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Archivo de la categoría: Cuentos con suspenso

EL REGALO

A Hisch que con sus historias llenaba las pantallas.
Andrés Pérez Novillo cavaba en el fondo de la quinta y presuroso arrojó dentro del pozo los dos cuerpos.
Desde hacía quince años venía usando el dinero de su esposa y haciéndole los cuernos con cuanta joven mujer se le cruzara.
Como marido era el ejemplo de hombre amable, cariñoso y servicial. Ana Gloria lo amaba con todo su corazón y él sentía que lo ahogaba. Era el hombre consentido y mimado a más no poder, aficionado a la pesca. Sus correrías las practicaba al irse los fines de semana en busca de cardúmenes, dentro y fuera del agua.
Ana Gloria no escuchaba a su madre Inés Pual viuda de Ginés, quien cedió la dirección de la empresa familiar a su único yerno. Doña Inés había escuchado rumores dentro de la fábrica y en su momento advirtió a su hija. Ana Gloria no la escuchó y cerró el desagradable rumor pensando en la envidia que sentían aquellas pobres mujeres abandonadas en la plenitud de su incipiente madurez.
Habiendo hablado con Andrés y creyendo todas sus explicaciones siguió viviendo en el mejor de sus mundos.
Hace cosa de un mes, faltando unos días para su cumpleaños, Andrés propuso a su mujer que fuera a Necochea, acompañada de su madre a descansar y él terminaría con unos trabajos impostergables y luego se uniría al paseo un par de días antes del aniversario.
Ana Gloria hizo las reservas de hotel y preparó el automóvil para viajar tranquilas. Hubiese preferido ir en avión pero Andrés le pidió que llevara el auto. Saldrían el sábado de madrugada.
Él iría en cuanto terminara con unas entrevistas, volaría y luego pasearían, por la región, juntos hasta el regreso. Como es un apasionado del manejo sería el chofer de ambas mujeres.
La noche del viernes puso el plan en marcha.
Etelvina, la empleada doméstica, ya se había ido por todo el fin de semana.
Al caer la tarde, Andrés se puso a cavar en el fondo de la casa.
Ana Gloria sorprendida se acercó a curiosear en qué andaba su marido.
Sin advertencia alguna recibió un golpe de pala en la cabeza cayendo al piso. Su cuerpo inmóvil yacía entre las magnolias.
Andrés, simulando gritar, llamó nervioso a Inés, haciendo señas que la anciana no entendía.
Se acercó y al ver el cuerpo caído entre las flores corrió en su ayuda. El asesino no dudó y con un golpe certero en la base del cráneo mató a su suegra.
Ya era noche cerrada. Terminó de cavar y arrojó los dos cuerpos al fondo del pozo.
Los cubrió con tierra y disimuló lo removido con malvones y geranios mustios.
Se duchó y salió con el auto. Lo dejó cerca del viaducto de la avenida Iriarte donde inicia, o termina, la peligrosa villa miseria. Arrojó las llaves al piso y las carteras de las mujeres quedaron sobre las butacas delanteras.
Caminó un buen rato por las calles de Constitución y luego regresó a su casa.
Los guantes y la gorra pasamontaña, que le cubrieran el rostro las arrojó por separado en distintos recipientes de basuras que inundan la ciudad.
Ya instalado en su domicilio llamó a su primo para invitarlo a cenar. El pretexto era que estaba solo porque su mujer y su suegra habían partido hacia Necochea y prefería comer acompañado.
Fueron a uno de los tantos restaurantes de avenida Libertador y pasaron una agradable velada.
Andrés le comentó a su primo que tenía programado hacer un viaje a Europa a festejar su nuevo aniversario de casados. Sería una especie de segunda luna de miel.
Cerraron la noche con una buena copa y se despidieron hasta la próxima.
La tarde del sábado llamó al Hotel Gran Quequén y preguntó por Ana Gloria. Fingió sorpresa al escuchar que – Las señoras no han llegado- su interlocutora trató de calmarlo –Usted sabe, señor, el viaje es largo.
Andrés insistió y le recriminó a la telefonista en que habría un error. A su pedido, solícitos, los responsables del hotel fueron a la habitación 722 a verificar. Estaba libre.
Quedó en volver a llamar más tarde ya que posiblemente se entretuvieron por el camino.
Dejó pasar el tiempo.
Tomó el teléfono y llamó al hotel. La respuesta fue lacónica –No han llegado.
-Pero es casi media noche, no puede ser… Colgó.
De inmediato llamó a su amigo el Fiscal González Spietta y le explicó sobre su angustia por la desaparición de las dos mujeres.
Durante el día domingo fue informado que el automóvil fue hallado en poder de unos “dealers” del narcotráfico. Según declararon se apoderaron del auto abandonado por sus ladrones pero no sabían nada de las mujeres.
Idas y venidas durante cuatro días. Nada de nada.
El plan era un éxito, sólo un poco más de paciencia. Todo iba cerrando bien.
El viernes, día de su cumpleaños, a mediodía, lo llama Etelvina llorando, Andrés estaba reunido con dos de sus clientes.
-¿Qué pasa Etelvina?, ¿por qué llora?- insistió nervioso.
-Señor, estoy muy triste y emocionada…
-¿Por qué?, la tristeza la entiendo pero lo de la emoción. Me puede explicar por qué me llamó- le temblaban las manos y la voz, rápidamente pensó en alguna falla de su elaborado y bien concebido plan.
-Señor recordé que hoy es su cumpleaños y …
-Comprendo pero cálmese- ya respiraba mejor no estaba pasando nada especial.
-¡Es que la señora lo quería tanto!
-¡Sí Etelvina!, debo aprender a vivir sin ese amor que me prodigaba- ya se estaba fastidiando- ¡Bueno!, voy a colgar.
-¡No señor, no cuelgue!
-Es que estoy con gente y tengo cosas que hacer.
-Señor hace como dos horas llegó su regalo de cumpleaños.
-¿Cuál regalo?
– El que le hizo su señora.
-¡Por favor! Explíquese
– Su querida señora le regaló como sorpresa la pileta de natación que tanto quería y ya están excavando, donde ella misma les había dicho, en el fondo entre los geranios y magnolias.
Andrés colgó de inmediato.

 

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FÚTBOL, AGRESIÓN Y SECUESTRO.

La gloria para los mejores. Los demás ¿qué?

El automóvil nuevo de alta gama se detuvo frente al parador “El 73”, ubicado en la ruta provincial 21, casi cruce con el Camino de Cintura.
Se apoyaron contra el mostrador y eligieron un choripán y dos de chorizos a la pomarola.
Los sandwichs y el vino raspa raspa estaban deliciosos.
-El que me recomendó este lugar no exageró para nada- decía el mayor del grupo. Un hombre muy elegante vestido con ropa deportiva. Los jóvenes que lo acompañaban asintieron con la cabeza mientras mordían un trozo del manjar con el que se agasajaban.
El parrillero orgulloso los veía engullir con satisfacción.
El señor pagó dejando una generosa propina y el encargado los acompañó hasta el vehículo. La renguera no molestaba a su agilidad, llegó presto y les abrió la puerta en atención a su visita.
Partieron raudamente levantando polvo y el hombre los siguió con la vista mientras se alejaban rumbo a González Catán.
Allí se encuentra el campo de entrenamiento y los visitantes eran dos juveniles y su entrenador del equipo de fútbol.
La parrilla “El 73”(el rengo), no tiene punto fijo. Se queda unos días en un sitio y luego se traslada huyendo de los coimeros que lo aprietan para que pueda trabajar tranquilo. El hombre no quiere pagar y prefiere esconderse de los mafiosos y ciertas autoridades que hacen como que son la ley y están arreglados con cuanto trucho anda suelto.

Los pibes del barrio de monoblocks vieron al BMW con vidrios polarizados y se preguntaban quién sería el pesado que vino de visita. Al día siguiente el auto seguía estacionado y el polvo lo iba cubriendo de a poco.
El Pato, uno de los más atrevidos se acercó y dio unos golpecitos sobre el techo. Esperó unos minutos, no hubo reacción alguna. No sonó la alarma y nadie desde los departamentos lo retó o advirtió que dejara el auto en paz.
Aplicaron el sistema “piraña”, empezaron a robarse los cromados, el stéreo y las baratijas sueltas en el interior.
Medio Polvo decidió llevarse la rueda de auxilio y abrió el baúl. El olor a podrido lo espantó. ¡Bueno!, no tanto porque igual se llevó la rueda.
Salieron corriendo para nunca más volver.
El cadáver tenía una bolsa de plástico envolviéndole la cabeza.

Jorge ”Cuatro Manos” Barragán, había sido secuestrado. Pedían un rescate suculento. Sus amigos, familiares y el club estaban reuniendo el dinero. Necesitaban un poco de tiempo, tiempo que según los resultados no fue concedido.

Los bomberos rodearon el vehículo y la policía científica participó en el rescate y estudio del cuerpo.
Del auto no se pudo analizar demasiado porque los pibes chorros lo habían desmantelado y dejaron sus huellas por todas partes.
El cuerpo indicaba que fue torturado por marcas que le encontraron, aunque dichas marcas podrían ser golpes del entrenamiento. Sí, se destacaba la saña con que le fracturaron sus piernas y el modo en que le molieron sus rodillas. Se supone que fueron varios y querían sonsacarle algún dato preciso. Se pensó en las drogas y no se encontró el camino a investigar.
La noticia fue escueta. El diario “Crónica” decía en policiales: Fue hallado el cuerpo sin vida del hoy entrenador y conocido arquero de los 90 que hizo vibrar a la afición deportiva. El pueblo futbolero llora su muerte.

El Doctor Raúl Alfonsín acaba de asumir como el Presidente Constitucional del Pueblo de la Nación Argentina, la democracia está de fiesta.
-Mirá pibe, este domingo es tu último partido en Argentina, Italia te espera. Si seguís jugando así serás la estrella de Europa y la vida, la riqueza y los honores te sonreirán. Cuidate las piernas y lucite ante los tanos que el lunes tomamos el avión.
José “El Balazo” Elías escuchaba con atención. Una vez instalado se llevaría a la vieja y a sus hermanitos a vivir como reyes. Con la novia se casaría en la mejor iglesia que encuentren y juntos volverían de vacaciones a visitar a los pibes del barrio. Basta de mishiadura y apretarse el cinturón, ¡por fin rendían los frutos de tanto entrenamiento!
Minuto 35 del segundo tiempo, el Gordo Muñoz narra el avance de Elías y anuncia el “peligro de gol”.
El pibe se desmarca y avanza con velocidad hacia el centro del área, se acerca la gloria y no la puede dejar escapar. Las hinchadas gritan emocionadas. La rival desaforada pide ¡sangre!
Cuatro Manos se interpone y cuando Elías está cerca se le arroja con los tapones de punta a las rodillas del delantero.
¡Silencio!
Las tribunas callan y Elías pierde su gloria y su rodilla derecha. Él no lo sabe pero nunca más jugará al fútbol.
Desde el hospital declara perdonar a Barragán y que será sometido a varias cirujías para volver a jugar en seis meses.

Pasaron más de veinte años. José Elías sin profesión conocida, sumido en la pobreza y olvidado, con sus hermanos regentea un carro de choripanes.
Es Nadie, lejos del fútbol y sin rencores. No hay tiempo, la pobreza te obliga a pelear a cada minuto y no hay tiempo para más.
Aquel día lo tuvo a mano, lo había olvidado, sintió la diferencia de la injusticia. -Él un señor, yo un pordiosero sin derecho a una vida- se dijo bebiendo un poco de su vino agrio.
José “El Balazo” Elías lee la noticia de la muerte de Jorge “Cuatro Manos” Barragán. Levanta la vista al horizonte y olvidando su cirrosis terminal, sonríe.

 

31 DE DICIEMBRE, SERÁ NOTICIA

María Juana, madre soltera, viaja con su hijo Juan en el ómnibus que acaba de cruzar al Paraguay.
Había visto un informe televisivo, hacía unos meses, donde se resaltaba el escaso control aduanero. No es que sea contrabandista, ¡no!, pero pensaba irse de Buenos Aires sin llamar la atención.
Decidió que sería interesante cruzar la frontera desde Argentina en micro ya que nadie pide la documentación personal y ella prefiere mantener se de incógnita.
Ya más tranquila en tierra extranjera consultó su reloj, eran las 14.25 horas del día 31 de diciembre.
Los festejos de fin del año en Argentina se habían iniciado el día 30 y no habría actividad hasta el lunes 5 de enero, María Juana había partido hacía menos de veinticuatro horas. Pronto llegaría al aeropuerto.
Si todo salía según lo previsto, el 1°de enero estaría almorzando en Madrid.
Después, ya más descansada y menos ansiosa decidiría dónde instalarse.
En el Banco Nacional del aeropuerto depositaría el dinero y sólo se quedaría con las alhajas.
José de Zuloaga y Gesiral había aceptado casarse con ella. El día 7 de enero, apenas aterrizada cumplirían con la ceremonia civil, luego José adoptaría al niño y así ambos, madre e hijo, tendrían un nuevo apellido. –¡Internet logra milagros!- se decía.
Tener todo preparado y bien estudiado le daba la seguridad de cerrar con éxito su venganza y quedar fuera de sospecha o por lo menos de que la atrapen.
-Que busquen a María Juana Benítez, ¿a ver si la encuentran?
Hacía nueve años que Pedro Estibell, la había contratado como mucama con cama adentro.
En los fondos de la vivienda había una pequeña habitación, antiguo palomar, con un baño. Allí fue alojada.
No sólo limpiaba y cocinaba, también atendía al público de la mercería. Se consideraba casi una esclava. Le había manifestado al matrimonio que deseaba un poco de tiempo libre y mejor paga. Pedro le había prometido que en cuanto cambiara la situación le duplicaba el sueldo y que una vez que preparara la cena podía tomarse la tarde de los sábados y, también, los domingos libres.
El señor de la casa se transformó en la cordialidad en suma pureza y hasta le confesó que pensaba en separarse de Hilda, su mujer, porque ya no se querían.
La situación fue tornándose cada vez más íntima hasta que ella por caridad, comprensión o por tonta, ¡nomás!, aflojó y un fin de semana que estuvieron solos tuvieron sexo. Ella mucho más joven que Pedro sintió que él rejuvenecía. Así nació un amor clandestino.
Pedro no cumplía con su promesa de separación y María Juana quedó embarazada. El padre, según lo convenido, fue un desconocido de un baile y allí se instaló la gran mentira y la semilla del final trágico.
Durante años Pedro la entretuvo y María Juana trató de ser paciente.
Ese mes de octubre que Juancito cumplía años vinieron amiguitos del colegio e hicieron travesuras y mucho bochinche que enojó a sus patrones.
Tuvo una seria discusión con Hilda y Pedro. Ambos le pidieron que buscara otro empleo y un espacio donde vivir ya que el niño era una molestia y no lo aguantaban más.
Furiosa por lo incómodo de su situación, al no tener familia ni haber hecho amigos siendo casi una reclusa de los Estibell, no teniendo dónde caerse muerta y con la responsabilidad de un hijo pensó en una salida.
Pidió disculpas al matrimonio para ganar tiempo y después de este primer paso armó todo un entramado para escapar sin ser vista.
Por internet se encontró en un “sitio del corazón” con el valenciano José. Ella es una viuda comerciante con un pequeño hijo y allá en Valencia, juntos podrían atender la taberna de la cual él es el único propietario.
Para la cena del 31 de diciembre le preparó al matrimonio esa crema chantilly tan sabrosa que tanto les gusta y con la que suele agasajarlos.
Los dos copones quedaron guardados en el refrigerador, ya que las frutillas con crema se deben gustar bien frías.
*****
El altavoz del avión anunciaba la llegada a Madrid, María Juana cerró el libro inspirador que hablaba de la pócima destructiva llamada “cantarella”.
Hasta el martes 6 de enero, Día de los Reyes Magos, nadie notaría el fallecimiento de los Estibell ni la ausencia de quien fuera en la otra vida María Juana Benítez.

 

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PROYECTO SUPER HS

Iba despacito por el camino de tierra, manejaba a oscuras guiado por el resplandor de la luna y apoyado en su conocimiento del lugar. Estacionó en la cuneta a unos quinientos metros de la tranquera de la chacra.
Llegó a la entrada de “La Covacha”, se detuvo a mirar y todo estaba a oscuras. El viejo Alsina dormía y los animales estaban tranquilos. Solo se escuchaban los ruidos propios del campo. Él sabía que si alteraba ese silencio el viejo tomaría su escopeta y saldría a correr a quien molestara.
Cruzó agachado el sendero que lo llevaba hasta el cerco del laboratorio. Estaba de suerte, unos nubarrones cubrían la luz del cielo.
Se encontró frente al alambrado, sabía que estaba electrificado y, de tocarlo, sonaría la alarma.
Don Alsina con un vaso en la mano le había contado los detalles de seguridad que tenían los nuevos vecinos.
-Los yonis se las saben todas- le había comentado y ahí nomás le espetó sus sospechas, producto de chismes que despertaron su curiosidad. –Algo raro hacen- dijo en voz baja- hay más seguridad en la empresa y los guardias tienen prohibido hablar con los vecinos.
El viejo cuidador de la chacra, de puro aburrido, había estado espiando. Descubrió que la fábrica tiene un laboratorio y – ¡Ahí seguro cocinan un estofado medio raro!- hablaba bajito pero con énfasis poniendo cara de yo sé que algo pasa.
Ahora Paco iba a descubrir el secreto de su vida.
Cavó un hoyo y pudo pasar por debajo del cerco de seguridad. Corrió hasta el edificio, esperó y se coló por un tragaluz. Tuvo acceso al laboratorio.
Se alumbraba con una pequeña linterna y pudo observar el centro de vacunación. Hizo algunas fotos aunque mucho no le decía lo que veía. Era para entendidos y él apenas es un periodista novato pero aguerrido como ya pondría en evidencia.
Pasó al segundo laboratorio y allí pudo ver jaulas y frascos con muestras de tejido cárnico. Se sorprendió por lo visto y una vez repuesto de su sorpresa hizo fotos.
Ya se disponía a ir al tinglado de producción y envase cuando escuchó la llegada de un vehículo. Era un camión.
Salió por la misma ventanilla por la que entró y huyó sigilosamente hacia el hueco de escape. Cubrió el pozo de acceso y trató de no dejar huellas ni marcas. No quería que el viejo o la seguridad de la fábrica supieran de su incursión. Podría ir a la cárcel.
Se alejó del lugar.
Llegó a su automóvil y respiró más tranquilo. Le temblaban las piernas y luego todo el cuerpo. Bebió café del termo. Esperó un rato y se fue por donde vino.
Dejó pasar unos días para asegurarse de no haber sido descubierto.
-Si no hay noticias es una buena noticia- se dijo y reinició su investigación.

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Cerca de Tandil, camino a la Estancia “La Clotilde”, en el viejo cruce, hay un parador que podría llamarse pulpería.
La noche del 15 de julio se detuvieron unos extranjeros a cenar, no parecían turistas. El lugar estaba casi desierto ya que era tarde y el frío del invierno invitaba a quedarse a resguardo. Se sentaron cerca de un parroquiano medio dormido que ocupaba una de las mesas del fondo, un rincón oscuro donde podía descansar su ingesta de alcohol. El resto, peones de campo, estaban de pie junto al estaño, que es el viejo mostrador, orgullo de su dueño.
En su media lengua pidieron riñonada, asada a la parrilla de leña, acompañada con un sabroso vino patero. Un menú tradicional que los cuatro visitantes, tres hombres y una mujer gustarían con placer.
Hablaban todo el tiempo en inglés y sólo mascullaban un poco de español con el hombre que los servía.
Confiaban en la incomprensión idiomática del mozo y de las gentes del lugar, no obstante el más joven dijo en voz alta “bloody lazybones stop drinking and go work” (vagos de mierda dejen de chupar y vayan a trabajar).
Sus acompañantes se sorprendieron y se les heló la sangre del susto. Miraron a su alrededor y notaron, para su tranquilidad, que nadie había entendido el insulto. Hubieran pagado caro su insolencia.
Entraron en su tema de la Empresa “La sureña”, especializada en carne enlatada. Hablaron de su labor científica y los progresos de la misma, que era el motivo por el cual estaban reunidos.
Los tres hombres parecían dar explicaciones a la mujer que los escuchaba atentamente.
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Pasaron unos días, para ser más preciso, el domingo 27 de julio, en el diario local, se publica un artículo sobre ciertos experimentos que se llevaron a cabo en una chacra vecina a la ciudad de Tandil.
Aquel presunto parroquiano alcoholizado, dormitando en un rincón del parador, resultó ser un periodista local, El Paco Pérez para los amigos, que con algún conocimiento de inglés sumó conclusiones a su investigación.
Hacía ya tiempo que había estado espiando a los extraños desde los fondos de “La Covacha”, el campo vecino al de la fábrica y laboratorio. Logró entrar, como supimos, invadiendo sus instalaciones. Fotografió documentos y frascos con unas muestras llamativas.
Confusamente el Paco sumó el rumor de vecinos enfermos por ser inyectados con muestras de vacunas experimentales a su pesquisa. Tituló a su artículo “La pobreza provoca cobayos humanos”.
La noticia de la mala praxis llegó a Buenos Aires, la revista “Humor” publicó un artículo al respecto y la gran orbe armó un escándalo que duró unos días y no más. El fútbol y otras novedades hicieron olvidar el hecho, pero fue suficiente para que se levantara el campamento científico y no dieran mayores señales de vida.
A los seis meses de la publicación, el joven Paco Pérez tuvo un accidente automovilístico y falleció instantáneamente. Característica de los años noventa, esta, no sería la única muerte mafiosa.
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Hace apenas unos días se encontró un sobre con fotos y memorandos en inglés que describen un tema que parece ser de ciencia ficción.
Se supone son copias de los secretos de la granja experimental robados por Paco Pérez.
Esta documentación no solo demuestra que producían vacunas y las probaban en humanos, muchos de los cuales tuvieron muertes dudosas y jamás investigadas por la justicia. Las fotos de animales mucho más grandes, en tamaño, que lo normal, señalan que apuntaban al logro de gigantes. Los cambios genéticos que nacieron de sus estudios dieron pruebas positivas que demuestran sus progresos. Gorriones del tamaño de una paloma y unas gallinas cinco veces más grandes que lo normal dan testimonio gráfico sin lugar a dudas. Llama la atención la gran cantidad de ovinos usados en los ensayos.
El interés de una producción mayor de carne significa una ganancia extraordinaria en la producción de enlatados. Pero…
La investigación, creación y elaboración de vacunas sin seguir los pasos científicos de seguridad exigidos por la normas internacionales, resultó ser una parte importante de una trama mucho más compleja de donde uno de los resultados es la obtención de mayor riqueza cárnea.
De la documentación recibida hay fotos de manos humanas enormes guardadas en frascos embebidas en líquido conservante. Esta prueba irrefutable de usar a personas como cobayos demuestra que Pérez descubrió un secreto de gran importancia.
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Proyecto super H.S.
La parte final del informe dice que las pruebas de modificación genética probadas en cobayos son altamente positivas. Monos, perros, gatos y cerdos aún presentan dificultades. Los animales de sangre caliente son más complejos que los de sangre fría, la excepción son las ovejas.
El memorando señala que con los cobayos han logrado duplicar su tamaño corporal y que están en vías de resolver el aumento de su inteligencia.
Antes del año 2025 será posible reiniciar los trabajos para lograr mejorar los super HS que habrán de mejorar y dominar el nuevo mercado mundial.

Paco Pérez escribió al pie: con mi escaso inglés recordé haber escuchado el sonido “warriors”, con el correr de los días recordé que significa guerrero o peleador y no sin esfuerzo descubrí que H.S.” es homo sapiens.
El objetivo será solamente dominar el mercado, me pregunto ¿ y si quisieran crear una super fuerza con gigantes humanos?
Haré todo lo posible por denunciar públicamente mis presunciones.
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Hace unos días los principales Diarios de Buenos Aires, en el suplemento “Campo” publicaron la mejora en calidad, tamaño y peso del ganado ovino, cuya modificación genética es el producto de años de investigación.
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La documentación periodística, de Paco Pérez, se ha perdido en los pasillos de la burocracia.

 

CARRERA DE TRANVÍAS EN BUENOS AIRES.-

Cuentan que a inicios del 1900, corrían los Tramway eléctricos llevando el centro a los suburbios o, visto desde otro ángulo, parafraseando a nuestro Borges,”acercaban el arrabal al centro”.

Existía la competencia entre empresas. La del sur, la del Tranway Central(o del oeste) y la del norte.

Se sacaban chispas en cuanto a progreso y buenas novedades para el usuario. Era otra gente y otra época.

La historia del avance y decadencia de trenes y tranvías, en Argentina, la dejo para Aquilino González Podestá que preside la Asociación Amigos del Tranvía entre otras actividades. Fue a él a quien le escuché una historia poco común como muchas de las cosas que pasan en esta mágica Buenos Aires.

Los hermanos Federico y Julio Lacroze, dueños del Central o Lacroze a secas, tenían un recorrido que era por las calles Cangallo (hoy J D Perón), Callao y La Piedad (hoy B Mitre).

 La empresa 11de septiembre, gran rival de la anterior, cuyos propietarios eran los hermanos Agustín, Teófilo y Nicanor Méndez, que luego fue vendida y se llamó Anglo-Argentino, recorría la ciudad por las calles Cuyo (hoy Sarmiento), Callao y Cangallo. En esos tiempos trenes y tranvías circulaban por las calles, única vía, junto a carros y coches.

Los viejos mapas muestran que la línea del oeste se cruzaba con la del norte, allá por la zona de Congreso y Plaza Miserere.

Pelagio Gauna, el Áspero, era un compadre que trabajaba como chófer para la empresa de los Lacroze. Hombre pintón, galante y piropeador con las damas vecinas y usuarias de la empresa. A la noche era uno de los arrabaleros presente en las milongas orilleras de Monserrat, donde entre cortes y quebradas lucía sus dotes de bailarín.

Nemesio Flores, el Pardo, guapo de averías en los bailongos de Palermo, era el recio chauffeur o motorman de la compañía Anglo.

Cuando coincidía un encuentro o cruce de coches, uno y otro se miraban mal y con gesto desafiante.

La competencia no era sólo entre las empresas de transporte, sus hombres tenían puesta la camiseta de la firma y la defendían porque amaban y valoraban su trabajo.

Supieron encontrarse, Don Pelagio con el Nemesio,  en el Parque Goal para escuchar algunas payadas y luego mover las tabas al compás de un tanguango.  Se sacaban chispas y el público conocía de esta rivalidad que no pasaba de unas miradas de reojo, algún corto diálogo entre ellos y mucho baile tanguero.

No había amenazas ni cuchilladas entre ellos, sólo encuentros y competencias leales en las pistas, ¡y a lo macho!

Se dice que con la llegada de unos nuevos coches, a la línea Lacroze, desde EEUU, el servicio despertó la envidia de los anglos.

Pelagio estuvo explicando a sus amigos de cómo habían cronometrado la eficiencia y velocidad del recorrido completo. Ahora se viajaba más cómodo y rápido, comparaba a su tranvía con un avestruz corriendo al lado de bueyes.

Nemesio escuchó esas mentas y al día siguiente en el cruce de Callao lo encaró de coche a coche. Ahí nomás se desafiaron a ver quién era más rápido.

Se aceptó el convite.

Pelagio desenganchó el trole, lo pasó a la parte trasera de su vehículo y se puso vía a vía a la par de Nemesio.

Un tranvía al lado del otro, cada uno en su riel, mirando por Callao al sur. Correrían cien metros, distancia de carrera cuadrera, a ver quién llegaba primero. Los pasajeros atónitos no decían ni hacían nada. Aguardaban.

Pedro Laguna, el botón de la esquina daría la señal de partida y el viejo diariero, Don José Petrocelli, sería el juez en la llegada. La meta era la hoy esquina de Callao y Corrientes (que se llamaba Triunvirato).

El joven Pedro agitó el pañuelo y salieron disparados como alma que lleva el diablo.

Todos los testigos, de un lado y del otro de la calle y desde cada tranvía involucrado, gritaban alentando a los audaces héroes del transporte férreo.

Llegaron a Corrientes y Don José casi canta “puesta” pero no, Pelagio ganó porque su miriñaque, llamado popularmente mata-perros, llegó a la línea antes que el de Nemesio.

La historia corrió como reguero de pólvora. Los corredores, Pelagio y Nemesio, sorprendidos en lo que sería su secreto no sabían que entre el pasaje viajaba un periodista de “Crítica”, el diario sensacionalista del viejo Buenos Aires, quien contó lo sucedido con lujo de detalles.

Las autoridades de contralor ciudadano sancionaron a las empresas y los choferes fueron suspendidos por tres días.

Pasó un tiempo y después del escandalete, Pelagio invitó a Nemesio a tomarse unos tragos y juntos se bajaron varios anisados.

Se rieron de su chiquilinada pero no se arrepintieron -¡lo hecho, hecho está!- se decían uno al otro.

A la hora de pagar las bebidas, Pelagio insistió en ser él quien se hacía cargo del gasto, y además tenía unos pesos para que recibiera Nemesio en compensación por ser penados con pérdida de sus salarios.

 El rival sorprendido, preguntó por qué ese gesto, si había sido derrotado en buena ley. Allí Pelagio le comentó algo, que según Don Federico Lacroze, en un reportaje ante el periodista de “Crítica” nunca sucedió.

Pelagio, después de la cuadrera de tranvías, fue citado por sus jefes.

 Don Julio y Don Federico Lacroze, lo abarajaron con cajas destempladas y una severa protesta por su falta de seriedad y puesta en riesgote la seguridad del pasaje. Se sumaban a la suspensión de tres días que había sido impuesta por el gobierno de la ciudad.

El hombre no dijo nada ya que había reconocido su falta.

Fin de la reunión.

Saliendo de la oficina, ya en la puerta de la empresa, el secretario privado de Don Federico Lacroze lo para y le entrega un sobre.

Pelagio lo abre y hay una cantidad importante de dinero que cubría los gastos de la suspensión sobradamente.

El azorado Pelagio leyó una pequeña esquela que le produjo una sonrisa de satisfacción. Había escrita una sola palabra de puño y letra de Don Federico que decía: “Ganamos”.

 

Matasiete siglo XXI

Hacía ya un largo tiempo el abuelo le había enseñado unos pequeños trucos para su defensa personal. –Chunito, ahora que salís de noche y vas por esos barrios peligrosos tomá precauciones para evitar males mayores.

-Abuelo no me digas más Chunito ya estoy grande y quiero que me llamen Raúl para que mis amigos no me hagan bromas.

-Está bien Raulito, ¿ mejor así?

-Sí abuelo, te escucho.

Y la sabiduría de los años no se hicieron esperar. Le contó de los sinvergüenzas que hay en la calle, que te roban o te meten en líos, los peligros de las adicciones y le habló de las mujeres que no son mujeres.

-¡Ah!, vos decís los travestis.

El hombre con su vieja educación lo miraba sorprendido pensando en cómo se estaba quedando en el tiempo. ¡Suerte que padres y tíos están actualizados!, pensó para sí mismo.

Con los días, el abuelo interesó al adolescente, ya que parte de sus enseñanzas le daban la seguridad necesaria para moverse y descubrir el nuevo mundo que se le abría.

Un poco de boxeo, caminar por la mitad de la calle, llevar cinturón con hebilla grande, que al voleo  le rompe la cabeza al atacante de un hebillazo y las dos piedras en el bolsillo para cubrir la disparada.

Con el correr del tiempo, Raúl fue saliendo cada vez más con sus amigos y luego aprovechaba para contarle al abuelo parte de sus andanzas.

El viejo se regordeaba con los cuentos de su nieto, notaba la exageración en tales historias, y sonreía pensando en cómo se las ingeniaba para combatir el miedo a lo nuevo que acompañaba su vida. Ya lo vencería, cuestión de tiempo.

Cierta vez contó que le hizo frente a tres chicos que lo prepotearon y los puso en fuga. Insistió en que sus amigos felicitaron su valentía. Desde ese día el viejo lo apodó “Matasiete”, a él le gustó y en la intimidad, se dejaba llamar sin protesta.

Pasaron los años y jamás olvidó el sobrenombre de guapo que le había impuesto ese abuelo que ya no estaba.

“Matasiete”, cuando se miraba al espejo se lo repetía y reía ante la ocurrencia.

Una vez había buscado de dónde se le ocurrió al abuelo ese nombre y encontró que fue una valiente y sangrienta batalla entre republicanos y españoles monárquicos, le gustó. Otra vez se enteró que los matasiete de Rosas eran patoteros que atacaban a los unitarios, no le interesó demasiado.

Con el tiempo se encontró en medio de una charla dictada por el historiador Ignacio Miranda, que citó a un italiano que vivía a orillas del arroyo Maldonado, antes que fuera entubado y se llamara avenida Juan B.Justo. Este hombre, llegado del sur de la península, era apodado Matasiete por sus amigos y vecinos, ya que él se autocalificaba como “verdulero de día y ladrón de noche”, pero -ladri de los pericolosos-, aclaraba, en su cocoliche, a quien lo oyese.

Con su media lengua quería imponer respeto ante los demás. Los amigos sabían, para su regocijo, que la mujer lo tenía cortito y el tano bajaba la vista y cerraba la boca ante los gritos y amenazas de la matrona. ¡Ni hablar cuando revoleaba la escoba o el palo de amasar!

Esta historia él no la conocía y allí descubrió la picaresca de su abuelo y la ironía del apodo. Se rió de la ocurrencia burlona que tuvo el anciano ante sus mentiras y exageraciones. A la distancia se sintió ridículo. ¡Cuántas tonterías se hacen en la vida!

Fue a la cómoda, agarró las dos piedras que tenía guardadas de recuerdo, se fue hasta la avenida que pasa sobre el Maldonado y las tiró por la alcantarilla del arroyo.

Lloró.

Por un instante volvió a ser Chunito.

 

Buenos Aires, catástrofe de 30 segundos.

La madrugada del 21 de abril,  a las 3 horas 22 minutos, aparentemente, un meteorito iluminó los cielos argentinos creando pánico entre los noctámbulos.

El fenómeno fue registrado a simple vista por la población que, sorprendida y asustada, pensó en un aviso divino o una invasión extraterrestre permitiendo, ante lo desconocido, que el pánico los dominara.

Técnicos y científicos reaccionaron tardíamente para explicar los hechos.

 El 13 de marzo anterior se había elegido a un argentino, cardenal Jorge Bergoglio, como Papa Francisco Jefe de la Cristiandad Católica mundial, quizás este nombramiento provocó que el común de la gente se volcara a iglesias y templos tiritando de miedo y pidiendo por su salvación.

Muchos descubrieron que Dios podía ser severo y aburrido, pero ponerse, una vez más, en manos del travieso y divertido Diablo no era aconsejable.

 

Esa mañana llegó la tormenta que se había iniciado, hacia ya diez días, en Brasil y bajaba hacia el sur atravesando nuestro litoral y mesopotamia con sus truenos, rayos y centellas.

 El diluvio no se hizo esperar. La Pampa húmeda recibió, en menos de tres horas, más de 120 milímetros de agua, o sea 120 litros por metro cuadrado.

Paraná, Córdoba, Santa Fé, Rosario, La Plata y Buenos Aires se vieron anegadas en minutos. Sus calles eran torrentes de agua que barrían con las viviendas precarias y llegaban a un metro de altura dentro de las casas que se mantenían en pié.

De inmediato, en medio de explosiones de obsoletas cámaras subterráneas de electricidad,  se suspendieron los servicios. Los cortes de luz y gas agravaron la caótica situación de la región más rica del país.

Pasaron las horas y la población, en una enérgica reacción solidaria puso manos a la obra en ayuda de los más perjudicados. Las organizaciones oficiales estaban atónitas ante semejante catástrofe y sólo confiaron en la ayuda espontánea del ciudadano común.

Fue una jornada triste y de grandes esfuerzos personales. No faltaron los delincuentes que saqueaban en medio de la desgracia ajena. Los voluntarios debieron tomar cartas en el asunto y hubo cruces de balas por todos lados. Recién al atardecer aparecieron unos botes de bomberos y de otras fuerzas de seguridad. Defensa Civil inició su trabajo llegando la noche.

Mientras tanto los dirigentes políticos opositores discutían sobre las obras viales y de seguridad que se deberían haber construido y no se hicieron por incapacidad, negligencia o corrupción. Los oficialistas mencionaban lo realizado y lo que se haría de ahora en más. Como de costumbre la dirigencia política debatía sin hacer.

En medio de la confusión que provocaba la lluvia, más las inundaciones ahogando gente y el agua arrastrando todo a su paso no se podía medir ni tener una idea aproximada de semejante catástrofe. En la inmensa oscuridad se escuchaban los gritos desesperados de la gente pidiendo ayuda. Los gemidos y pedidos de socorro eran silenciados con la muerte de los damnificados. La región era como un naufragio en medio del océano, con el agravante que los moribundos estaban en medio de la pampa. La corriente limpiaba llevándose automóviles, muebles, mascotas y cientos de cadáveres hacia el gran río y de ahí al mar. Luego al olvido. 

 De pronto, cerca de las 2 de la madrugada, se produjo un silencio total.

Buenos Aires, la paleta de pintor que nace en el Río de la Plata y se introduce en una de las praderas más ricas del mundo, habitada por una de las poblaciones más pobres del planeta (mérito de las malas políticas), permanecía en una quietud oscura y fría.

 

Fueron 30 segundos. Tembló la Ciudad de Buenos Aires y toda la región que la rodea.

 

Las aguas que inundaban fueron absorbidas, chupadas por la tierra. Todo vestigio de agua desapareció. Las grietas en los suelos secaron toda la superficie.

Por un instante la tierra tembló hinchándose unos 30 centímetros sobre sí misma para luego caer y hundirse más de un metro provocando un bache que llegaba a los límites de Luján.

En el centro y en los barrios, los edificios en torre comenzaron a caer como si fuesen casas de naipes y desaparecían chupados por el suelo lodoso y blando. Buenos Aires se estaba tragando a sí misma.

En minutos desapareció el Obelisco, nuestro emblema porteño. Poco a poco el barro y el agua hicieron que cientos de kilómetros cuadrados fueran fagocitados sin piedad  y solamente quedara un espejo de agua turbia donde hasta ayer se luciera orgullosa la ciudad más culta de América del Sur.

Balsas y botes mantenían apenas a unos pocos sobrevivientes que eran arrastrados hacia el este perdiéndose en el río que fuera color de león, hoy transformado en un gigante albañal a cielo abierto.

La clase dirigente nacional, Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, se habían reunido en el edificio del Congreso para fijar estrategias a seguir ante el extraordinario momento que debían soportar. El Palacio del Congreso, uno de las construcciones más altas y fuertes del país, comenzó a zozobrar y su cúpula a inclinarse dramáticamente cayendo sobre una masa informe de estiércol. De pronto una enorme ola de desechos, proveniente de las redes cloacales cubrió tan magno lugar no dejando rastro del edificio ni señal de vida.

Pasaron las horas y cesó la lluvia pero no la corriente de agua sucia que barría con todo a su paso.

Al amanecer una pequeña balsa con Don Pancho, el músico, y una parejita de jóvenes bailarines recalaron por lo que alguna vez fue la Plaza de Mayo, alcanzaron a ver parte de la escalinata de la Catedral y la imagen superior de la Pirámide.

Descendieron sobre los restos de las escaleras y notaron que el agua corría muy suavemente, que ya no era oscura y sucia, por el contrario era limpia. Cristalina como nunca habían visto.

Don Pancho les dijo, -¡Bueno acá comenzó todo, será hora de reiniciar!

Los jóvenes lo escucharon con atención. El viejo abrió una caja húmeda y sacó su instrumento. -¡Bailen chicos, festejemos la vida!

Comenzó a tocar el derruido fuelle. Al húmedo bandoneón logró arrancarle las notas del tango “Buenos Aires”. Los chicos, emocionados, bailaron mirando hacia el horizonte queriendo olvidar lo pasado.

El agua cristalina se estancó, y el charco se transformó en un espejo de agua, en el que se reflejaba el sol del nuevo día, que nacía para saludarlos.

  

 
 
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