gustó pagar culpas ajenas. Si en algún momento,  ya sea por rivalidad política o simples celos intelectuales algunos porteños se han peleado con los cordobeses, o al revés,  allá ellos, pero yo “ni pizca”, se pueden ir a la puta que los parió. Soy amigo de quien quiero.

     Alquilé un auto y me fui paraLa Granja. Meinstalé en una hostería y, para darle pie a una buena charla, me fui al bar y pedí una peperina. El mozo sonrió y me preguntó si me sentía mal del estómago, porque ese té me curaría pero “ustedes los porteños no saben que puede afectarle otra zona más importante”. Le agradecí y me reí de la advertencia.

 – No me voy a quedar impotente por un tecito, después de esta taza vuelvo al café- le dije. Nos reímos los dos de  la situación entre ridícula y amistosa.

     Palabra va palabra viene, logré saber, sin levantar sospechas, que un nuevo vecino se había instalado y que se dedicaba a la cría o de conejos o de chinchillas, que le habían contado que hubo un problema con la policía y que ya estaba mejor.

 -–Parece que lo confundieron y no sé en qué lío casi lo meten – me contó el Rubén, tal el nombre del mozo, mi informante.

     Salí de paseo y después de un buen recorrido por la región enfilé hacia lo de Heriberto. Llegué a la entrada de la casa, precedida por un jardín. No lo reconocí. La mascarilla en su nariz le cubría casi toda la cara y tenía, además, la mano izquierda vendada. La desfiguración de rostro era lo peor.

Me reconoció de inmediato y se sorprendió mucho. Su mujer e hijas no estaban pero pronto regresarían, insistió en que fuera breve.

     Lo que había contado Molina fue una declaracióm arrancada bajo tortura: ese dinero era producto de una herencia familiar más su trabajo extra como contador por las noches y el dinero de la venta del departamento de Caballito. Sus ahorros fueron importantes porque cambió las divisas después de la devaluación y se abstuvo de guardar en los bancos para no pagar impuestos.

Me confirmó que Victoria le había sacado un poco, no precisó cuánto, que ella quiso seducirlo para continuar teniendo con qué comprar droga. Que él no sólo la rechazó sino que estaba decidido a denunciarla a la policía y hablar muy seriamente con la madre. Que Lorenzo, el encargado, discutió con él por defender a la chica y que le dijo lo mismo que a Vicky: “Voy a dar parte a la policía y a vos te acusaré de abusar de menores”. Después de esa discusión los noviecitos se fugaron. Que todo ese lío hizo que acelerara su idea de irse de Buenos Aires, que tenía miedo de lo que podría pasar y que además estaba pensando en el futuro de sus nenas, que no deseaba para ellas esa vida tan promiscua. Me recordó que del banco se fue en buenas relaciones y que si él quisiera podría volver sin problemas.

     Después de semejante confesión lo saludé y me fui a ver qué me decía la policía.

     El hombre que me atendió, el cabo Gómez, me hizo saber que la responsable fue “la Federalde ciudad capital” (se refería ala Ciudadde Córdoba).

     Pasé la noche en la hostería. Comí, truquié un poco con Rubén e intercambiamos chistes de porteños y cordobeses – reconozco que los suyos son los más divertidos-.

     Después de aquella velada me arrepentí del tiempo perdido. Veinte años sin estar en semejante paraíso. A la mañana siguiente me despedí y bajé a la Capital. Noencontré al oficial a cargo, pero pude ver el legajo que habla de “lesiones por accidente en el traslado”.

     El abogado de Heriberto no opina lo mismo y metió una denuncia de torturas, lesiones e intimidación. Mi experiencia indica que este asunto se diluye.

 

 

 

43. Tristeza y preocupación.

 

No había olvidado para nada el asunto del Torino pero consideré importante irme a Córdoba. Si bien a simple vista regresé con las manos vacías no es tan así. La relación entre Heriberto y Vicky no deja lugar a dudas, que hubo y hay dinero de por medio también está confirmado; incluyo lo de las drogas y la extorsión mutua. Veo dos culpables, uno maltrecho y la otra desaparecida. Su desaparición admite más de un motivo: que el tipo la haya amenazado con el escándalo y ella haya pensado en la madre y en semejante lío que le iba a caer encima es muy probable. Entiendo que una jovencita de buena familia no se banque tal despiole. Pero … ¿justo estaba embarazada? ¿Tanta influencia de sus nuevos amigos? ¿Habrá creído que ese medio social la protegería?…Si pudiera saber qué corrió por su cabeza  ¡en fin! quizás ni ella lo sabe…

     Estaba en el mejor de mis sueños cuando sonó el teléfono. De no insistir tanto quien llamaba, no hubiera atendido, porque estaba rendido y quería descansar: en lugar de cabeza sentía que tenía una piedra que me pesaba a más no poder.

¿Quién llama?

- Soy yo, … Nanucha …

- ¿Qué hora es?

- No sé ni me importa. Mataron a Mojito – me lo dijo como quien te tira un sopapo, de golpe y con bronca.

     Acusé recibo de la pésima noticia y me fui para el bar de Murguiondo y Alberdi, que era el lugar donde quedamos en encontrarnos.

     No estaba sola, algunos de los chicos, ya avisados de la muerte, habían llegado, y otros estaban en eso.

- Al pibe lo boletearon para chorearle la bici – dijo uno de los que parecía bien informado.

     Entre llanto y bronca, Nanucha hizo notar que no se tenía que haber resistido al robo, que una bicicleta se puede comprar pero que la vida es una sola y que cuando se te va ya no vuelve jamás.

     Silencio … Sollozos y abrazos mezclaban saludo y consuelo entre los presentes y los que iban llegando.

- Fue a dos cuadras dela General Paz, casi frente al colegio de la avenida Eva Perón – otro de los chicos se sumó a la escueta información.

     Uno de ellos traía la dirección del velatorio. Se haría en Larrazábal y Emilio Castro. Para allí nos fuímos.

     Ya había gente en la puerta de la casa de sepelios. Se notaba, en la mayoría, que eran de origen humilde;  sólo algunos pocos pertenecían a la decaída clase media. Avisté un automóvil estacionado a unos cien metros. Eran canas. Se dice que el asesino suele regresar al lugar del crimen o ir a las exequias de su víctima. ¿Estarían allí pensando en eso? O sólo estarían de curiosos, por si las moscas… Los chicos de la escuela se conocían bien con los del barrio Piedrabuena, y los de la Ciudad Oculta se consolaban mutuamente y tiraban la bronca contra la yuta porque siempre les da a ellos y nunca a los verdaderos asesinos. Si supieran que la mayoría pensamos igual quedarían más que sorprendidos. Pasamos la noche en el velatorio. Ya estaba amaneciendo cuando reconocí, porque Nanucha me los señaló, a parte de la familia del pobre Mojito. Una hermana y un primo a los que les di el pésame y ante quienes me presenté como un nuevo amigo al que le gustaría ayudarlos. Dudaron de mí y me dijeron que les gustaría que Mojito estuviera vivo. No pude responder porque no me pareció oportuno.

     Me fui a tomar un café con Nanucha. A las diez salimos con un pequeño cortejo hacia el cementerio de Flores. Entre los amigos se hizo una vaca para pagar los gastos;  yo aporté lo que pude.

     Al llegar a la zona donde sería enterrado Mojito, había un grupo esperándonos: era el Chancho Gonzalo con sus seguidores. Me miraron, los miré. Al terminar la bendición, bajaron el modesto féretro al fondo del pozo y todos, terrón en mano, despidieron al muerto. Las lágrimas de los otros hicieron que se me cerrara la garganta. Un cigarrillo me reanimó. Cuando casi todos se habían ido se me acercó Gonzalo:

- Esto se está complicando – me comentó.

- ¡Muy feo! – aporté.

- No fue un robo, fue un asesinato.

- Ya lo sé…

- Pecthos, vos no lo sabés…

- No vale la pena resistirse, hay que dejarse afanar. Ese tiro de la 22 se tendría que haber evitado, ¿qué más te puedo decir, Gonzalo?

- Decir nada, tratá de averiguar.

- Te prometo que lo voy a hacer, pero robo seguido de muerte es cosa de todos los días.

- ¡Ahí estás equivocado!

- Y vos ¿qué sabés?. Dale, Gonzalo, no te hagas el misterioso que esto no es joda.

- ¡Claro que no es joda!

- ¿Y entonces…?

- Al pibe no le gustaban las bicicletas ni sabía andar. Averiguá por qué lo mataron, así limpiás tu conciencia.

 

 

 

44. Un desvío más.

 

Gonzalo me pegó fuerte, sus palabras fueron muy duras pero estoy seguro de que su bronca más que conmigo es con la impotencia a la que debe enfrentarse a diario. No lo quiero justificar, pero el juntarse en banda seguro que es para darse fuerza, y no hablemos de la evasión que significan el alcohol y la droga. No tener objetivos, ni esperanzas, ni perro que te ladre es lo peor que te pueda pasar, porque te vas demoliendo poco a poco, te denigrás tanto que lo anormal se te aparece lógico y correcto. Estaba en mis pensamientos cuando decidí irme a la seccional 42º de la policía a entrevistarme con Juan Bautista Chirimo, el señor comisario.

     Con una llamada a Molina, conseguí que me atendiera de inmediato. Resultó ser un tipo entrador, simpático y al parecer eficiente. Parecía más un ejecutivo que un cana: computadora, teléfonos de línea y digitales, fax y fotos, muchas fotos familiares y profesionales, donde se lo veía en acción. Un poco cargado pero lindo. Me dio la mano y ahí nomás me invitó al tuteo (cosa que en la fuerza no es tan común). Lo primero que me dijo fue:

- Mirá, Pecthos, para verme a mí no hace falta presentación alguna, con llamarme suficiente.

- Sabe… sabés que pasa, lo llamé a Molina porque los tiempos me urgen y necesito un gran favor.

- Te escucho,  y si es de mi incumbencia dalo por hecho.

- Gracias, aunque no sé si será fácil. Se trata de la muerte de un joven apodado Mojito…

- ¡Ah…sí!, el robo seguido de muerte. Son hechos muy comunes, seguro que lo encontramos al chorrito.

- Es que sospecho que no es un simple robo, porque el pibe no tenía bicicleta y considero que buscaron un pretexto para callarlo.

-¿Qué? Un pase de factura. ¿En qué andaba?

- No sé,  pero era el amigo de una chica desaparecida, caso que estoy investigando.

- Voy a ver qué puedo hacer y trataré de que no la ligue un cualquiera, si es lo que te interesa.

- Gracias.   

     Nos saludamos y me fui especulando que el éxito de esta nueva investigación puede llegar a ser importante para la que yo estoy haciendo. No puedo asegurar nada pero sospecho que el miedo que tenía Mojito no era infundado y que Gonzalo debe pensar que el crimen puede estar relacionado con mi pesquisa. De todas maneras, el próximo paso es irme para Libertad a ver con qué me encuentro.

 

 

 

 

45 Tibio…tibio.

 

Di por terminada mi participación en el caso de Mojito aunque no descartaba la posibilidad de relación entre esa muerte y la búsqueda que vengo haciendo de Vicky. No creo que haya tanto detrás de este lío, en realidad me niego a creerlo porque me dejo llevar, con la vana esperanza de resolver  todo y llegar a un final feliz. En realidad, siento que si me distraigo en esta nueva investigación me voy a desbordar, y tal distracción no me servirá de mucho o tal vez … No soy tan necio para pensar que la vida es una comedia hoolywdense pero… ¡Qué lindo sería un poco de aire fresco!  Aunque sea cada tanto.

     Pasé por la oficina y Eduardo me quiso acompañar.  Le puse como condición que sólo lo haría un poco, hasta ahí no más, porque no me puedo cuidar cuidando a otro. Tuvo ganas de responderme con una puteada pero me debe haber visto muy serio y cerró la boca. Cuando decidió decirme algo fue en el auto  para invitarme a un recorrido especial.

- Vayamos por la Ruta21 hasta González Catán, que te quiero dar una sorpresa.

- Eduardo, guiame para hacer más rápido. Hace mucho que no vengo por acá y no estoy muy seguro del camino a seguir

- ¡Adelante!, yo te guío.

    Íbamos por lo que queda de la cinta asfáltica conduciendo a la inglesa, o sea al revés, ya que los pozos nos obligaban a marchar la mayor parte de contramano. Después de más de media hora, ya con la 21 angosta, llegamos a su intersección conLa Salley nos detuvimos en un boliche llamado « Morena ». Salió Cristo a recibirnos. Hacía mucho habíamos sido compañeros de estudios y Eduardo se lo encontró hacía unos días y se comprometió a llevarme de visita. Cristóbal, que es su nombre, se emocionó al recibir noticias mías y ni les cuento lo que fue este encuentro. Mi jefe no tiene nada de tonto y no da puntada sin nudo…

- Pecthos ¡cuántas aventuras juntos ! – se le llenaron los ojos de lágrimas.

     Abrazados, recordamos nuestras andanzas juveniles, casi infantiles : los besitos robados a las chicas, los primeros bailes y tantas otras cosas.

- Pecthos, ¿por qué no le pedís a Cristóbal que te ayude un poco? – insinuó Eduardo queriendo ser diplomático.

- ¿Qué necesitás ? – se ofreció mi viejo y desatendido amigo.

- Primero contame como es que tenés un boliche y cómo se maneja semejante lugar.

     Hizo referencia a sus inicios con un pequeño local de bebidas y cómo lo fue agrandando. Que el nombre lo pusieron los clientes recordando a un programa de TV llamado “Verano del98”.  Visitamos las instalaciones, Eduardo me hacía señas de que apurara el asunto y llegara al nudo de la cuestión. Cristo estaba muy entusiasmado mostrándonos todo lo que podía, ¡hasta los baños visitamos! Lo que nos llamó la atención fue una pasarela elevada que atraviesa todo el salón. – Allí se suben las chicas a bailar con unos vestiditos llamativos, cuestión de negocio – aclaró sonriendo.

- ¿Pero son prostis ? – saltó el veterano de mi jefe.

- No, acá no se permite la prostituciòn, iría preso.

- Ché, ¿y la disciplina?… – me salió del alma.

- Contrato seguridad, cuatro o cinco canas y se acabó la historia.

- ¿Qué hacen? – insistí.

- Mirá, los llevan acá atrás al descampado y hablan con el quilombero en cuestión. Se calman y se van o vuelven a entrar –. Su cara delataba que escondía la parte más interesante del remedio que era la biaba que le daban al desacatado.

- Y los permisos ¿son difíciles de conseguir ? – le hice un guiño.

- ¡Y !… – sonrió – de vez en cuando un sobre.

- Seguro que hay más sobres que en el correo – arremetiò el meterete de Eduardo.

     Cristóbal lo miró y no contestó, ¿para qué?, si su silencio ya era una respuesta. Creyendo que estaba todo maduro entré en tema y le conté rápidamente parte de mi investigaciòn, de los tipos del Torino y del boliche « Macana’ s »; eso sí, omití mi sospecha de secuestro o trata de blancas o drogas … y el homicidio de Mojito

Del Torino ni noticias y de « Macana’s » sólo sabía que era un lugar caro para la zona, bien cuidado y pesado. Le pedí aclaración, si es que me lo podía decir

     – ¿Qué significa pesado ?… y no me contestes con el diccionario.

     Le resultó extraña mi pregunta porque, en la jerga, pesados son los lugares donde es mejor mantenerse a distancia.

 – Si entrás es para comprar, si no quedate piola.

-  ¿Qué es lo que puedo comprar? Sé más preciso.

- Mirá, Pecthos, Macana’s es la entrada y salida de muchas cosas.

- ¿Mujeres? apuré el análisis.

- ¿Qué te parece? Lo llaman “la escuelita”.

- ¿Hacia dónde van y vienen?

- ¡Pará loco! ¿Querés que seamos fiambres?

- Por supuesto que no.

- ¡Bueno! Olvidate del tema.

- Gracias por el consejo, me voy.

- Olvidate de lo hablado – se pasó el índice por el cuello, señalándome los peligros a los que nos exponíamos.

     Tomamos un café y le pedí a Eduardo que se quedara a ver el espectáculo, que cualquier novedad lo llamaba por el celular. Al principio se hizo el que deseaba acompañarme, pero hubo un hecho que lo alentó a quedarse: “La llegada de las bailarinas”. Como buen viejo verde y calentón consintió en quedarse, pero antes me aconsejó que no hiciera locuras, que no me pusiera en héroe y otras pelotudeces  que a mí me jodían pero a él le calmaban su conciencia.

      Me fui para Libertad pero antes visité « Ruptura », teatro y gomería y también me detuve a conocer « El Establo », que es un enorme frente decorado al estilo lejano oeste, con un impresionante galpón detrás. De una cosa estoy seguro: por aquí el negocio de la diversión es un gran negocio.

 

 

 

46     Reconociendo la zona

 

Llegué a Libertad, estacioné frente a la escuela, en la plaza de Patricios y Mercante, había música, la Parroquia« San José » estaba de festejos.  Me fui caminando por la única calle asfaltada hasta la estación. Compré cigarrillos en “El Gato” y le pregunté a la quiosquera por Macana’s. Me miró de arriba a abajo y me señaló hacia atrás (el oeste) y con curiosidad quiso saber:

 - ¿Tenés plata?-. Le respondí que más que plata tenía ganas de divertirme y volví sobre mis pasos. Allí mismo frente a la estación, en una casucha que parecía abandonada, vi un cartel de neón que decía “Clínica …”;  le faltaba un pedazo que le habían roto, aparentemente, de un piedrazo. Entré y esperé que el médico se liberara. Era un cirujano plástico pero allí cubría todos los rubros. Su mirada fija e inquisidora me hizo sentir incómodo.

- Doctor ¿pasa algo? – me le planté firme.

- No – respondió con calma pero siempre sin quitarme los ojos de encima.

- No soy ladrón,si eso es lo que lo preocupa.

- No es eso, pasa que yo lo conozco de algún lado y no recuerdo de dónde.

Pensé en los hospitales que había recorrido buscando a Vicky, le conté que soy un buscador de “gente perdida” y que mi visita se debía a que quizás él había atendido a una jovencita con las características de la que buscaba.  Le mostré una foto de ella. Su respuesta fue lógica e inmediata:

 - Acá en estos pueblos nos conocemos todos y una cara nueva llamaría la atención. No recuerdo haber visto a nadie como ella.

     Me pareció sincero aunque insistí: -

-¿No vio a nadie que le resultara sospechoso?

- Ayúdeme, ¿sospechoso cómo qué?

- Una herida de arma blanca ¡por ejemplo!

- Y… usted sabe bien que hubiera hecho la denuncia, ni por todo el oro del mundo perdería mi licencia.

- Y de la noche de acá ¿qué me puede decir?

-En principio, ya a esta hora me estoy yendo pero…

- ¿Pero qué?

- Y… esta zona no es fácil, el “Gran Buenos Aires” es tierra de nadie y nadie se va a jugar por nada ¿me entiende?

     Por supuesto que lo entendía, saludé y lo dejé con la intriga de dónde me conocía. Tardé pero lo saqué: era cliente de la compañía de seguros y cierta vez nos cruzamos en la oficina.

     Volví a la plaza, que alguna vez se llamó Estrada: no le quedaba ni

monumento ni placa recordatoria. Había unos muchachos bailando chamamé, reconocí la melodía de “Kilómetro 11”que es el himno correntino.  La fiesta estaba en su apogeo. Di unas vueltas y me metí en la iglesia.  Una gruesa puerta de vidrio dejaba ver el interior pero no permitía pasar. Una niña estaba rezando arrodillada frente al muro transparente, se persignó terminando su oración, me miró y me aclaró que la iglesia estaba cerrada porque si no la gente entra a dormir y que ella y los otros chicos iban a comer porque había fiesta y que si yo quería me invitaba a quedarme con los demás a pasar la noche en la plaza. Me sentí como un indigente y cuando reaccioné me alegré de estar sobreviviendo, todavía, en la clase media. Le agradecí el envite y me fui a recorrer un poco el resto del barrio.  Anduve dando vueltas y en Habana y Mario Bravo me encontré con dos viejas casas de estilo inglés que me sorprendieron por lo que fueron, hoy sólo son restos casi abandonados. Por lo demás el barrio no me interesó mucho. Cuando uno anda a la pesca, no debe perder detalle de lo que ve o de lo que te llama la atención, así que seguí yirando y volví a pasar por la plaza Manuel Estrada.  La fiesta seguía concurrida. Me dirigí por la ruta 21 hasta el “Club Midland”, avancé unos doscientos metros y allí estaba, casi en la esquina el “Macana’s”. Como ya era noche, me acerqué. Todavía estaba cerrado. Para hacer tiempo me volví a la plaza, miré los bailes, me acerqué a los puestos de juegos y de venta de choripán y bebidas; me quedé hasta que terminaron el festejo con los tradicionales fuegos de artificio.

 

 

 

47. En la boca del lobo.

 

Ya bien tarde y cuando las luces del boliche y la música de cumbia anunciaban su apertura, entré a ver qué podía hacer. Atravesé la primera puerta y seguidamente, en un pequeño   hall, me encontré cara a cara con los dos monos grandotes que iban dentro del Torino.  No me conocieron, con un gesto brusco me hicieron levantar los brazos, me registraron y después, al verme limpio, me dejaron pasar. Los patos que me cachearon fueron a los que vi la primera vez yendo hacia la Ciudad Oculta. Los más jóvenes, los que vi la segunda vez, en Las tartalias, andarían cerca. Para estar más tranquilo necesito saber con quiénes y cuántos me puedo encontrar.Pensé en advertir a Eduardo, pero en un lugar así mejor no levantar polvareda.

     Me acerqué a la barra, me senté y pedí una copa. Pagué con un billete grande y con un guiño le di a entender al pibe que hacía de barman que se lo quedara. Encendí un cigarrillo y miraba distraídamente para todos lados como quien busca a un amigo. Había unas cuatro o cinco parejas no del todo parejas, un par de veteranos acompañados de unas gatas que hace tiempo fueron finas y hoy son el resto de aquellas mejores épocas. Con una seña llamé al mozo:

– Che- le dije- mi novia no llegó y no quiero tomar solo.

- ¿Tenés vento para pedir otra vuelta? – me miró de arriba abajo.

- ¡Si la vuelta vale la pena, dale nomás! – ahí hice pata ancha para no perder una buena oportunidad y le puse una lechuga en el bolsillo de su chaleco.

- ¿Qué preferís? – el billete verde lo ablandó.

- Soy perro viejo y tengo algunos dientes flojos, necesito carne blanda, me hablaron de una piba con unos ojos verdes que es una locura –  Hice  teatro, sabiendo que por el espejo de la barra me estaban controlando. La calidad del  material no era muy buena, si los de atrás se mueven rápido y mucho, el espejo azogado siempre delata, algo se nota. Y yo lo noté.

     Con el vaso en la mano me fui a una mesa cercana y me senté a esperar. Al poco rato salieron no sé de dónde varias jovencitas a caminar por el salón. Me hicieron acordar a cuando mis hermanitas, junto  con sus amigas, se disfrazaban con la ropa de mamá, se pintarreajeaban y simulaban ser mujeres grandes. De haber estado en otro sitio me hubiese divertido de lo lindo, pero …

      En una mesa escondida en un rincón estaba el cafishio, se sentaron a su alrededor. Llegaron unos tipos más. Dos de las alternadoras salieron a bailar con un pibe que se notaba tenía plata fresca y muchas ganas de gastarla. La mayor de ellas se acercó al punto que las “cuidaba”.  Le hablaba al oído, haciendo gestos. Las miradas se dirigían al joven bailarín. De pronto el jefe hizo un movimiento con la mano como autorizando y la mujer fue hacia el centro de la pista, abrazó al pibe, juntó sus excesivamente pintados labios contra los de su pareja. Hablándole al oído acordaron algo y subieron por una escalerilla del fondo, donde de seguro hay habitaciones. La más joven se quedó bailando sola en medio del salón y con un suave movimiento del cuerpo me desafiaba a bailar. La observaba pero no reaccioné.

     Se me acercó el mozo y me preguntó qué pasaba, que ya había carne fresca en la pista. La bailarina era muy joven y bien formada. Mi respuesta fue que esperaba otra cosa, que reconocía la buena merca pero si estoy dispuesto a pagar que sea por lo que me gusta”.

     Habrían pasado unos quince minutos y otra vez la ceremonia del “me pagás una copa“, pasando a tu lado, entre las mesas. Esta vez allí estaba, no podía ser otra, no la conocía más que por fotos pero esa debía ser.

 

 

 

48. Fingiendo ser.

 

 

 El maquillaje, las luces y verla, para mi sorpresa, actuando de copera, no me permitían estar seguro en mi apreciación.

     Acá ya no tenía espacio para el disimulo, entonces la invité a sentarse. Lo hizo tímidamente o de mala gana, es lo que me pareció. Aunque no creo que se pueda dar el lujo de atender de mala gana.

     Me presenté.

– Soy Federico- esbocé una sonrisa.

- Llamame Vivi -. De su boca salió una mueca agradable.

    Después que el mozo le sirvió su copa, hablamos de lo lindo que es bailar. Se puso de pie y me invitó a salir a la pista.  Le agradecí pero le hice saber que prefería charlar, y acto seguido se sentó. La música era brasileña, habían abandonado la cumbia. Aceptó el diálogo. Le conté que había estudiado y que me gustaba más la calle que la oficina;  ella me escuchaba atenta. Que cada tanto iba a la Feria de Mataderos. No vi gesto alguno de sorpresa. Insistí con que era hincha de Nueva Chicago,  y tampoco logré reacción alguna.

     ¿Sería ella o no? Cuando ya dudaba si era la Victoriaque venía buscando con desesperación se me ocurrió la heroica y le dije que conocía a Laucha y al Chancho Gonzalo. Contuve la respiración. Ella, sin gestos faciales, sin hablar y con los ojos bajos, me hizo notar el esfuerzo que hacían sus amigas para mejorar el ritmo de un veterano que pretendía bailar. Las chicas movían las caderas y le acercaban sus escotes para animarlo. Fue entonces cuando Vivi apoyó su mano sobre el vaso y movió el dedo índice de un lado a otro, de manera tal que sólo yo podía ver ese dedo diciendo “no”. Entendí el mensaje y seguí hablando pavadas sin ton ni son.  Miramos un poco más al trío bailando.

- Si te pago ¿venís conmigo?- quise saber. Vivi miró a todos lados, el tipo de la mesa del rincón parecía que no nos controlaba.

- Sólo puedo hacerte consumir, no estoy autorizada a irme sola.

- Pero yo te quiero llevar al telo, ¿quién te lo prohibe?

- Hasta las cuatro podemos seguir bebiendo, no estoy autorizada…

- Ya sé, ya sé… ¿quién no te autoriza?

- Saludá a tus amigos y si podés andate de acá – fue suave, simuló una sonrisa y se mantuvo terminante en su apreciación.

- Hay gente que te espera, venite conmigo – la ansiedad me carcomía.

- Si se dan cuenta sos boleta ¡andate! Y rápido. – susurró siempre simulando con una sonrisa y tratando de que no le lean los labios.

     Esta actuación no era fácil, entonces lo pensé mejor, cambié de tema y seguí charlando de giladas hasta casi las cuatro. Pagué las copas, le di una propina a Vivi y salí. Subí al auto y me escondí lo mejor que pude. Decidí esperar.

 

 

 

49. Hacinadas.

 

Cuando cesó la música y las luces se apagaron, salieron del lugar.

Tomaron por Eva Perón hacia la plaza. Una 4×4 Ford y el Torino giraron en Mario Bravo, pasaron frente a las casas estilo inglés y sobre la “33”descendieron varias chicas y tres tipos. La esquina parecía abandonada, allí entraron en lo que alguna vez fue un almacén. Tenía las salidas tapiadas con ladrillos. Allí estaban los dos jóvenes del otro Torino, los que no había visto en el boliche, el tercero parecía un hombre viejo o por lo menos se lo veía encorvado y desaliñado. Las sombras no me dejaban distinguir bien.  Pensé en llamar por el celular a Eduardo para alertarlo en lo que estaba por hacer pero  había perdido no sé dónde el maldito teléfono.

     Los del Torino se fueron cada uno en un vehículo diferente. El viejo quedó, imagino, de guardián. Esperé un buen rato porque se escuchaban voces y murmullos. Me acerqué a espiar por una rendija de la única ventana que daba a un patiecito lateral. Cuando ya todo estaba en silencio y a oscuras, salté por el baldío de al lado al patio interior de la casa que ante los ojos de los vecinos se mostraba abandonada. Suele suceder que uno jamás imagina que a su lado se cometa un crimen o tal vez el miedo y la inseguridad alienten  para hacerse el sordo y no el héroe. La cosa es que una vez adentro de la propiedad debí andar con cautela y hacer el menor ruido posible.  Abrí la puerta de la cocina y me escabullí como un gato hacia la sala donde dormía el viejo. No le di tiempo a nada, lo tumbé de una piña, lo até y amordacé bien fuerte. Busqué entre sus cosas por si estaba armado: era tanta la confianza que se tenían que sólo  guardaba un rebenque. No encendí la luz aunque estuve tentado, pero hubiera sido un gran error. La casa estaba vacía, dónde se habían metido. Cuando mis ojos se habituaron a la oscuridad y en medio de la penumbra, avancé y  descubrí en el piso una tapa de rejas. Fue entonces cuando comprendí lo inaudito de la situación. Levanté la puerta del sótano, no veía casi nada. Mi primer impulso fue arrojarme, pero enseguida descubrí una escalera de madera, crugiente, muy precaria. Alumbrándome con el encendedor fui bajando muy despacio evitando hacer ruido. El corazón golpeaba contra mi pecho al punto que hasta  llegué a pensar que lo oiría todo el barrio. En puntas de pie seguí descendiendo muy lentamente, si me apuraba podría provocar una hecatombe  pero tampoco podía disponer de mucho tiempo;  ante la duda preferí la primera. No me quería dejar controlar por la ansiedad ni por el miedo. Las escuchaba respirar y allí estaban todas dormidas, o que sé yo. Desnudas y amontonadas como ganado sobre unos colchones. Me quemaba la mano con el encendedor, su luz mortecina me permitió verles sus caras. Me impresioné. Les hablé en voz baja para no asustarlas más de lo que, supuse, ya estaban. Vi una llave de luz y la encendí, el fuego del encendedor, apagado y encendido una y otra vez, ya me había quemado la mano y no aguantaba más. Así las pude ver en detalle. Una de ellas tenía marcas de golpes en su mejilla, otra estaba atada a un camastro. Todas parecían cansadas pero en realidad estaban ebrias. Vicky permanecía en estado de somnolencia, con los ojos fijos  en la nada, no sé qué droga habría ingerido. Me les acerqué más, inclinándome sobre ellas y algunas se encogieron de miedo, las que podían reaccionar. Se quejaban en silencio. Era claro que no tenían la voluntad de huir. Desgarré un trapo viejo que oficiaba de sábana y envolví a Victoria, la cargué sobre mis hombros y  subí como pude. Ella lloriqueaba sin decir nada. No tenía tiempo para consuelo alguno, y además, cuando llegué a la superficie, comprobé aterrorizado que el viejo había escapado y seguro era para avisar a sus compinches.

 

 

 

50. Hacia la Libertad.

 

Salimos por donde había entrado. Con Vicky sobre mis hombros no podía saltar el cerco,  y entonces decidí forzar la puerta del fondo. Evité todo ruido pero me hice escuchar ¡y suerte que los perros del vecindario dormían! Me asomé para asegurarme la salida …nuestra salida, los gruesos árboles tapaban mi visual, ¡ mejor! con ellos me protegería en caso de peligro. Jamás hay que pensar en negativo, me repetía como un autómata,  atacado por una taquicardia enorme. Pero ya lo había pensado y el peligro se hizo presente: tanto por una calle como por la otra se me aparecieron los Torinos con los tipos del boliche, seguramente estaban todos porque enfrentándome, en línea, me parecieron una multitud. Apoyé a Vicky en el piso, contra la base de uno de los árboles, ella no podía entender qué estaba pasando. Semidormida, envuelta en un trapo e intoxicada, era mejor abandonarla y tratar de llegar a un acuerdo. Levanté las manos, las apoyé sobre mi cabeza y caminé hacia ellos. Los debo haber sorprendido mucho porque no tuvieron reacción alguna. Muerto de miedo les hablé a la distancia:

- No soy cana, soy amigo de la familia, les pago el rescate y acá nos olvidamos …

La luna llena se apagó, los ruidos de la noche se incrementaron, motores en marcha, frenadas, ladridos a lo lejos y sombras acercándose enturbiaron mi visión. La pesadilla que provoca el miedo hizo que me descontrolara: me invadieron visiones funestas, sabores amargos en mi boca junto a la estridencia metálica que perforaba mis oídos no me dejaron ver el camión que golpeó mi hombro derecho haciéndolo estallar. En medio del ardor que quemaba mi cuerpo, yéndome hacia la nada, soñaba quela DEA yla Federal me rescataban de semejante infierno. Me sentí un idiota por no haberle avisado a Eduardo dónde me hallaba y mucho más idiota por haber perdido el celular en semejante situación. Ya no había tiempo para análisis, el hombro destrozado no me dejaba pensar.

Me arrastré lejos, llorando por el dolor y por tener que abandonar a Vicky. Lo que se sumó a tanto desbarajuste fue la sensación de tener la cabeza llena de piedras y escuchar sus golpeteos a cada movimiento. Luego oscuridad y silencio.

 

 

 

51. Desorientado.

 

Ya amanecía, el sol quemaba mis ojos, estaba casi ciego. Felizmente el dolor había desaparecido. Me dominaba una sensación de flojedad, las emociones y el no dormir me afectaban y lo peor era el ardor de mis ojos.

     Me lavé la cara en la fuente, el sol estaba muy alto y tanto reflejo hacía que el blanco sólo me permitiera ver como en un sueño.

     Pasaron los Torinos con los tipos adentro, no tuve tiempo de esconderme, siguieron de largo y al verme se rieron. Aceleraron y desaparecieron por el horizonte rumbo al sol…

     De la vereda de enfrente Laucha, el Chancho Gonzalo y los demás chicos me llamaban, yo no escuchaba sus voces pero entendía los gestos. Seguí caminando por mi senda, no les di pelota, no estaba de humor. Por mirarlos avancé girando la cabeza hacia atrás, seguía sin ver con nitidez, las nubes muy blancas pasaban a gran velocidad pero no sentía el viento que las empujaba. Saliendo de entre el grupo de chicos, la vi a Nanucha llevando de la mano a Vicky. Qué alivio, la habían liberado. ¡Entonces todo había salido bien! ¡Habíamos subido del infierno!

     En la otra punta de la plaza estaban Lita y Marta charlando animadamente. Seguí mi camino soleado, muy verde y florido sin prestarles atención. Lo vi de lejos a Heriberto con su mano vendada y algo de dinero en la otra, me lo ofrecía para pagar la liberación de Victoria. ¡Qué boludo!, ¿no vio que ya está libre? No me interesó acercarme, ya me sentía cansado y molesto, pero mis pies marchaban mecánicamente, sin pensarlo, como en un acto reflejo. Siempre por  la vereda derecha, enfrentando al maldito sol que me encandilaba y me obligaba a caminar con la cabeza gacha mirando al piso. Igual me dolían los ojos. Estaba tan nervioso y ansioso por llegar que no lo vi y tropecé contra Mojito. Me miró con sorpresa, pero más me sorprendí yo: -¡Pero cómo…!, ¿no estás muerto? Entonces…

     No pude seguir hablando, de manera sorpresiva me agarró de los brazos,  y fue como si me levantara: me arrojó por el aire tan fuerte que parecía que volaba. Caí en la vereda de enfrente, pegué la cabeza contra el piso y me desmayé del golpe.

 

 

 

52. No quieras morir.

 

- ¡Pecthos  … Pecthos! – alguien me hablaba en tono melodioso, produciéndome placer. Era la voz de un ángel.

     Otra vez las piedras tronaban en mi cabeza. Escuchaba mi nombre desde lejos, como si del más allá me estuvieran llamando. La voz del ángel repetía mi nombre sin cesar.

     Después de sufrir el dolor a tal punto que creí que mi cabeza estallaría, el ruido y el malestar de las piedras se iban disipando, los ojos ya no me ardían, el hombro apenas si molestaba, estaba cómodo y confortable. Si esto es morirse, no es tan fiero como lo pintan.

      No, no estaba muriendo, estaba volviendo y en la cama de un hospital.  ¿El ángel? Gigí, que insistía en llamarme por mi nombre. Abrí los ojos y a medida que mi vista mejoraba allí estaba ella. Se acercó y me besó en la mejilla.

 - ¡Bienvenido! – me hablaba al oído con mucha suavidad y dulzura -, no quieras morir porque jamás te lo permitiría – me dijo siempre con un susurro. Girando la cabeza, o al menos intentándolo, le di a entender que no moriría. Habré estado grave porque no la invité a entrar a la cama. Me llamó la atención su atuendo. Debo haberme dormido porque no recuerdo nada más.

     Pasaron unos días y ya más fuerte y repuesto salía en mi silla de ruedas a recorrer los pasillos del “Churruca”.

 

 

 

53. Descanso.

 

Eduardo, el Flaco y Gigí no dejaron de visitarme, mi familia también.

Me dejé mimar por amigos y parientes, un poco de franela no me haría mal y, en verdad, la estaba necesitando.

     A pesar de la molestia en el hombro, di reconfortantes paseos por el jardín y largas recorridas por los pasillos. Ya me estaba haciendo popular entre algunos pacientes y parte del personal.

     Movilizándome en la silla de ruedas, metí la nariz en cuanto rincón pude, ya el descanso me estaba empezando a fastidiar y por consecuencia me estaba poniendo fastidioso con los que me rodeaban.

Entonces quise saber. Dentro de mi programa de excursiones por el Hospital, decidí pasar por administración, tomé el teléfono y disqué llamando a unos conocidos de la cana para ver si me podían ayudar. La “caba de guardia”, enfermera de carácter si las hay, me descubrió y bajo amenazas y protestas me hizo llevar a mi cuarto.

Enseguida apareció el comisario médico que me trataba y me dio a entender que pronto estaría fuerte, que la cirugía había sido importante y que no quería riesgos físicos ni psicológicos:

- Reposo absoluto  (este seguro había leído a Uzorkis). Así que pedí alguna novela policial para leer y me quedé piola.

 

 

 

54. Búsqueda enfermiza.

 

Felizmente mi cuerpo juega a mi favor, así que pronto me fui recuperando de la lesión en el hombro. Ya no sería lo mismo porque de recuerdo me  quedará una mínima discapacidad de movimiento  que no afectará  gravemente mi estilo de vida.  Habrá que relegar el golf, y el billar. Si aplico movimientos suaves, en unos pocos meses habré de retomarlo.

     Gigí hizo su visita habitual y como quien no quiere la cosa inició una charla que hasta ese momento me tenían prohibida:

- ¿Sabés qué pasa, Pecthos? Como somos amigos, el médico me dijo que si vos querés podemos hablar de la piba desaparecida.

- La piba que estuvo desaparecida,  pero yo la encontré – corregí con orgullo.

- ¡Ah ! No sabía que era a ella a quien buscabas.

-  Mirá, acá, si la policía se calentara un poco más, sabés cuántas cosas se arreglarían

-¿Vos la conocías de antes? ¿Cómo podés estar tan seguro de que era ella?

- ¿Qué me querés decir ?

- ¿Cómo es la piba ?

- Bajita, lindos ojos, muy despierta y, agradable …

- ¿Hablaste con ella?

- Sí, lo necesario. No fue fácil, la vigilaban, en realidad hablé yo más que ella, ¿pasa algo? -quise saber –. Tu curiosidad me preocupa.

- No sé,Pecthos, pero ciertos indicios que tenemos son confusos.

- ¡Pará …pará!…  ¿Qué ciertos indicios, por qué decís: “tenemos” ? ¿Quién sos? … ¿Qué hacés exactamente?

De repente apareció el médico, nos interrumpió, y casi a las puteadas la sacó de mi habitación.

 - Ahora, mi amigo, llegó la hora del descanso – dijo con energía pero amigablemente.

- ¡Qué descanso ni niño muerto! Quiero saber y ahora… Ya…

     Sentí la aguja en mi pierna y el sueño que me invadía. Primero una flojedad del cuerpo y luego los ojos me pesaban tanto que terminaron cerrándose.

La oscuridad.

 

55. Imaginación o locura.

 

Desperté y la enfermera me asistió de inmediato. Sentía sed y me acercó un vaso de agua.

- ¿Está más tranquilo? – preguntó mientras me engullía el agua que resfrescaba mi garganta reseca. No tuve tiempo a responderle que salió de la habitación y no la vi más. Al rato llegaron una pareja de médicos, se presentaron como  la licenciada Zunilda Fantas y el doctor en psiquiatría Horacio Morsfen. Querían hablar conmigo porque es parte del tratamiento y de la investigación. Si bien mucha gracia no me hizo el encuentro, pensé que me lo tenía que bancar. Sentía enojo pero no me podía embroncar, supongo que estaba medio grogui por la falopa que me habían pinchado. El diálogo fue más un interrogatorio que otra cosa, no me molestaba hablarles porque resultaron ser macanudos y ella estaba muy buena, una fiesta  para los ojos. Tanto encierro me estaba enloqueciendo, en cualquier momento me apretaba a la médica. O a la enfermera, que también tiene lo suyo.

    Ambos insistieron en que les contara la historia de mi búsqueda de Vicky. Lo hice y por supuesto les hablé de mis broncas con la investigación; y se interesaron, muy especialmente, por mis angustias. Hice hincapié en mi ansiedad por resolver este embrollo y poder descansar un poco de tanta tristeza. Que aunque estoy habituado a la calle nunca podía habituarme a tanta miseria y abandono reinantes.

     Insistieron mucho en conocerme un poco más.

- ¿ Qué quieren saber? – No me gusta mucho el asunto pero como no tenía nada que hacer me vendría bien hablar con alguien.

- ¿ Cómo durmió en estos últimos meses? – sus ojazos me impactaban.

-  Solo – sonreí de mi misma picardía.

-  No, si durmió bien o sobresaltado o si no durmió. – Se esforzó por no enojarse.

-  Mal, salteado… ¿qué sé yo? …

-  ¿Mantiene el apetito? – .Ahora fue él quien quería saber.

-  Sí, aunque como donde quiero y a veces donde puedo. Casi no bebo – agregué.

-  ¿Qué tipos de bebidas acostumbra tomar? – insistidora pero simpática.

-  Vino, cerveza, agua, depende.

-  ¿Y drogas…? – intervino él.

- ¿Qué pasa con las drogas?, no me gustan aunque alguna vez y hace mucho tiempo probé.

-  ¿Es divertido? ¿Mantiene fácil el buen humor? –. Estaba muy seria, hice un gesto payasesco y logré arrancarle una risita.

- Sí, especialmente con mis amigos.

-  A propósito de amigos – el tordo nos cortó la sonrisa-,  ¿se ha visto con ellos últimamente?

- Sí y todavía tengo amigos.

- ¿ Se siente querido? – él tomó la batuta.

- ¿Si me siento querido? – en realidad apuntó a si me sentía amado,  y continué irónico-:  muy querido y con muy buen sexo-. Evité detalles, en realidad andaba medio falto de carne.

     Me molestó un poco cuando quisieron saber de mis sueños, pero me aclararon que hablaban del sueño al dormir, nada que ver de qué pensaba para mi futuro. Cuando les dije que soñaba mucho y de las más variadas formas, se interesaron de tal manera que se intercambiaron pensamientos al oído. Tomaban nota de todo.

     Me pidieron que describiera a Vicky en forma detallada, y lo hice. Una vez más insistieron en cómo podía conocerla tanto si la había visto una sola vez, con luces de boliche y toda pintada. Les comenté el detalle del dedo y me preguntaron si no podría significar otra cosa distinta de la que yo interpreté. Les expliqué que en un momento como ese que vivimos, en que uno se juega la vida, no pueden existir diversas interpretaciones para un mensaje tan delicado.

     Me recordaron que ya había entendido mal otro mensaje y  que eso había terminado en un escándalo en el que removimos el viejo aljibe y asustamos a los vecinos. Reconocí, como lo hice en aquel momento, que me había apresurado, pero les pedí que ellos comprendieran que los minutos valen una vida y que mi error, si no lo hubiera sido, habría resuelto el caso unos meses antes.

     Me pidieron que les describiera los ultimísimos instantes en que estuve con la « chica ». Les conté todo en detalle hasta que la apoyé al pie del árbol.

- ¿Puede continuar ? ¿No está cansado?- preguntó ella. Me llamó la atención que se interesaran si al encontrarla estaba totalmente desnuda o tenía alguna prenda, podría ser ropa interior o medias- dijeron.

- Estaba tal cual llegó al mundo y la envolví con un trozo de una sábana bastante raída que encontré en aquella pocilga.

     Quisieron saber si le había notado marcas, agujazos en los brazos, una cicatriz  o tatuaje que me hubiese llamado la atención. De noche, en penumbras, con la ansiedad que da el apuro, el miedo y todas las vagas sensaciones que me rodeaban no me fijé en nada. Mi respuesta fue: -No.

     Cuando se preparaban para salir y dejarme descansar, al médico se le ocurrió preguntarme si yo alguna vez, como por ejemplo en mi niñez, no había tenido encuentros, siempre hablamos de la imaginación me aclaró, o me había parecido ver a mascotas o personas a las que había querido mucho y por diversos motivos se habían ido o las había perdido.

     No recuerdo cuánto tiempo estuvieron conmigo, sí recuerdo que estaba muy cansado y que me la aguantaba para colaborar, pero obnubilado como estaba, entendí la pregunta y con todas mis fuerzas y a los gritos les respondí:

- ¡No estoy loco ni me van hacer pasar por loco!.

     Entraron unos enfermeros. Inyección y sueño.

 

 

56. El suero de la verdad.

 

Fueron varias las sesiones que tuve con los psi del hospital. No tenía claro hacia dónde apuntaban exactamente, pero mi paciencia se estaba agotando cuando, de modo inesperado, en una de sus tantas visitas, me anunciaron que por la parte técnica que les correspondía daban por terminados los encuentros y que en pocos días llegaría el alta que tanto ansiaba.

     Las curaciones de las heridas recibidas, especialmente las del hombro que fueron corregidas con cirugía, ya no dolían tanto. Mantenía una molestia  soportable y sabía que no me curaría de un día para otro. Leer, escuchar música por la radio, pasear en mi silla de ruedas y cada tanto un fasito eran mi entretenimiento. Me estaba apretando a la enfermera pero siempre con una sonrisa me dejaba colgado. Y, como buen cazador, no perdía las esperanzas. ¿Las broncas ?, me las guardaba, porque sentía que lo mío ya estaba hecho … y con creces.

     Cierta noche, mucho después de la cena, se abrió la puerta de mi habitación. Yo estaba de espaldas y me hice el dormido para que nadie me molestara. Paré la oreja cuando escuché que ponían llave por dentro. Cuando sentí que alguien  ya me estaba por tocar, le agarré la mano con  mi zurda, que era la única que podía mover. No se inmutó, me chistó pidiendo silencio. Era Gigí. Lucía un delantal blanco y llevaba una placa identificatoria.

- ¡Pecthos, soy Gigí!.

- Ya lo veo, me debés una … – me tapó la boca con sus dedos tibios.

- Vine a darte todas las explicaciones que hasta ahora no pude. Te has ganado eso y mucho más.

     Acto seguido se quitó el delantal, quedando sólo con los zapatos de tacos altos y dejando ese cuerpo desnudo para alegría de mi vista que, actuando como un energizante, me hizo sentir que  subía por mi cuerpo un calor que me excitaba haciéndome olvidar todo tipo de rencor. El animal que llevo adentro pudo más que el ser racional que hubiese deseado ser. Me dejé llevar y la acaricié de abajo arriba y de arriba abajo. Sudaba en frío. Se metió a la cama.  Volví a disfrutar de los placeres de la carne: Gigí sabía muy bien cómo hacerme vibrar a más no poder. Lo cierto es que nos acompañamos en el disfrute, tanto, que no sé como no vinieron a ver qué pasaba, con tanto grito y jadeo.

     Bajó de mi cuerpo y se recostó como pudo a mi lado. Nos fumamos un cigarrillo en silencio.

- Desde que te conocí que me volviste loca, estuve a punto de perder mi carrera  por vos y no me importó. Ahora sí te ganaste de sobra lo que te voy a contar. Es sólo un adelanto, después mi jefe mantendrá una entrevista profesional con vos.

     Quedé atónito ante su preámbulo. Hice silencio y me preparé a escuchar lo que había venido a decirme.

– Soy la oficial Gloria Ginés, Gigí,  del Departamento Antidrogas dela Policía Federal.Me pidieron que te siguiese porque en tu búsqueda tocaste dealers que no teníamos identificados y que aparentemente están conectados a gente muy importante. Nos habían informado que algunos de ellos te habían marcado pero no te tocaban porque no presentabas un peligro mayor. Bueno, en realidad siempre fuiste una molestia pero confiaban en que no llegarías muy lejos. Es innegable que en una parte de tu investigación te les resbalaste y pudiste avanzar más allá de lo esperado. Los psicólogos quisieron asegurarse de tu buena salud mental, porque la brigada especial  que intervino la noche de tu  enfrentamiento nos habló de ciertas alucinaciones tuyas.

- ¿Sos cana? ¡Te acostaste conmigo! Y… ¿ nunca me insinuaste nada? – Traté de tomarlo de la mejor manera posible pero como dice el tango: lo que más bronca me da es haber sido tan gil …

- No podía ¿qué querés ? Ya bastante lío se me armó cuando empecé a tener rollo con vos y para colmo…

- Para colmo ¿qué?

- Bueno, vos sos medio zurdito así que…

-  Nada, Flaca, nada. No soy ni zurdo ni derecho, soy un tipo que se calienta cuando las cosas no se hacen o se hacen mal a propósito; además me quieren hacer pasar por loco, o drogadicto, o que sé yo – casi gritaba enojado, porque odio las etiquetas – ¿sabés que por apuntar así perdimos mucha gente que nunca más aparecieron?

- ¡No te enojés! ¿Vos creés que en semejante despiole no la ibas a ligar? Si los demás te ven como te ven, ¿ vas a andar con un cartel desmintiendo todo el tiempo? Todos estamos nerviosos con este caso.

- Puede que tengas razón, pero el que puso la jeta fui yo.

- Sí, mi amor, pero si yo te avisaba y perdías tu espontaneidad se podían avivar, tenés una soltura característica que es tu sello.

- Sobame el lomo, ¡me usaron de cebo!

- No exactamente, está prohibido usar a un civil, pero si cortábamos el hilo perdíamos todo lo trabajado hasta que apareciste. Si no, no llegábamos a nada.

- ¿Y a qué llegaron?

- No creas que el polvo que nos echamos es el suero de la verdad.

- Bueno, no sé … estás hablando de vos y yo no sabía ni medio de la mujer que tanto me gusta.

- Ves, Pecthos,  ahora nos podemos entender mejor.

- Contame un poco más antes que venga el ficha de tu jefe.

- No puedo.

- Por lo menos decime, la noche del tiroteo ¿cómo fue que sabían dónde estaba?, no ví a nadie cerca

- Eso fue muy sencillo, te seguimos hasta la entrada a Libertad y nos quedamos esperando detrás del golf, estacionados en la banquina. Ya a la madrugada notamos que no te movías y mandamos a un hombre camuflado frente a tu auto; y ahí fue cuando te vio salir cargando a la muchacha y después apareciste con las manos en alto; dio el aviso y la brigada atacó. Los detalles te los dará, como decís vos, el ficha de mi jefe.

- ¿Cómo hicieron para encontrar mi  auto?

- Porque allí dejaste tu localizador.

- ¿Mi localizador ?

- Sí, estaba caído en el piso, suerte que no lo apagaste.

- ¿De qué hablás?

- Del celular … ¡Tontito!

 

 

 

 

 

57. Aclarando el panorama.

 

Me habían instruido sobre los diversos usos del celular,   pero al no tener en cuenta el seguimiento que me hacían más todas las situaciones angustiantes que pasé aquella noche, ni había pensado en dejar señal alguna. No hay dudas, sigo siendo un aficionado.

     Ya había hecho me paseo matinal. Me fue bien porque, aunque con un solo brazo, domino bastante a mi silla de ruedas. Tal como me anticipara la oficial Gigí, me vino a visitar su jefe, acompañado por dos abogados, secretarios del juzgado federal. La investigación por drogas, prostitución y secuestro estaba en su juzgado, pero los acontecimientos en la provincia pertenecían a otra jurisdicción.

     Una vez más conté los hechos de mi investigación y los fueron comparando con unos escritos de otras declaraciones mías. No hubo sobresaltos, todo coincidía. Las grandes diferencias aparecieron cuando compararon mis dichos con los del jefe de brigada, ya que este dijo: Que salí cargando a una mujer a la que supuestamente estaba sacando de su morada, que  la dejé en el piso y con los brazos en alto me acerqué a ellos, que en un movimiento inesperado giré bruscamente y se produjo un enfrentamiento armado, donde resulté herido por un desconocido que se dio a la fuga. La oscuridad de la noche y el descampado cercano permitieron que el individuo desapareciera sin dejar rastro. La mujer, una conocida alternadora de la zona, resultó muerta por disparos que se están investigando.

- ¡Plantaron una muerte falsa! – dije enloqueciendo de furor. De inmediato trataron de calmarme pero no fue fácil: no iba a admitir semejante barbaridad. El secretario tomó la palabra y me hizo saber que buena parte de los estudios psicológicos que me hicieron tenían que ver con una investigación de “asuntos internos de la policía”, ya que ellos desde hace tiempo vienen  siguiendo casos que cuando están a punto de resolverse se complican y terminan en la nada. Me hizo saber, también, que estaba siendo protegido como testigo principal de una investigación con alcance internacional que se inicia con “drogas y se suma prostitución infantil”. El operativo se llama “Embajador” , porque se supone que hay peces muy gordos que podrían involucrar a parte del mundo diplomático. Los escuché pero volví a lo mío:

- ¿ Qué pasó con Victoria? La tuve en mis brazos, ya casi la llevaba a su casa …

- Nuestro hombre que estuvo allí presente no alcanzó a ver nada, sólo vio cuando usted apareció con los brazos en alto y lo vio caer cuando le dispararon – habló el jefe.

- ¡Tienen que hacer algo más…!- Más que un pedido me pareció que lo mío era un ruego desesperado

- Desde esa noche estamos detrás sin pausa.

- Vea, oficial, para mí no ha sido fácil pero vi muchas cosas y aprendí mucho más. Si ustedes lo toman en serio, esto tiene que cerrar.

- No es tan fácil… – el milico puso cara de circunstancia.

- Imagino que no, porque cuando un juez se acerca a la verdad lo ascienden o lo jubilan y yo imagino que a un policía lo deben borrar de manera más simple.

     No les gustó nada lo que les tiré a la cara pero …¡ que se jodan!Después de todo, si no hubiese sido por mí, estos tipos no se molestaban. Si hasta hablaron con los chicos, revisaron el edificio y encontraron entre las cosas de Vicky parte del diario íntimo del administrador con las cuentas bancarias y los cálculos de sus pequeñas desviaciones para beneficio propio, aunque a esta altura del partido a quién le interesa ese tipo. Se fueron y me aclararon que seguía el secreto de sumario y que yo continuaba custodiado y bajo juramento.

     Ya más tranquilo y tratando de ordenar mis ideas, puse la radio, la música me haría bien. En la primera estación que sintonicé, la voz del periodista me llamó la atención: hablaba del “espíritu dela Naciónhispano-americana”. Con cuánto orgullo se sentía parte de ese todo, y hoy, adulto, siente – decía – que aquello fue un hermoso cuento de hadas y que sólo quedó un idioma español cada día más desvirtuado y una corrupción cada vez más arraigada.

     Me olvidé de la música y ese tipo, con el que coincido en mucho, me dejó pensando …

    Y las Vicky que no aparecen.

 

 

 

58. Laberintos.

 

Fue un martes de gloria cuando me anunciaron el alta médica y que me dejaban salir del hospital. Estuve en jaula de oro pero jaula al fin. Decidieron que ya no corría riesgos en cuanto a mi seguridad,  así que ¡a gozar de mi libertad! La lesión estaba curada; y de recuerdo,  me quedaron las cicatrices y una molestia imperceptible que se presenta si levanto el brazo. Suspendería el golf y evitaría los movimientos dolorosos. Mi cura anímica ya llegaría.

     Cuando llegué al bulo, después de tantos días, sentí una emoción muy grande: mi familia y mis amigos lo cuidaron y estaba como más lindo y más ordenado. Los mails de la compu desbordaban, no pensaba leerlos.

Los juzgados entretenían sus análisis y determinaciones al ritmo y modalidad acostumbrados. La trama laberíntica es infinita y las determinaciones tardarán una eternidad en llegar, si es que alguna vez llegan.

     El laberinto más complejo era el que hacía posible que una niña como Vicky siguiera desaparecida y los responsables apostados en los rincones que antes se me hacían oscuros pero ahora creo que no: creo que se protegen a la luz del día, oscureciendo la vista de aquellos que quisiéramos ver más allá. Si la buena gente pudiera organizarse y empujar al abismo a las alimañas disfrazadas de personas, otra sería la historia. Pero cómo lograr que semejante utopía se haga realidad.

     Estoy entrampado en mi propio laberinto y sueño con abrir y limpiar el complejo y despiadado mundo que acabo de descubrir. Creo que los psicólogos que me estudiaron se equivocaron al averiguar si tenía alucinaciones: debían controlar si no me estoy volviendo loco, porque me da la impresión de que todos los que han querido corregir este mundo han sido un poco-mucho colifas.

     Volveré a verme pronto con mis afectos, sólo así superaré estas pesadillas que me vienen atormentando.

     Sin embargo, un atisbo  de esperanza surgió en esta búsqueda: los medios aceptaron mi petición y  diarios y televisión se están ocupando de lo que han dado en llamar “ el caso del aljibe”, ya que todo este bollo se inició allí. Sé que a nadie le va a gustar esta publicidad pero no queda otra.  No pienso esconderme ni desaparecer, seguiré rompiendo la paciencia hasta lograr algo.

 

 

 

59. Las apretadas.

 

Me había encontrado con “El Negro Enrique” en un bar de Perú y Carlos Calvo, “El Federal”.

- ¿Sabías, Pecthos, que este boliche allá por el 900 fue un prostíbulo?

- ¡Ah sí!

- Arriba están las que eran las habitaciones, muy interesante… pero vos estás en otra cosa – me miró bien, comprendió … y así cerró su lección de historia ciudadana.

      Él fue quien me ayudó  a difundir la noticia del supuesto enfrentamiento y la posible aparición de Vicky con vida. El comunicado trataba de que después de varios meses de búsqueda,  se la había visto en la ciudad de Libertad en la provincia de Buenos Aires y que el juzgado Nº 27 Molina Agosti llevaba las actuaciones del caso. Sumado a la noticia,  iba un comentario referente al poco éxito que se tenía frente a la lucha contra la droga y sus derivaciones; puntualmente hablaba de la desaparición de niñas  que se suponía eran vendidas al exterior del país. Continuaba diciendo que la prostitución infantil había llegado desde el Brasil y que se había instalado donde las fuerzas de seguridad luchaban denodadamente sin resultados positivos. Prometía, entre otras cosas, que se publicarían una serie de artículos periodísticos de investigación, profundizando en el tema pornografía infantil, desapariciones en los últimos diez años y resultados de  las correspondientes búsquedas.

El Quique Yayo sabía lo que hacía,  y su redacción es directa y electrizante. No me cabían dudas de que removería el avispero.

- Mirá, Pecthos, si en los primeros cinco días no hay reacción, perdimos…

- Quique, hace meses que estoy detrás de este caso, me arrancaron a la piba de las manos y estoy dispuesto a todo menos a renunciar.

- Sabés qué pasa, la gente se está acostumbrando a esta mierda;  si no hacés un quilombo fuerte no pasa nada.

- Pero la prensa es fundamental…

- ¡Ojalá yo tuviera tu confianza! En los últimos tiempos no sé dónde radica el poder.

- ¡Qué confianza ni confianza!  A mí me moviliza la bronca, estoy seguro de que estos tipos no quieren publicidad.

-         ¡Bueno, amigo! Seguimos trabajando y vemos…

     Después del café volví a casa. Volver a mi departamento no me tranquilizaba, pero en su propia cucha uno se siente en terreno conocido. Hasta parece que las cosas, allí, nos están esperando tal como las dejamos. Me acerqué al televisor, dudando en encenderlo. Y ahí, sobre el aparato, encontré una nota que decía: SOS BOLETA

     Revisé las cerraduras, no estaban forzadas. Decidí poner una traba de acero para por lo menos dormir tranquilo. Si es que podía dormirme… Trataría de no hacerle el juego de la paranoia al que me quería asustar.

Retomé mi trabajo y fui recuperando el ritmo habitual. En unos días ya estaría en forma y pronto sería el Pecthos de siempre. Debía visitar a dos clientes y apuré el paso hacia el auto. No bien entré, vi sobre la guantera una cajita llamativa por su color oro. Y eso que gasté un dineral en la alarma; no sé quién la puso ahí ni cómo lo hizo,  el caso es que allí estaba. Sentí rabia y cierto escozor pero no llegué a tener miedo. Me senté en mi butaca, respiré profundo, la agarré con ambas manos y muy suavemente la abrí. Contenía otro aviso de tipo mafioso: una bala calibre 22, tipo de arma amada por los lumpen porque hace un pequeño orificio y camina destrozándote por dentro.

     Lo llamé a Quique para saber si había sido molestado de alguna manera,  ya sea de tipo mafia o algún apriete en el diario o en la calle. Me respondió que no, pero cuando le conté lo mío se inquietó bastante.

- ¡Ché, Pecthos! Vamos a tocar bien arriba, haré unas llamadas, y si no pasa nada, mañana apretamos nosotros con un artículo tipo ultimatun.

     Dentro de ese despelote decidí hacerle una visita a Lita y a Marta, que no las veía desde que salí del hospital. Fui bien recibido y les volví a insistir en que tenía una buena pista de Vicky y que sentía que pronto la tendríamos entre nosotros .

     Cuando las despedí, Lita me acompañó hasta la puerta del edificio: tenía necesidad de contarme algo y yo quería escucharla, necesitaba cierta voz reconfortante. Ella, tan sencilla y maternal,  se descolgó con su brujita y las predicciones que le había hecho hoy. Yo estaba ahora más interesado que otras veces en saber lo que decía aquella sabia pitonisa. Lita medio que se sorprendió por mi interés, pero igual me contó que había un hombre rubio y  varias mujeres que tenían a Vicky en un campo rodeado de árboles. La escuché y toda mi respuesta fue que si Vicky estaba como ella decía yo la encontraría.

 

 

60. A la espera.

 

Ya reconciliado con el mundo, sentí que la lucidez y la calma volvían a mí.

Si bien estaba amenazado, andá a saber por quién,  ya me había hecho a la idea de estar prevenido, y a otra cosa. Los encuentros con mis afectos me hacían sentir optimista y la ayuda de Yayo seguramente tendría alguna repercusión. Debo estar bien alerta: el encuentro con Marta y Lita  anduvo bien y ambas mujeres continúan creyendo en lo que les digo.

     Ya pasaron dos días y todo está, por lo menos aparentemente, en calma; no comulgo con esa idea tonta de que si hoy reís mañana llorarás, o si hay tranquilidad ya llegará la guerra. No obstante espero novedades y… ¡ojalá se produzcan!

De la que no sabía nada era de Gigí. Me había prometido que ante cualquier novedad me avisaría de inmediato; supongo que su alejamiento tendría que ver con nuestro último encuentro …

– Estoy pensando en irme a vivir con vos – me había dicho café por medio. Si bien me tomó por sorpresa,  no es que a mí no se me hubiera ocurrido antes , pero dos grandes motivos frenaban mi decisión y los dos de mucho peso. No sabía qué palabras utilizar para no herirla, para no perderla. Sin dudas, el mejor método sería decir la verdad, pero … ¿cómo ? ¿con qué palabras ? Me tiré al agua y hablé :

 - Gigí, me gustás mucho y hasta creo que me estoy enamorando pero… siempre hay un pero…, no estoy seguro. Soy muy libre desde hace muchos años, que fue cuando abandoné todo buscando mi verdad y … – respiré hondo para darme coraje- además,  en España, tengo una novia. Es verdad que se fue hace dos años pero todavía zumba en mi cabeza.

     Esperé su reacción.

 Miraba el pocillo de café y no decía nada, ni tampoco gesticulaba. Nada.

 Decidí volver a hablarle para romper el hielo:

- Dejame pensar, dame un poco de tiempo, necesito estar seguro; no quiero herirte .

     Su silencio me angustiaba, de sus ojos aparecieron lágrimas y esas lágrimas eran dos agujas que me atravesaban. No puedo ver llorar, nunca pude, me desespero. Se lo dije.

      Me miró y sin hablar movió los hombros y manos como diciendo « ¿Qué puedo hacer? Es más fuerte que yo ». Lloró intensamente.

      Pasó un tiempo interminable y retomamos el diálogo.

      Ella había tenido sus rollos y me comprendía. « El yo y mis circunstancias » dijo como leyendo un texto imaginario escrito en el cielo raso.

      Nos tomamos de las manos y nos quedamos mirándolas, como si entre nuestros dedos se hallara el mundo entero.

      Nos despedimos y quedamos en llamarnos. La vi irse derrotada, caminando lentamente calle abajo y me quedé sentado detrás del vidrio, vencido por indeciso y por el miedo a perder esta sensación de libertad que defiendo a un costo muy alto. Lo de Gigí no me parece una aventura más, pero qué sé yo  lo que puede pasar mañana.

     El mundo sigue girando aunque estemos encerrados en nuestras cuestiones, me vendrá bien darme un tiempo para pensar y tomar una sabia decisión. Volveré al trabajo para lograr distancia…

     Pagué y me fui cabizbajo, vacío … enfilé para el juzgado a ver si el fiscal tenía novedades, o por lo menos para enterarme de cómo anda el asunto de Vicky.

Llegué y estaba ocupado tomando declaración, según me dijeron, a un homicida. Hice banco casi una hora; cuando ya estaba por envenenarme con otro faso, salió a buscarme y pasamos a su despacho. Típica oficina pública: gastada, falta de mantenimiento y llena de papeles … muchos papeles.

- Vea, Pecthos, estamos avanzando pero la provincial nos está embarrando la cancha. No sé si llegaremos a un juicio, pero si llegamos no tengo garantía de que  sea  limpio.

- Doctor, hace mucho que sé que se juega sucio, lo único que pretendo es encontrar a la piba y en lo posible con vida,  porque así la tuve conmigo por unos instantes –. El recuerdo me hizo levantar la voz.

- ¡Espere, espere ! No se ponga nervioso, estoy de su lado. Usted bien sabe que haré todo lo posible.

 Sí, doctor, lo sé, pero no creo que sea suficiente… nada es suficiente si Vicky no aparece.

- Otra cosa – hizo una pausa, carraspeó y continuó – ¿Qué pasa con la prensa ?

- Pasa que los sucesos vividos allá en el pueblo de Libertad son muy  interesantes y la prensa los está investigando.

- Pero es todo un incordio, no sabe el lío que se puede armar.

- Doctor, disculpe que le hable así, crudamente, pero yo soy un gil que se metió a detective y que de publicidad entiendo menos que de astronaútica. Pero de algo estoy seguro: si el periodismo  jode, una puntita aparecerá.

- Pecthos, disculpe que yo le conteste así: pero usted se hace el gil y es evidente que nos está presionando con la prensa – se rió de su retruque.

     Nos despedimos y, como de costumbre, nos prometimos ayudarnos en todo lo que fuera posible. Él me recordó sus limitaciones por el secreto del sumario, secreto que me tiene sin cuidado.

     Tomé el subte y me fuí a « Las Violetas » a regalarme un café. Sentado, cómodo  y relajado pensaría mejor.

      Sonó el celular. Era Mosquera:

 -Tengo localizada a Victoria.

 

 

 

61. La visita.

 

Quedamos que en dos horas nos encontrábamos en Rivadavia y General Paz, debajo del puente, en el puesto policial. Llegué a tiempo, me estaban esperando. A Mosquera lo acompañaban dos fichas, uno dela Federaly el otro dela Provincial. Ambos, me enteré poco después, representaban a los diversos juzgados. Nos subimos a su auto.

- Mirá, Pecthos, estos oficiales nos acompañan para estar seguros del procedimiento, que estés conforme y que veas que hacemos todo lo posible para terminar con este asunto.

- Molina, sólo quiero ver a Victoria y dar por terminada esta búsqueda.

- Señor – el más gordo se dirigió a Molina –, le recuerdo que la visita es extra oficial, por lo tanto debe ser breve y sin interrogatorio de parte del civil que nos acompaña.

- Entiendo, Subcomisario – respondió rápidamente Molina, mirándolo por el espejo retrovisor, ya que los tipos estaban sentados detrás.

- Entendí – les dije ante un silencio sepulcral y la fija mirada de los tres, más que elocuente.

     Una vez puestos los puntos sobre las íes y aclarado quién es quién, salimos del lugar. Tomamos el acceso oeste, bajamos en la localidad de Moreno, cruzamos el barrio San Javier y atravesamos Cascallares. Ya llegaba la noche cuando atravesamos la tranquera dela Villa. Uncamino arbolado, con todo el aroma de la primavera, se dirigía directamente a la casona. Un enorme cartel la presentaba: Villa dela Esperanza.

     Nos esperaban. Parte del equipo técnico salió a nuestro encuentro;  todos lucían delantales blancos y eso me llamó la atención, porque desde hace bastante tiempo los especialistas en salud mental son más informales. Recordé a Lita, porque el que parecía ser el jefe del grupo era rubio, y la casona estaba rodeada de frondosos árboles. Las presentaciones del caso y las advertencias: “esta visita es un pedido especial del jefe de policía y del juzgado, pero sepan que la paciente es una joven que está muy delicada y nuestra responsabilidad es muy  grande”.

- ¿Qué le pasa exactamente ? –.  Ni sé para qué pregunté, fue un acto reflejo. De inmediato me arrepentí por lo que me contestarían.

- La intoxicación es profunda, los estudios nos revelan ciertas lesiones irreversibles:  veremos cómo seguimos  su evolución y, además, está en una situación  anímica muy frágil-.  Fue el Director quien contestó.

- ¿La podemos ver ya ? – increpó el gordo.

     Ingresamos a una sala y allí estaba ella. Parecía un pollito mojado, vestida con un delantal gris y zapatillas blancas. Flaca a más no poder, rapada, su piel lucía gris, los ojos se veían irritados y enrojecidos y su mirada, apagada. Me trajo a la memoria fotografías de prisioneras de los campos de concentración nazis.  Este era el resultado de la trampa en que había caído.

      Sentada en una silla, parecía que se iba a caer al suelo; estaba hecha un bollo en posición fetal  y siempre mirando al piso. Dijo algo en voz baja. Balbuceaba una frase una y otra vez, no la entendí. El Director habrá leído mi mente porque se acercó y al oído me tradujo : – Dice todo el tiempo <<mamá no … mamá no… ». Está así desde que le mencionamos las visitas.

     Cuando salimos de allí, yo hubiese querido huir pero Mosquera me trajo a la realidad.

-¿Conforme Pecthos ?

          Respondí con un movimiento de cabeza, tenía la garganta cerrada de la tristeza que me provocó semejante cuadro. Sentí cierta dureza en mis acompañantes y supuse que sería la costumbre de ver tantos casos como el de Victoria.

- La madre está avisada, pero por ahora no se le permite verla. La pobre chica no está para ser vista, y menos por la madre –. Fue el Gordo quien  me explicó.  Hasta me pareció humano. Su compañero sonrió y de inmediato le dio una gran bocanada al cigarrillo que acababa de encender:

- ¡ Vamos ! – dijo, señalando la salida.

     No me sentía cómodo y ya quería cortar este encuentro. Tardamos una eternidad en regresar a Liniers, por lo menos así me pareció. En el viaje los tres,  más amigables y relajados, me contaron varias historias de sus procedimientos y lo complejo que resulta llegar a soluciones concretas.

 - Pero bueno, estamos en Argentina – dijo uno y los demás corroboraban el dicho “estamos en Argentina”…

     Los dos polis se quedaron en el puesto policial de donde habíamos salido y Mosquera me alcanzó hasta mi auto estacionado a tres cuadras cerca de la terminal de ómnibus. Al despedirse me preguntó si estaba conforme con la visita, mi respuesta era obvia. También era obvio que me tendría que dejar de joder con la prensa. Misión cumplida.

 

 

62. Un brindis.

 

La vida transcurre a gran velocidad y no es cuestión de dejarla pasar así como así. Algo tengo que hacer; porque durante estos días, desde que lo supe, no he podido sacarme a Vicky de la cabeza. Se me aparece su imagen ni bien me despierto. Y lo que es peor, su última imagen. A veces, me sucede en medio de la noche, y ahí me cuesta volver a dormirme. No puedo dejar de pensar que cuando recién dejaba de jugar con las muñecas cayó en este océano de descontrol y corrupción que no le permitió disfrutar de los buenos momentos de la juventud. Dijeron que en un rapto de locura se mató. Yo insisto en que fue en un momento de lucidez. No soportó el sufrimiento, y menos tanta vergüenza. Ni siquiera pudimos decirle que no era ella la que tenía que avergonzarse.

     Trataba de subirme poco a poco a la carrera y ya estaba tomando el ritmo. Era de mañana y sonó el teléfono:

- Ché, Pecthos, hoy es 30 de diciembre y quisiera que nos juntemos a tomar algo. Después de los quilombos en los que te metí, lo menos que puedo hacer es invitarte con un brindis-. Era el Flaco Francisco, tan amable como siempre.

- Flaco, sabés que estoy mal herido. Voy con Eduardo, a vos no te puedo despreciar. ¿Dónde nos encontramos?

      Aunque con pocas ganas, acepté, porque no se merecía un desaire.

- Venite a « La Toja », es un bolichón que tenés que conocer, es de los históricos, como te gusta a vos.

- ¿Dónde es eso? – de verdad despertó mi interés.

- Rivadavia y Rioja, cenamos ahí. ¿Te parece?

- Hecho, pero Flaco…

- ¿Qué?

- La calle se llama « La Rioja ».

     Quise parecer simpático y no un aguafiestas.

- Eso se lo dejo a los pibes como vos, para los viejos porteños es Rioja- dijo su risa forzada al otro lado del tubo. – Hasta luego.

     Eduardo y yo venimos brindando desde temprano: la despedida del año viejo te mete la ilusión de que en unos días, al estrenar año nuevo, todo mejorará. Es lindo tejer fantasias siempre y cuando no te las creas totalmente, porque el porrazo puede ser muy fuerte. La cosa es que apenas empezaba a oscurecer estábamos los tres sentados a la mesa, contra la vidriera, enLa Toja, tomando unas cervezas. El Flaco entonó el remanido verso de Discépolo en “Cafetín de Buenos Aires”: ‘la ñata contra el vidrio’… y nos reímos de la ocurrencia.

     Como de costumbre, los dos viejos entraron a filosofar y a querer arreglar el mundo.

- Mirá, Eduardo,la Democraciahecha raíces si la situación económica prospera.

- Sí pero el reparto debe ser equitativo porque si no, ¿de qué sirve la mejora económica?.

     Los interrumpí porque me llamó la atenciòn la cantidad de jóvenes que pasaban como desfilando.

- Parece que van a una cancha de fútbol, pero por acá, en el Once, no hay ninguna cancha. – les dije un tanto intrigado.

- Tienen pinta de futboleros – replicó Francisco, apurando el trago.

- Flaco, vos creés que todos son futboleros. Será una manifestación, de las tantas que hay –.  Seguro que Eduardo lo dijo añorando los sesenta.

- Esperen que le pregunto al mozo –  y así nomás lo llamé.

- No,señores, ni fútbol ni protesta, ustedes están equivocados. Acá cerca, en Bartolomé Mitre, hay un boliche que hace recitales de rock y los muchachos van a divertirse un rato-.  El mozo canchereó un poco sobre nuestra ignorancia.

- Gracias, mozo – dije cortándole el discurso.

- Ché, Eduardo, a vos que te gusta el cine, esta juventud ¿a qué película italiana te hace acordar ?

- Preguntáselo a Pecthos, porque a mí me gusta pero el que sabe de cine es él.

- Muchachos, yo pasé un trago amargo con lo de Victoria, a ustedes no se lo deseo, pero en la vida hay que buscar esa lucecita que se prende y te hace tirar para adelante. En « Roma Ciudad Abierta », Rossellini termina la película con el asesinato del cura a manos de la gestapo y los chicos que vieron todo están yéndose… alejándose de la muerte. Ahí el Director está señalando el futuro…

     Hicieron silencio. Hicimos silencio y nos quedamos mirando a esos chicos que iban al recital a divertirse, con toda una vida por delante. Por un momento, esos pibes me hicieron olvidar lo triste que estaba por Vicky y que de esa búsqueda sólo rescaté un cuerpo.

 

El abandono infantil, el mal trato a los jóvenes y la falta de respeto a los ciudadanos son las bases de la destrucción de la sociedad. 

Mi homenaje a quienes luchan por erradicar tal deterioro.

El autor.

 

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UNA VICTORIA MÁS

Más que un policial negro.

 

 

 

Esta historia pretende ser algo más que un policial negro entretenido: así el lector podrá reconocer el escenario de la historia, así como el perfil de los protagonistas
Dos jóvenes se fugan del hogar. Ella pertenece a la alicaída clase media. Él, es tan humilde que vive en un barrio privado de dignidad.

No hay organismo gubernamental que se ocupe de su búsqueda. Una vez más Federico G. Pecthos Branka se mueve en su Buenos Aires y desenmascara la desprotección y abandono en que estamos inmersos.

 

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