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Archivo de la categoría: Cuentos con suspenso

VIDA LIGHT (O LA ESCLAVITUD DE LAS CALORIAS)

Luz es una joven de 1.65 metros de estatura y pesa 50 kilogramos. En nuestra sociedad es considerada una persona menuda, casi flaca.
Desde hace unos años, en su ciudad, han pasado de la simple publicidad a la imposición de la vida sana.
Una tabla de estatura-peso exige que sus habitantes se ciñan a las marcas allí señaladas.
Han bajado, según las estadísticas de las empresas que venden productos de bajas calorías, la cantidad de pacientes de diabetes y colesterol. Los hospitales y centros de atención han reducido sus presupuestos debido a que hay menos pacientes, menos tratamientos y seguimientos de enfermos. Es tal el éxito que alienta a que las normas y reglamentaciones sanitarias se apliquen con suma severidad.
Ya se han erradicado las bebidas alcohólicas y azucaradas. No existen los panes, chocolates, churros, papas fritas y todo nutriente que el Comité considere perjudicial para la salud física.
Sólo son permitidas las carnes blancas y las magras. Los vegetales crudos o hervidos. Ambos alimentos combinados no deben pasar las 1300 calorías diarias.
Queda un 15% de la población que no se adapta y resiste a la ley de salud. Delinquen comiendo mal.
Luz es considerada una mujer excedida en peso y está siendo vigilada para que reduzca su masa muscular. De no lograrlo será castigada perdiendo sus derechos individuales o incluso su libertad.
Lunes 25 de junio, es la hora 16.30.- Ella, la gorda, volviendo de su trabajo a pie (no se permiten transportes) ha encontrado una manzana.
Busca un rincón alejado de la plaza y a escondidas decide comerla.
Disfruta plácidamente cada bocado y traga en la exaltación del placer.
Observa el cielo celeste encendido por el sol y se deja llevar por el éxtasis de haber comido sin culpa.
En sus pesadillas sueña que come y se despierta angustiada con dolor de barriga. Ahora se cumplió su deseo, pudo comer y nadie la ha molestado.
Pero ¡no!, el aleteo del helicóptero la vuelve a la represora realidad.
Ella es una perseguida gastronómica. La acusan de estar excedida en 2 kilogramos. Desde hace unos meses la “Policía Alimentaria”, que dirige el comer de los ciudadanos la tiene bajo su custodia. Aquellos acusados de sobrepeso y gula son acusados por glotones. Pueden ir a parar a la cárcel, ser encerrados y obligados a trabajos forzosos, además de ser sometidos a una dieta estricta de muy bajas calorías.
Todos los habitantes poseen su ficha médica personal y en ella consta el cálculo de cuál es su peso ideal y permitido. Nadie está autorizado a superar, bajo ninguna circunstancia, las marcas establecidas.
Luz ha sido descubierta. Las cámaras de vigilancia, ocultas, la han delatado. El helicóptero va por ella.
El hambre la ha transformado en una delincuente y traidora a la causa. Es una desagradecida, una paria.
No le importa que su ciudad esté de festejo ya que cada día mejora la salud de la población. El Ministerio de la Salud Pública es quien lo organiza. Han preparado un concierto al aire libre y se repartirán frutas y limonada gratis para todos los presentes. En los antiguos restaurantes se construirán gimnasios y centros recreativos.
A ella nada de eso le interesa, sueña con comer…
Ha intentado vanamente de huir de la ciudad. No se lo permiten.
Gobierno, amigos y familiares la espían. Es la rebelde. La vergüenza de su raza.
Reflexiona escondida sobre la manzana que encontró, que sin dudarlo se guardó y en cuanto pudo comió. Sabe que ha cometido un delito. Mentalmente no da más. Ya nada importa. La acusarán de la grave falta de hallar alimentos y no devolverlos, con el agravante de habérselo comido.
Del helicóptero bajan dos guardias. La vieron y vienen a buscarla.
Huye. Corre con desesperación pero no tiene fuerzas, desfallece. Ellos sí están bien comidos, pronto la alcanzarán.
Los transeúntes la observan y se corren para evitar problemas.
Una red cae sobre su cabeza. Ya es un animal atrapado. La Policía Alimentaria la tiene atrapada. Se siente como una mosca en la telaraña.
La llevan de inmediato al Tribunal.
La encuentran culpable del hallazgo de alimentos, de haberlo comido y de resistirse a la autoridad. Suman, también, su exceso de peso.
Deberá cumplir cinco años de condena en prisión, trabajos forzados y se le coserá la boca, por tres meses, para ingerir sólo líquidos.
La toman de los brazos y se acerca su verdugo aguja en mano.
Luz comienza a gritar desesperada -¡Clemencia!, ¡Piedad!, ¡Juro que jamás volveré a comer mientras esté viva!, ¡Piedad!, ¡Socorro!, ¡Que alguien se apiade de mí!
La toman por el cuello, la manaza aprieta y se le seca la garganta, tose, tose, se ahoga y tose. Tose, se ahoga y tose.
Toso, me ahogo, toso. La tos me ahoga, me despierto sudado. Mi mano derecha en mi cuello todavía aprieta. Tardo en reconocer la habitación del hotel.
Asustado miro a mi alrededor. Sonrío. Tanta publicidad ligth me está turbando.
Por las dudas, antes de partir, hoy sólo desayunaré un vaso de agua.

 

FLOR (el yate)

La mentira, el odio y la venganza son una pésima sociedad.

Fabián, Lucio, Orlando y Raúl se habían conocido en la facultad. Durante una cursada habían tomado la decisión de comprar un pequeño yate a medias. De sus iniciales surgió el nombre, curioso por cierto, con el que bautizaron al bote: FLOR.
Compra, gastos en general y mantenimiento se haría a partes iguales. Cada uno lo usaría, en forma rotativa y libremente, de lunes a las 8 horas hasta el domingo a las 24. Lo del horario e inclusive el calendario se podía alterar si llegaban a un acuerdo.
Pasaron seis meses de fiestas invitando amigos, especialmente mujeres jóvenes, y cuidando las apariencias de nuevos ricos.
Demi es tan linda como ambiciosa. Impulsiva y decidida como pocas. Su meta en la vida era pasarla bien y hacer valer su belleza.
Una noche de sábado, en aquella primavera, conoció a Lucio en un boliche. Flechazo a primera vista. Ella la belleza que Lucio ansiaba y Demi encontró al galán pudiente que tanto buscaba.
Salieron y pasaron la noche en el yate. A ella le llamó la atención el nombre “Flor”.
-Es un homenaje a mi querida abuela.- Fue la lacónica respuesta y de allí en más todo fue un mundo de fantasías.
La mentira y no el amor sería la unión de ambos.
Ese domingo fue espectacular. El sol resaltaba el color león del Río de la Plata. Tomaron sol sobre cubierta y entraban al camarote solo para divertirse. Almorzaron con champagne y siguieron tomando sol y divirtiéndose.
Los fines de semana siguientes fueron al campo parando en los mejores hoteles y sin escatimar gastos.
Lucio quería impresionar a Demi.
Demi estaba subyugada con su generoso y desprendido galán.
Pasaron los meses y la pareja la pasaba muy bien. En un trato sin firmar eran una pareja cama afuera. De lunes a viernes cada uno vivía su vida y los fines de semana eran para los encuentros. Cada vez más lujosos y sin preguntas.
Dicen que el Diablo mete la cola. ¡Bueno…!, no exactamente en esta pareja.
Delia Miranda está embarazada. Lucio está sorprendido.
-¿Cómo no te cuidaste?- dijo él.
-¡Me cuidé!, supongo que no muy bien.- le respondió traviesa.
No sería la primera vez que una chica lo hace para atrapar al millonario. Como tampoco es la primera vez que un galán aparenta más de lo que tiene para entrampar a una mujer.
La sorprendente novedad puso en evidencia el poco amor que los unía. Demi no quería perder su independencia y le molestaba quedar atada a un hombre y a una criatura.
Está por surgir una nueva sorpresa. Lucio, después de mucho meditar, se confesó un profesional que gana bien pero que de millonario no tiene nada.
Demi con su panza por explotar, explotó pero de bronca. Descubrió que había sido estafada.
-¡Ladrón de ilusiones, eso es lo que sos !- le espetó en la cara.
El hombre se quedó sin respuesta. Guardó silencio. Cuando habló le contó su verdadero pasar, el arreglo con los amigos y la invitó a vivir con él, los tres juntos. –Estoy acostumbrado a vivir en familia- balbuceó esperando la reacción de Delia Miranda.
Ella rechazó totalmente tal invitación. Estaba furiosa. Además sentía amenazada su libertad.
El bebé nacería, ya que ante una consulta, su médica, no quiso ayudarla y le aclaró lo peligroso que sería arreglar las cosas a su manera.
Demi furibunda y atrapada juró vengarse. Le sacaría hasta las ganas de comer.
Nació Juanita. Sana y rozagante. Una muñequita. Parecida a su mamá por lo hermosa.
Lucio las instaló en un semipiso en el barrio de Caballito, el 10 A, con balcón a la calle. Muebles nuevos y lujo, mucho lujo. Ella fijó las reglas de visitas con días y horarios muy restringidos.
Fue pasando el tiempo y eran dos enemigos a cargo de una beba.
Corrieron los meses y los años. Aumentaban las exigencias y el odio de Demi hacia Lucio.
Reclamos, gritos, insultos y agravios eran lo cotidiano. No les interesaba que Juana estuviera presente. La niña superó la etapa de asustarse y llorar ante cada encuentro agresivo de sus padres. Ya no le importaba ni escuchaba las atrocidades que se decían.
Verlo a Lucio la enfurecía y alimentaba su enojo. La traición habría de pagarla de por vida.
Él había consultado a los mejores abogados para encauzar el trato y convivencia. Tiraba su dinero.
Ella era acusada de dramatizar y agrandar cualquier situación. –Provoca un caos en toda oportunidad que se le da- repetía Lucio.
Ambos por separado se medicaban tanto para dormir como para tranquilizarse. Se hicieron adictos a los medicamentos. La enfermiza relación iba creciendo y podía estallar en cualquier momento. No había amigos o familiares que los hicieran entrar en razón. Sufrían de un mal incurable y no tenían la voluntad de tratar de curarse.
En reiteradas oportunidades intervino la policía a pedido de los vecinos. La justicia y la autoridad no ayudaban ni solucionaban la cruel situación.
Cierta vez en una fiesta en la escuela de Juana, comenzó a hacerle una escena a Lucio por su atraso en la cuota alimentaria. Este la tomó de un brazo para sacarla de la sala y ella la emprendió a los gritos acusándolo de golpeador. Padres, niños y docentes lo miraron como si fuese un asesino serial. Huyó del papelón mascullando bronca.
Ambos se odiaban y la tragedia acechaba sobre sus cabezas. Ambos eran víctimas.
La niña estaba influenciada por su mamá y vivía con la dualidad que le provocaba el amor paterno. Su estado era de confusión permanente.
Cierta vez Lucio presentó a Claudia con Juana. Mientras su papá le explicaba lo feliz que serían los tres, ella pensaba en su mamá.
Al regresar con su madre, Juana comentó que su papá tenía novia y que se iban a casar.
Demi que tenía su vida y sus amigos no tenía derecho a reprocharle nada, pero lo hizo.
Aquel fatídico jueves Lucio llamó por el interfono del portero. Demi lo hizo subir. Se iría con Juana al cine y la traería para la cena.
La discusión se inició porque a Demi no le gustó como se había vestido la nena. Por supuesto que era un pretexto. Bruscamente le ordenó que se cambiara. Lucio le recriminó sus modales y esa fue la chispa que desató la pelea.
Demi gritaba para que su hija y los vecinos escucharan. Estaba fuera de sí pero no dejaba de ponerse en víctima y de acusar a Lucio de malos tratos y de gastarse todo en otras mujeres.
Lucio le gritaba –¡Estás loca, loca de remate! Ella gritaba más insistiendo en sus malos tratos. -¡Pegador, pegador!- le decía reiteradamente.
Grito va, grito viene. Así estuvieron unos quince minutos. Se recriminaban todo lo pasado y las frustraciones que se habían provocado.
De pronto Demi se puso roja de ira, los ojos despedían el fuego del odio y a tambor batiente empezó a vociferar ¡No me pegues más! ¡Socorro me quiere matar! Y mientras lo decía corrió hacia el balcón. Lucio, asustado por cómo la veía a Demi, corrió tras ella tratando de atraparla.
Saltando la baranda se arrojó al vacío. Lucio quedó petrificado en el balcón ante la mirada de los vecinos y de Juana que sólo vio a su padre asomado mirando hacia abajo.
El cuerpo cayó pesadamente sobre un automóvil estacionado. No fue muerte instantánea. Alcanzó a balbucear, de manera casi imperceptible: ¡Él lo hizo!. Y murió

Lucio hace diez años que está preso insistiendo en su inocencia y que todo fue una trampa de la loca de Demi.
Nadie le cree. Juana, su hija, tampoco.-

*****
El flagelo de la violencia, llámese de género, femicidio, uxoricidio o en sus diversas formas, debe ser erradicado. Debemos ser activos educadores por la convivencia en paz.

 

Lito el degollador de La Paternal.-

Confiar en la juventud es dejar que tome experiencia.

La Paternal es un barrio tradicional de nuestra Buenos Aires donde los hermanos Fresedo dieron cátedra de tango, Julio Cortazar regaló sus cuentos, César Tiempo sus historias y Pappo Napolitano lo hizo con sus blues. Todavía, por sus calles, se siente el espíritu poético y sensible de ellos, que las recorrieron hacia su gloria.
Allí vive Carlos que es un joven de trece años, ávido lector de novelas truculentas y llenas de violencia.
El bibliófilo había descubierto un libro de historia argentina con importantes y crudas ilustraciones. Veía con entusiasmo imágenes de la guerra civil que duró más de cuarenta años.
Unitarios y federales, allá por 1840, fueron feroces enemigos.
La crucifixión romana, el cadalso de la Europa medieval, la guillotina francesa y los fusilamientos modernos no desarrollaron tanto su imaginación, como lo hizo “el pasar a degüello” de nuestra triste guerra nacional.
No se tomaban prisioneros, o era poco frecuente, se los mataba.
A veces para que sufrieran más de lo previsto, se les cortaba la cabeza por la nuca.
Los hombres de Rozas en Buenos Aires y de López en Santa Fe, eran famosos por la matanza de aborígenes. Los varones mayores de trece años, la edad de Lito, eran asesinados sin miramientos. Todos con un corte en la garganta. Los niños y las mujeres serían reeducados. Luego con la llegada de las “Remington”, el general Roca y los nacionales serían más rápidos y eficaces que aquellos degolladores.
Cuenta la leyenda que los cuchilleros cantaban “Violín y violón” cuando iban a degollar a un unitario. Si se decía violín se usaba un facón bien afilado, era un corte limpio. Si se insistía con violón la hoja mellada era la indicada, se hacía un corte desprolijo para mayor sufrimiento de la víctima.
¡Vaya diversión!
El preso político se mantenía vivo, si era importante, para pedir rescate, y no siempre.
Lito estaba descubriendo lo sanguinario y triste de aquella época.
Actualmente, las noticias de medio oriente y los videos de youtube nos han ilustrado sobre los fanáticos religiosos, asesinos, que han revivido las viejas y crueles prácticas del degüello.
Lito estaba intrigado y no lograba comprender el cómo se puede ser tan duro.
Su mamá, Luisa, descubrió el interés sádico de su hijo.
Como le pasaría a cualquier madre, que desea lo mejor para su hijo. Se asustó.
-¡Pero no mamá! ¿Cómo me voy a enloquecer con estas lecturas?- respondió malhumorado ante la intervención materna.
Luisa, desconfiada, asustada y poco convencida, habló con Alberto. Este le explicó que una forma de elaborar sus propios miedos era lo que hacía que el niño se petrificara, aunque pareciera que se deleitaba, ante tales hechos
El padre siguió a media distancia los avances de Lito con sus lecturas y las técnicas de cortar cuellos. Con esa mentalidad lúdica característica de los varones y apostando al riesgo, Alberto, le regaló un cuchillo de monte, con mango de ciervo y una gran hoja bien afilada.
-¡Tomá- le dijo- ya tenés edad para usar semejante cuchillo!
Lito sorprendido agradeció a su padre y observando su nuevo juguete lo probó cortando unos leños de la chimenea.
-¡Qué filoso!, ¡cómo pesa en la mano! ¡Qué lindo!- exclamaba blandiéndolo como si fuera una espada.
-Ahora te podés lucir en los asados pero sé cuidadoso en su uso- dijo Alberto severamente.
Lito sin comentar lo de sus lecturas agradeció a sus padres el regalo.
El enojo y preocupación de Luisa crecían a más no poder. Estaba furiosa con su marido.
-¡Paciencia!- le pedía Alberto a su mujer- todos los varones soñamos con armas para atacar o defendernos si somos atacados. Luego…
-Luego nada…vos estás loco con incentivar al niño- dijo marchándose dando un portazo.
Pasaron unos días en los que Lito seguía con sus lecturas, que eran historias de guapos cuchilleros, que allá por el 1900 inspiraron tantas letras de tangos. Observaba su arma de cortar y se veía en plena batalla matando duelistas. Practicaba, frente al espejo, cómo repelería los mandobles enemigos.
Cuando fueron al campo, Lito invitó a sus amigos y lucía su flamante cuchillo en la cintura.
Cortó cuanta rama se le cruzaba y clavaba el arma en los árboles sin cesar.
Cerca del mediodía, su padre lo convocó y le dio una simple tarea.
Dos gallinas atadas por las patas serían parte del almuerzo.
Lito las degollaría y sus padres las pelarían, limpiarían y cocinarían.
-Allá en aquel tronco las degollás y me las traes, ¿entendiste?- habló Alberto con firmeza.
Lito sin dudarlo fue hasta el tronco. Conocía la técnica ya que había leído mucho sobre el tema.
Puso el cuello de la bataraza bien estirado y sacó su cuchillo. La gallina lo miraba aterrorizada. Trataba de aletear buscando huir.
Cortó confiado y de un golpe certero la degolló. La sangre del animal brotó a borbotones. La sangre era un río rojo que le tiñó las manos. Soltó al animal que dio dos o tres saltos cayendo muerto a pocos pasos del niño.
***
La sangre lo descompuso y al bajarle la presión arterial se mareó y tuvo nauseas. Después sintió vergüenza…
Le costó mucho tiempo reponerse y evitaba comentar lo sucedido.
A partir de aquel día se alejó de ciertas lecturas.

 

LA ABUELA CLOTI Y EL NÚMERO 15.-

“ La venganza no es justicia pero ¡qué placer! ¿O no…?”

La abuela Clotilde entró a la agencia barrial y como siempre le jugó unos pesitos al número 15, “La niña bonita”, que es como le decía su papá hace ya muchos años. Jugar unos pesitos es su vicio inocente y único lujo.
Regresó a casa con su boleta y se preparó unos mates. Se puso los anteojos y abrió el diario. Le interesó un escrito que decía:
Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza “Los Andes” se encontró el cadáver de un ladrón, con importantes antecedentes, muerto por dos tiros en el estómago. En los últimos tiempos se sospecha que un maníaco serial está matando, sin hallarse aún, su metodología. Autoridades policiales y dirigentes políticos están muy preocupados por esta ola de violencia que se ha desatado.
***
Clotilde Muzzo Carlés, la abuela Clotilde, salía del banco. Acaba de cobrar su jubilación.
Dos jóvenes en moto se le acercan y de un manotazo le roban la cartera. La abuela Cloti cae al piso y humillada ve cómo se va su dinero por la cloaca.
Es una víctima más de una salidera bancaria. La viejecita de 1.45 metros de estatura y 44 kilogramos de peso ha sido robada por dos motochorros. Pasa a engrosar una larga lista de víctimas de la inseguridad urbana.
La abuelita siente que las grandes ciudades argentinas y sus alrededores se han llenado de ladronzuelos y rateros. Ella siente que están protegidos, bajo los más variados pretextos, por políticos y funcionarios ineptos o corruptos.
Piensa en el caso de los narcotraficantes que arreglan, su accionar, con la oligarquía política. Y muy bien asesorados hacen su agosto. Sólo son reprimidos por otros traficantes que disputan territorio.
Doña Clotilde está vieja e indefensa pero no es idiota, sabe que el mal ejemplo de arriba llega hasta muy abajo y no hay sociedad que aguante.
Ella ve que no hay reclamo que sea escuchado. Explicaciones y más explicaciones son las excusas que ponen los inoperantes mezclados con los funcionarios asociados al delito. La abuela Cloti sabe que el resultado es el mismo.
-¿Cómo puede ser que un país que dirigido, en casi toda su historia, por militares o abogados carezca de seguridad y justicia?- se pregunta asiduamente.
La señora hija de padre calabrés y madre catalana piensa que algo se debe hacer y no bajar los brazos pero ¿qué?…
Sus hijos quieren que viva con ellos o que se interne en una casa de retiro. Que no esté sola. Tienen miedo. La abuela defiende su libertad e independencia y no está dispuesta a negociar.
Cierta tarde en la televisión dieron una vieja película de Charles Bronson llamada “El vengador anónimo”. Un pobre hombre que ante el asesinato de su mujer y la violación de su hija decide tomar justicia por mano propia.
¡Ojalá fuera acá!, pensó. Y siguió con sus cosas.
Doña Cloti no se daba cuenta que con esa expresión señalaba su miedo y la pérdida de su seguridad. Ya no es la misma persona que salía, iba y venía tranquilamente. Ahora cerraba puertas y ventanas. Se encerraba en su celda familiar llamada hogar.
Un martes por la mañana iba acompañada por Nati, su hija. Era el día de su visita de rutina al médico. En plena luz del día, en la avenida Corrientes, cerca del Obelisco, zona céntrica si las hay, un descuidista le robó su cartera. Natalia pidió ayuda y cuando la policía llegó ya era tarde.
La abuelita Cloti mascullando bronca, de vuelta en su casa, puso en marcha un plan. Sería cruel pero su furia pudo más que ella. Sintió que el miedo la estaba enloqueciendo.
Pasó un tiempo encerrada en su casa y…
Buscó un contacto, allá en su barrio, con un lumpen medio mula y mandadero. Logró comprar una pistola calibre 22 con silenciador pero sin proyectiles.
Días después, con otro lumpen, consiguió las balas.
-Si yo los conozco, cómo puede ser que la policía los ignore- se decía.
Para ser carnada de la inseguridad debía tentar a los ladrones. Se le ocurrió comprar un teléfono móvil de última generación.
Sin advertir a nadie puso en marcha su plan.
Ya han pasado tres meses.
La abuela Cloti sigue en lo suyo, un plan siniestro y audaz, ahora su forma de mirar ya no es la misma.
Como todos los viernes jugó unos pesitos a su número favorito “el 15” y se fue para el centro. Se instaló en un banco de la llamada “Plaza de la República”, pegadita al Obelisco. Su apuesta es muy alta.
Sentada en el banco de la plaza, con su móvil a mano, fue amenazada por un joven, quien cuchilla en mano, se sentó a su lado y apoyando la punta filosa en el cuello de la viejecilla, le reclamó que le entregue el teléfono.
La abuela Cloti, sin inmutarse, lo saludo -¡Hola número 15!
El ratero la miró sorprendido. No tuvo tiempo a nada más.
Dos pequeños estallidos le reventaron el estómago.
La viejita se puso de pie, miró a izquierda y a derecha. Acomodó el cuerpo del muerto, guardó la cuchilla entre las ropas del ratero y se retiró lentamente.
Llegó a su casa, escondió el arma y dio por terminada su tarea. Ahora descansaría.
A la mañana siguiente salió, compró el diario. Llegó a su casa, se puso los anteojos y lo abrió. Le interesó el titular que decía:
“Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza … “

Y sigue la vida.

 

BURLA ADOLESCENTE AL CORAZÓN

La inocencia puede ser cruel, perderla es peor.

Lolita acaba de cumplir sus catorce años. Su mamá, viuda y dueña de una tienda de antigüedades, organizó una hermosa fiesta. Familiares y amigos se reunieron y disfrutaron de las cosas ricas que había para comer y beber. Remataron el jolgorio con un baile que duró hasta muy tarde.
Llegaron las Navidades y madre e hija se fueron de viaje a la costa. Pasaron las cortas vacaciones y debieron regresar para atender el negocio.
Loli, dormía hasta tarde y luego se levantaba a desayunar. Su mamá solía regresar para almorzar juntas y luego volvía a su local.
En la parte de atrás de la casa viven los abuelos y juntos comparten la pileta del parque.
Los amigos, y compañeros de la escuela, de Loli, suelen venir a pasar el día, pero en la época de vacaciones son pocos los que están presentes.
Los videos, el celular y la compu son la distracción. No es suficiente. Necesita algo más.
Escuchando una conversación entre sus abuelos y unos vecinos, Loli, descubre un sitio de internet que le llama la atención. Al principio le da vergüenza ingresar pero con nombre falso se atreve.
“Las páginas del corazón” se abren en su mundo. Se comunica con María del Luján y le cuenta de su aventura.
Su amiga, tan aburrida como ella, toma el colectivo y se va para la casa de Loli. Juntas abren las páginas y deciden inscribirse con nombres falsos.
María del Luján pasa a llamarse Joaquina, de 35 años, abogada.
Loli apuesta fuerte y se llama Ramón Prats, 40 años, ingeniero.
Joaquina está sorprendida con la cantidad de hombres que se ofrecen como acompañantes. No comprende lo que es la soledad y se burla de ellos.
Ambas ríen de sus picardías y comentarios con doble intención.
Entre ellas hacen todo tipo de reflexiones y dejan volar su imaginación. Se juramentan que jamás se anotarán en un sitio así…
Joaquina le propone a Ramón Prats que busque en la lista de mujeres y las invite a una cita. Falsa pero cita al fin. Lo hacen.
Piensan en las profesoras solas de su colegio y buscan a ver si encuentran a una de ellas. Loli frena en su entusiasmo y demuestra miedo a meterse en algún lío. María del Luján le recrimina su miedo pero lo piensa mejor y también se detiene.
El juego es muy interesante y no pueden dejarlo así como así. Deciden continuar pero sólo buscando conocidos. Reinician la búsqueda.
Leen las propuestas, las cartas y todo ese mundo lleno de intimidad.
Ramón Prats recibe una esquela y dice así:
Estimado Ramón en respuesta a tu invitación te aclaro que soy una mujer madura, viuda, con un buen pasar, soy la dueña de una casa de antigüedades, tengo una hija y estoy muy sola…
Loli, Ramón Prats, no pudo seguir. Apagó su computadora y se quedó muda. Lívida como estaba no se animó a mirar a los ojos a su amiga

 

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EL CLUB DE LOS AFORTUNADOS

 

Día 1.-

Señores los he convocado porque son las diez personas más afortunadas que conozco.

El equipo que dirijo los ha investigado y de una población más numerosa que la de Buenos Aires ustedes son los elegidos.

El señor Dobson es el único superviviente de un accidente aéreo, la señora Concha Gómez cayó con su vehículo al río Duero, en pleno invierno, casi congelado y después de dos horas logró salir por sus propios medios. Marc es un bombero  que atrapado en el fuego seguido de derrumbe  no sufrió quemaduras. Elías se perdió en el Sahara y luego de veinte días fue rescatado sin mayores problemas. Ephrain estuvo encerrado quince meses en un hospicio para locos siendo un preso político y superó el trance. Helena fue dada por muerta durante una cirugía y a las treinta horas resucitó. Markell fue arrollado por un camión cayendo a veinte metros y sólo sufrió unos rasguños. Yossette sufrió la picadura de una cobra y acá la tenemos. Edwina en medio de un salto padeció el desgarro de su paracaídas, estuvo internada en terapia intensiva y logró regresar a su vida normal.

Por último Don Lucca Mazzatto fue atacado por cinco hombres con escopetas, lo dejaron sangrando y no ha muerto.

No conozco el secreto de vuestra suerte, pero recordando los juegos precolombinos de pelota, es de mi interés organizar un juego para saber quién de ustedes es el más afortunado.

Quizás hayan notado que no hay nadie elegido por haber ganado a la lotería o a cualquier otro juego de azar. Lo de ustedes es distinto, han jugado su vida y han ganado.

Los antiguos mayas tenían un deporte de pelota donde el equipo ganador recibía gloria de por vida y los otros perdían su vida ya que eran muertos por perdedores.

Desde tiempo inmemorial el hombre se esfuerza por conocer cómo obtener buena suerte y desprecia al que no la tiene.

Cada día los desafíos son más audaces. Los deportes de alto riesgo atraen a multitudes. El minuto de gloria es el nervio motor de cada empresa y luego a disfrutar su fama de campeón.

He decidido que quien gane mi juego será recompensado con una riqueza tan grande que les llevaría toda su vida querer contar su dinero.

Los he invitado con un buffet frío y los mejores vinos Malbec de Argentina.

He aquí una caja con diez bombones. Pueden elegir el que deseen, pero debo advertirles que pasadas dos horas uno de ustedes morirá ya que uno de los chocolates está envenenado.

Luego pasaremos a nueve y uno envenenado, después a ocho y uno envenenado. Así seguiremos hasta que uno de ustedes será el sobreviviente y nuevo líder mundial de la economía.

En su triunfo les va la vida.

Aquellos que participen recibirán un cheque con una cifra que empieza con un 10 seguido de nueve ceros en euros. Para cobrar su cheque deberán presentarse personalmente en el banco acreditando su identidad.

Allí tienen las PC para que se comuniquen con el banco en cuestión y certifiquen el depósito.

El evento será transmitido por un circuito cerrado donde los apostadores y asociados al evento podrán seguir los acontecimientos.

Una vez aceptadas las condiciones no podrán retirarse. Todas las noches después de la cena se han de servir los bombones. Ello significa que a la mañana siguiente habrá un competidor menos.

Pueden disfrutar de las instalaciones, Sólo nos reuniremos para cenar y  degustar los chocolates.

Hasta la noche.

La española Concha Gómez y el canadiense Marc, el bombero, desistieron de ingresar al juego.

La primera noche el menú de la cena fue, de entrada: Antipasto italiano con un plato principal de Ternera con ensalada de remolachas y budín de manzanas como postre.

Las bebidas y licores eran a canilla libre.

Café y un bombón a cada uno.

Se retiraron a sus habitaciones.

Día 2,- Desayuno en el jardín.

Edwin, el paracaidista, no se presentó.

La jornada fue asoleada y se disfrutó del primaveral día. Se organizó una cabalgata y luego se reunieron a cenar.

Quesos y fiambres de entrada. Pastas verdes con olivas el plato principal y de postre compotas variadas con crema. Luego café o té con bombones.

Día 3.- Desayuno en el salón. Llueve y Ephrain no es de la partida.

Por el mal tiempo se debían utilizar las instalaciones internas del club. La idea es que los jugadores no tengan demasiado contacto entre ellos evitando, así, roces o asperezas.

Yossette es una mujer a la que le tiemblan las manos, parece eléctrica. No sería extraño que provocara alguna reyerta.

La jornada pasó con tranquilidad.

La cena consistía en Ensaladas variadas, Cochinillo y tartas de fruta como postre.

Café y, por supuesto, los bombones.

Día 4.- Desayuno en el parque. Markell, el camionero, no se presentó.

Los cinco sobrevivientes se saludaron, cordiales pero con recelo.

Cabalgatas, pesca y golf fueron los entretenimientos hasta que llegaba la hora de la cena.

Sopa crema de tomates como entrada, vegetales al vapor con pollo y de postre flan con crema o variados dulces.

Café y los bombones.

Yossette llamó la atención por su nerviosismo, su bombón se le cayó de las manos al piso.

Día 5.- Desayuno en el jardín, Elías no se presentó.

Los cuatro trataron de intercambiar opiniones pero la organización los distrajo con actividades ya programadas.

Llegó la hora de la cena y los supervivientes se miraron mal.

Comieron en silencio. Rollitos de jamón con palmitos, rodajas de cordero al borgoña y frutas. Después del café llegaron los cuatro bombones. No sólo temblaban las manos de Yossette, todos estaban muy nerviosos.

¿Quién será el ausente de mañana?

Día 6.- Desayuno en el jardín. Helena no se presentó.

Los tres pasaron su día, quizás el último, cerca de la casa.

Las horas no pasaban nunca, fue muy extensa la espera de la cena.

Sopa crema de cebollas, ensaladas con carne al horno y panqueques de manzana quemada al rhun fue lo que tragaron no sin dificultad.

Café y bombones. Tardaron una eternidad en servirse los bombones. Se miraban tratando de adivinar cuál sería el fatal. El que les quitara la vida.

Dobson y Lucca se sirvieron. Yossette no podía estirar su mano de asustada que estaba. ¡Al fin!, se sirvió.

Día 7.- Desayuno en el jardín. Dobson no se presentó.

El mafioso Lucca miraba a Yossette con cierto desprecio y ella temblaba de solo verlo.

La jornada fue interminable. Una guerra de nervios. Millonario o muerto era la alternativa.

Llegó la hora de cenar.

En silencio con movimientos lentos se sentaron una frente al otro.

Lucca se veía confiado y Yossette se veía descompuesta. Blanca como el papel y con la respiración entrecortada.

Comieron muy poco. Papas rellenas, Pato a la naranja y budín de fresas.

Café y bombones.

Una vez terminada la faena y habiendo controlado que ambos comieron sus porciones requeridas se les pidió que se retiraran a sus habitaciones.

Yossette quiso decirle algo a Lucca cuando se desplomó muriendo en el acto. Su corazón no soportó tanta presión.

Lucca sonrió sintiéndose ganador. Exigió su cheque.

No podía ser. Era su obligación presentarse vivo al día siguiente a desayunar.

Nadie podía saber si su bombón estaba envenenado o no.-

Día 8.- El desayuno se toma en el jardín.

Lucca tarda en llegar.

 

 

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Asalto Nocturno

Fue en la fiesta de egresados que presté atención en Elizabeth. Muy bien producida, con un vestido rojo caro, muy caro y adornada con joyas de primera línea y exclusivas.

No la conocía, siempre me mantuve alejado de las mujeres feas. Mi éxito con las féminas no me permitía tratar con un bicho como ella. No sabía quién era hasta ese día.

-¡Ay!…¡cómo duele!…

-¡Felicitaciones abogado Claudio!- dijo Esteban levantando su copa.

-¡Felicitaciones doctor Esteban!- respondí en voz y gestos de agradecimiento, levantando, también, mi copa.

-No me entendés – corrigió.

-¿Qué no entiendo? – pregunté entre sorprendido y curioso.

-No es por nuestros títulos que brindo. ¡Es por tu suerte!

-¿Mi suerte?- seguía sin entender.

-Elizabeth te echó el ojo.

-¿Y?

-Y nada. Es la hija única del hombre más rico de sudamérica- tragó el último sorbo y se alejó sonriendo.

A partir de ese diálogo me dejé acercar a Elizabeth.

El amor tiene su precio y una buena vida también.

Después de unos pocos meses de romance nos casamos.

-¡Qué dolor!…

Nació Claudio Elio, con el nombre del padre y el de su ilustre abuelo, el super millonario. ¡Qué menos que eso!

 El niño, mi hijo, resultó ser tan metódico y racional como yo. Un témpano pensante.

Se sucedieron once años de soportar un amor pegajoso y vigilante. Sus celos enfermizos provocaron que decidiera deshacerme de ella. Debía ser cuidadoso con no perder mi prestigio y futura herencia.

Puse mi sangre fría e inteligencia al servicio del crimen perfecto. Fui ideando un plan donde los dos seríamos las víctimas.

 

Compre una cuchilla en la Feria Gaucha de Mataderos. La hice afilar a mano cosa de asegurarme las huellas dactilares de un desconocido. El expediente de la investigación dirá: huellas dactilares no identificables en el arma homicida.

Un extraño sin conexión alguna con nosotros.

Guardé la faca con cuidado.

Analicé una y otra vez la puesta en escena.

 Yo entraría encapuchado por la ventana del dormitorio, ventana a la que forzaré desde el exterior. Usaré una barreta para hacer poco ruido.

Tengo la certeza de que Elizabeth estará bien dormida porque se ayuda con pastillas.

La apuñalo, me hiero y con la pistola que estará sobre mi mesa de noche haré varios disparos que atraerán a las mucamas y con suerte a los vecinos.

El agresor huirá por donde entró. Me aseguraré que se encuentren huellas.

La policía hará pocas preguntas ya que se verán las marcas de mi pelea y las pisadas en el jardín.

Acudiré, pidiendo ayuda, a mi colega el Fiscal Joaquín Prieto Galmaz. Como amigo sabrá abreviar la gestión.

Antes, razoné, pasaré los seis meses previos haciendo una vida correcta y luego, después del incidente, continuaré como un asceta hasta que termine la investigación. Seré el viudo dolido por varios meses y, además, un padre perfecto e irreprochable.

Ser viudo es más interesante que ser soltero. Ya sabré aprovechar y disfrutar de mi nueva libertad.

Llego la noche esperada.

¡Duele mucho!…

Elizabeth acostó a Claudio Elio que no se sentía bien. Regresó al dormitorio, ingirió sus píldoras y se acostó.

Cerca de las 2.30 horas mientras ella dormía profundamente, encendí la luz de mi velador, me levanté e hice un poco de ruido. No se despertó.

Salí sigilosamente.

Ya en el parque me puse los zapatos de Andrés, el jardinero, y marqué huellas simulando pasos que llegan y se van.

Volví a calzarme mis pantuflas, me puse guantes y un pasamontañas negro. Imposible reconocerme.

Forcé la ventana con la barra de hierro y entré cuchilla en mano.

El plan marchaba a la perfección.

Junté coraje y le apliqué la primera puñalada. Ella dormida deja escapar un grito ahogado, presa del dolor y la sorpresa.

El asalto nocturno es un éxito.

A pesar de lo sorpresivo del ataque opone resistencia.

Desesperada se defiende como puede y alcanza a protegerse con las sábanas y la frazada. Se envuelve y se enrosca entre las cobijas. Hago un gran esfuerzo con mi izquierda para quitarle las mantas y asestar la segunda estocada con mi derecha. Me cuesta desarmarle el escudo que se formó alrededor de su cuerpo. ¡Por fin logro destaparla! Ahora podré asestar otra cuchillada.

Ella grita, gime, manotea al aire para alejarme.

Levanto el brazo derecho, el reflejo permite ver en las penumbras la hoja ensangrentada que voy a clavar en su cuerpo hasta dejarlo inerte.

Suena un estampido.

Me congelo del susto y llega el dolor agudo que huele a carne quemada.

Claudio Elio se sintió mal y se pasó a nuestra cama mientras yo preparaba mi ataque.

 El miedo y la embestida violenta lo sorprendieron, pero se mantuvo frío y lúcido.

Mientras yo, ciego de rencor y pánico, atacaba a Elizabeth, el niño tomó mi arma, apoyada sobre la mesa de luz, y disparó al intruso.

Estoy en la ambulancia desangrándome y siento que no resistiré. ¡Duele!

 Imposible llegar al hospital a tiempo.

¡Mejor así!

 
 
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