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Archivo de la categoría: Cuentos policiales

EL PASAJERO DEL VUELO WAM 458 FILA 17-E

El vuelo WAM 458 de la Compañía Americana Latina West, ha despegado del aeropuerto en el horario previsto. Una hora cuarenta minutos de vuelo era el tiempo estimado para llegar a Maracaibo.

A los 85 minutos de vuelo una falla técnica.

La cordillera andina es el mudo testigo del accidente del vuelo WAM 458.

Rescatistas y montañeses han acudido en auxilio de las víctimas del siniestro.

Se han contabilizado 61 muertos incluyendo a la tripulación, piloto, co-piloto y dos azafatas. Los heridos son 15 de los cuales 9 están en grave estado.

Ha llamado la atención la falta de fuego, se deduce que el avión consumió todo su combustible y por ese motivo cayó. La investigación lo confirmará.

Los técnicos aeronáuticos sostienen, como fuerte hipótesis, que el accidente se produjo debido a  la formación, excesiva de hielo en las alas del avión.

La pérdida de potencia y el error en la maniobra serán los ejes centrales en la búsqueda de la verdad. Se ha encontrado que había exceso en el pasaje, demasiado equipaje y una carga mal estibada, motivos que se suman contra la estabilidad de la máquina.

Con respecto a los pasajeros se han atendido los heridos y un grupo especializado trabaja en la contención de los amigos y familiares de los occisos.

Las autopsias llevarán cierto tiempo, tiempo extenso para los deudos de los fallecidos.

Hasta aquí la trágica noticia, una más de las tantas que inundan periódicos y revistas resaltando nuestra humana fragilidad ante las catástrofes.

El vuelo WAM 458 encierra un misterio. No hay publicación al respecto.

De los cuerpos hallados, se detecta que el pasajero que viajaba en la “fila 17 asiento E”, fue asesinado  antes del accidente.

Confirmado: Ya estaba muerto antes de caer la aeronave.

El “17 E” viajaba bajo el nombre de Alfredo López. Después de realizados los estudios anatómicos pertinentes se detectó un punzón de acero, clavado entre la primera y segunda vértebras cervicales.

Quien lo haya hecho estaba sentado detrás y se presume sería zurdo, según la posición del trozo de metal incrustado en la nuca de la víctima.

De la lista de pasajeros se señala a la anciana Gloria Shupp como quien viajaba detrás del asesinado. La mujer no sobrevivió al accidente.

Al lado de la señora viajaba Walter Mayyer, también fallecido.

Llamó la atención que este hombre tuviera guantes puestos, así se lo encontró, y además era una persona con serios antecedentes policiales. Matón a sueldo y hombre peligroso. La investigación lo señala como el posible matador.

La hipótesis de trabajo es el por qué se mata a alguien en pleno vuelo. La respuesta podría ser que con una muerte silenciosa en el momento del descenso Walter Meyyer podría desaparecer sin llamar la atención. Y siguen las preguntas: Cuánto tiempo hubiera pasado hasta que intentaran despertar al pasajero dormido en el “17 E”, cuánto tiempo en dar la voz de alarma, cuánto tiempo necesita la burocracia para reaccionar. Cuánto tiempo necesita un profesional para esfumarse. Son cuestiones con respuestas que duelen.

Alfredo López, un ciudadano común, corredor de una firma de tractores no tiene vinculación alguna con su matador.

Los agentes de investigación policial deciden ahondar más en la búsqueda de la verdad.

Remiten a Interpol el legajo de la investigación y adjuntan todos los detalles antropométricos de ambos: víctima y victimario.

Interpol confirma que Walter Mayyer, Oscaldo Pacheco, Carlos Varela e Iginio Insúa son la misma persona con serios antecedentes como matón y asesino a sueldo. Buscado en varios países por sospecha de homicidio.

La gran sorpresa llegó por el lado de la víctima. Don Alfredo López, refugiado en Nicaragua, casi sin hablar español es en realidad el Coronel Viktor Kolvic. Acusado de crímenes de lesa humanidad en la llamada “Guerra de los Balcanes”. Buscado desde hace años.

Entre sus antecedentes se destaca haber masacrado a los habitantes de un pequeño pueblo en las afueras de Gorazde, donde sobrevivió una joven mujer llamada Gloria Juvic.

Esa joven mujer en la actualidad  resultó ser  Gloria Juvic viuda de Shupp.

Los interrogantes seguirán abiertos.

 

 

Almuerzo en el Club Social.

(Breve historia de un país con una justicia injusta)
Los jueces de la ciudad se reunieron en su almuerzo mensual. La tradición era encontrarse en el Club Social. Así se viene haciendo desde siempre.
Relajados y alegres se hallaban dispuestos a pasar una agradable velada.
El mozo se acercaba a la mesa trayendo los aperitivos.
Apoyó la bandeja en la mesita auxiliar y fue atendiendo a cada uno de los magistrados.
-¿Es usted el señor juez Lisandro Godoy?- quiso saber el hombre.
-¡Sí!, atienda que no soy de hablar con desconocidos- Firme pero educado, respondió volviendo a lo suyo.
El doctor escuchaba a uno de sus colegas.
El mozo sereno pero insistente le dijo:- Soy Carlos Fuentes, el padre de Gisela, la niña violada y asesinada por Luis Carlés. Asesino, condenado a cadena perpetua, que usted permitió saliera en libertad condicional hace un mes.
Lisandro Godoy, sorprendido apoyó su copa girando hacia el hombre.
Quedaron cara a cara. Los demás comensales hicieron silencio y apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
El afligido Carlos Fuentes, ante la injusta muerte de su hija, hizo algo que nunca se hubiera imaginado hacer.
Cinco fueron los tiros en el pecho que recibió el juez Lisandro Godoy.
Carlos Fuentes apoyó el arma homicida y se sentó como pudo al lado de la víctima.
-¡Mi hija ya descansa en paz!- y por fin pudo llorar.

 

LA ABUELA CLOTI Y EL NÚMERO 15.-

“ La venganza no es justicia pero ¡qué placer! ¿O no…?”

La abuela Clotilde entró a la agencia barrial y como siempre le jugó unos pesitos al número 15, “La niña bonita”, que es como le decía su papá hace ya muchos años. Jugar unos pesitos es su vicio inocente y único lujo.
Regresó a casa con su boleta y se preparó unos mates. Se puso los anteojos y abrió el diario. Le interesó un escrito que decía:
Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza “Los Andes” se encontró el cadáver de un ladrón, con importantes antecedentes, muerto por dos tiros en el estómago. En los últimos tiempos se sospecha que un maníaco serial está matando, sin hallarse aún, su metodología. Autoridades policiales y dirigentes políticos están muy preocupados por esta ola de violencia que se ha desatado.
***
Clotilde Muzzo Carlés, la abuela Clotilde, salía del banco. Acaba de cobrar su jubilación.
Dos jóvenes en moto se le acercan y de un manotazo le roban la cartera. La abuela Cloti cae al piso y humillada ve cómo se va su dinero por la cloaca.
Es una víctima más de una salidera bancaria. La viejecita de 1.45 metros de estatura y 44 kilogramos de peso ha sido robada por dos motochorros. Pasa a engrosar una larga lista de víctimas de la inseguridad urbana.
La abuelita siente que las grandes ciudades argentinas y sus alrededores se han llenado de ladronzuelos y rateros. Ella siente que están protegidos, bajo los más variados pretextos, por políticos y funcionarios ineptos o corruptos.
Piensa en el caso de los narcotraficantes que arreglan, su accionar, con la oligarquía política. Y muy bien asesorados hacen su agosto. Sólo son reprimidos por otros traficantes que disputan territorio.
Doña Clotilde está vieja e indefensa pero no es idiota, sabe que el mal ejemplo de arriba llega hasta muy abajo y no hay sociedad que aguante.
Ella ve que no hay reclamo que sea escuchado. Explicaciones y más explicaciones son las excusas que ponen los inoperantes mezclados con los funcionarios asociados al delito. La abuela Cloti sabe que el resultado es el mismo.
-¿Cómo puede ser que un país que dirigido, en casi toda su historia, por militares o abogados carezca de seguridad y justicia?- se pregunta asiduamente.
La señora hija de padre calabrés y madre catalana piensa que algo se debe hacer y no bajar los brazos pero ¿qué?…
Sus hijos quieren que viva con ellos o que se interne en una casa de retiro. Que no esté sola. Tienen miedo. La abuela defiende su libertad e independencia y no está dispuesta a negociar.
Cierta tarde en la televisión dieron una vieja película de Charles Bronson llamada “El vengador anónimo”. Un pobre hombre que ante el asesinato de su mujer y la violación de su hija decide tomar justicia por mano propia.
¡Ojalá fuera acá!, pensó. Y siguió con sus cosas.
Doña Cloti no se daba cuenta que con esa expresión señalaba su miedo y la pérdida de su seguridad. Ya no es la misma persona que salía, iba y venía tranquilamente. Ahora cerraba puertas y ventanas. Se encerraba en su celda familiar llamada hogar.
Un martes por la mañana iba acompañada por Nati, su hija. Era el día de su visita de rutina al médico. En plena luz del día, en la avenida Corrientes, cerca del Obelisco, zona céntrica si las hay, un descuidista le robó su cartera. Natalia pidió ayuda y cuando la policía llegó ya era tarde.
La abuelita Cloti mascullando bronca, de vuelta en su casa, puso en marcha un plan. Sería cruel pero su furia pudo más que ella. Sintió que el miedo la estaba enloqueciendo.
Pasó un tiempo encerrada en su casa y…
Buscó un contacto, allá en su barrio, con un lumpen medio mula y mandadero. Logró comprar una pistola calibre 22 con silenciador pero sin proyectiles.
Días después, con otro lumpen, consiguió las balas.
-Si yo los conozco, cómo puede ser que la policía los ignore- se decía.
Para ser carnada de la inseguridad debía tentar a los ladrones. Se le ocurrió comprar un teléfono móvil de última generación.
Sin advertir a nadie puso en marcha su plan.
Ya han pasado tres meses.
La abuela Cloti sigue en lo suyo, un plan siniestro y audaz, ahora su forma de mirar ya no es la misma.
Como todos los viernes jugó unos pesitos a su número favorito “el 15” y se fue para el centro. Se instaló en un banco de la llamada “Plaza de la República”, pegadita al Obelisco. Su apuesta es muy alta.
Sentada en el banco de la plaza, con su móvil a mano, fue amenazada por un joven, quien cuchilla en mano, se sentó a su lado y apoyando la punta filosa en el cuello de la viejecilla, le reclamó que le entregue el teléfono.
La abuela Cloti, sin inmutarse, lo saludo -¡Hola número 15!
El ratero la miró sorprendido. No tuvo tiempo a nada más.
Dos pequeños estallidos le reventaron el estómago.
La viejita se puso de pie, miró a izquierda y a derecha. Acomodó el cuerpo del muerto, guardó la cuchilla entre las ropas del ratero y se retiró lentamente.
Llegó a su casa, escondió el arma y dio por terminada su tarea. Ahora descansaría.
A la mañana siguiente salió, compró el diario. Llegó a su casa, se puso los anteojos y lo abrió. Le interesó el titular que decía:
“Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza … “

Y sigue la vida.

 

Asalto Nocturno

Fue en la fiesta de egresados que presté atención en Elizabeth. Muy bien producida, con un vestido rojo caro, muy caro y adornada con joyas de primera línea y exclusivas.

No la conocía, siempre me mantuve alejado de las mujeres feas. Mi éxito con las féminas no me permitía tratar con un bicho como ella. No sabía quién era hasta ese día.

-¡Ay!…¡cómo duele!…

-¡Felicitaciones abogado Claudio!- dijo Esteban levantando su copa.

-¡Felicitaciones doctor Esteban!- respondí en voz y gestos de agradecimiento, levantando, también, mi copa.

-No me entendés – corrigió.

-¿Qué no entiendo? – pregunté entre sorprendido y curioso.

-No es por nuestros títulos que brindo. ¡Es por tu suerte!

-¿Mi suerte?- seguía sin entender.

-Elizabeth te echó el ojo.

-¿Y?

-Y nada. Es la hija única del hombre más rico de sudamérica- tragó el último sorbo y se alejó sonriendo.

A partir de ese diálogo me dejé acercar a Elizabeth.

El amor tiene su precio y una buena vida también.

Después de unos pocos meses de romance nos casamos.

-¡Qué dolor!…

Nació Claudio Elio, con el nombre del padre y el de su ilustre abuelo, el super millonario. ¡Qué menos que eso!

 El niño, mi hijo, resultó ser tan metódico y racional como yo. Un témpano pensante.

Se sucedieron once años de soportar un amor pegajoso y vigilante. Sus celos enfermizos provocaron que decidiera deshacerme de ella. Debía ser cuidadoso con no perder mi prestigio y futura herencia.

Puse mi sangre fría e inteligencia al servicio del crimen perfecto. Fui ideando un plan donde los dos seríamos las víctimas.

 

Compre una cuchilla en la Feria Gaucha de Mataderos. La hice afilar a mano cosa de asegurarme las huellas dactilares de un desconocido. El expediente de la investigación dirá: huellas dactilares no identificables en el arma homicida.

Un extraño sin conexión alguna con nosotros.

Guardé la faca con cuidado.

Analicé una y otra vez la puesta en escena.

 Yo entraría encapuchado por la ventana del dormitorio, ventana a la que forzaré desde el exterior. Usaré una barreta para hacer poco ruido.

Tengo la certeza de que Elizabeth estará bien dormida porque se ayuda con pastillas.

La apuñalo, me hiero y con la pistola que estará sobre mi mesa de noche haré varios disparos que atraerán a las mucamas y con suerte a los vecinos.

El agresor huirá por donde entró. Me aseguraré que se encuentren huellas.

La policía hará pocas preguntas ya que se verán las marcas de mi pelea y las pisadas en el jardín.

Acudiré, pidiendo ayuda, a mi colega el Fiscal Joaquín Prieto Galmaz. Como amigo sabrá abreviar la gestión.

Antes, razoné, pasaré los seis meses previos haciendo una vida correcta y luego, después del incidente, continuaré como un asceta hasta que termine la investigación. Seré el viudo dolido por varios meses y, además, un padre perfecto e irreprochable.

Ser viudo es más interesante que ser soltero. Ya sabré aprovechar y disfrutar de mi nueva libertad.

Llego la noche esperada.

¡Duele mucho!…

Elizabeth acostó a Claudio Elio que no se sentía bien. Regresó al dormitorio, ingirió sus píldoras y se acostó.

Cerca de las 2.30 horas mientras ella dormía profundamente, encendí la luz de mi velador, me levanté e hice un poco de ruido. No se despertó.

Salí sigilosamente.

Ya en el parque me puse los zapatos de Andrés, el jardinero, y marqué huellas simulando pasos que llegan y se van.

Volví a calzarme mis pantuflas, me puse guantes y un pasamontañas negro. Imposible reconocerme.

Forcé la ventana con la barra de hierro y entré cuchilla en mano.

El plan marchaba a la perfección.

Junté coraje y le apliqué la primera puñalada. Ella dormida deja escapar un grito ahogado, presa del dolor y la sorpresa.

El asalto nocturno es un éxito.

A pesar de lo sorpresivo del ataque opone resistencia.

Desesperada se defiende como puede y alcanza a protegerse con las sábanas y la frazada. Se envuelve y se enrosca entre las cobijas. Hago un gran esfuerzo con mi izquierda para quitarle las mantas y asestar la segunda estocada con mi derecha. Me cuesta desarmarle el escudo que se formó alrededor de su cuerpo. ¡Por fin logro destaparla! Ahora podré asestar otra cuchillada.

Ella grita, gime, manotea al aire para alejarme.

Levanto el brazo derecho, el reflejo permite ver en las penumbras la hoja ensangrentada que voy a clavar en su cuerpo hasta dejarlo inerte.

Suena un estampido.

Me congelo del susto y llega el dolor agudo que huele a carne quemada.

Claudio Elio se sintió mal y se pasó a nuestra cama mientras yo preparaba mi ataque.

 El miedo y la embestida violenta lo sorprendieron, pero se mantuvo frío y lúcido.

Mientras yo, ciego de rencor y pánico, atacaba a Elizabeth, el niño tomó mi arma, apoyada sobre la mesa de luz, y disparó al intruso.

Estoy en la ambulancia desangrándome y siento que no resistiré. ¡Duele!

 Imposible llegar al hospital a tiempo.

¡Mejor así!

 

EL REGALO

A Hisch que con sus historias llenaba las pantallas.
Andrés Pérez Novillo cavaba en el fondo de la quinta y presuroso arrojó dentro del pozo los dos cuerpos.
Desde hacía quince años venía usando el dinero de su esposa y haciéndole los cuernos con cuanta joven mujer se le cruzara.
Como marido era el ejemplo de hombre amable, cariñoso y servicial. Ana Gloria lo amaba con todo su corazón y él sentía que lo ahogaba. Era el hombre consentido y mimado a más no poder, aficionado a la pesca. Sus correrías las practicaba al irse los fines de semana en busca de cardúmenes, dentro y fuera del agua.
Ana Gloria no escuchaba a su madre Inés Pual viuda de Ginés, quien cedió la dirección de la empresa familiar a su único yerno. Doña Inés había escuchado rumores dentro de la fábrica y en su momento advirtió a su hija. Ana Gloria no la escuchó y cerró el desagradable rumor pensando en la envidia que sentían aquellas pobres mujeres abandonadas en la plenitud de su incipiente madurez.
Habiendo hablado con Andrés y creyendo todas sus explicaciones siguió viviendo en el mejor de sus mundos.
Hace cosa de un mes, faltando unos días para su cumpleaños, Andrés propuso a su mujer que fuera a Necochea, acompañada de su madre a descansar y él terminaría con unos trabajos impostergables y luego se uniría al paseo un par de días antes del aniversario.
Ana Gloria hizo las reservas de hotel y preparó el automóvil para viajar tranquilas. Hubiese preferido ir en avión pero Andrés le pidió que llevara el auto. Saldrían el sábado de madrugada.
Él iría en cuanto terminara con unas entrevistas, volaría y luego pasearían, por la región, juntos hasta el regreso. Como es un apasionado del manejo sería el chofer de ambas mujeres.
La noche del viernes puso el plan en marcha.
Etelvina, la empleada doméstica, ya se había ido por todo el fin de semana.
Al caer la tarde, Andrés se puso a cavar en el fondo de la casa.
Ana Gloria sorprendida se acercó a curiosear en qué andaba su marido.
Sin advertencia alguna recibió un golpe de pala en la cabeza cayendo al piso. Su cuerpo inmóvil yacía entre las magnolias.
Andrés, simulando gritar, llamó nervioso a Inés, haciendo señas que la anciana no entendía.
Se acercó y al ver el cuerpo caído entre las flores corrió en su ayuda. El asesino no dudó y con un golpe certero en la base del cráneo mató a su suegra.
Ya era noche cerrada. Terminó de cavar y arrojó los dos cuerpos al fondo del pozo.
Los cubrió con tierra y disimuló lo removido con malvones y geranios mustios.
Se duchó y salió con el auto. Lo dejó cerca del viaducto de la avenida Iriarte donde inicia, o termina, la peligrosa villa miseria. Arrojó las llaves al piso y las carteras de las mujeres quedaron sobre las butacas delanteras.
Caminó un buen rato por las calles de Constitución y luego regresó a su casa.
Los guantes y la gorra pasamontaña, que le cubrieran el rostro las arrojó por separado en distintos recipientes de basuras que inundan la ciudad.
Ya instalado en su domicilio llamó a su primo para invitarlo a cenar. El pretexto era que estaba solo porque su mujer y su suegra habían partido hacia Necochea y prefería comer acompañado.
Fueron a uno de los tantos restaurantes de avenida Libertador y pasaron una agradable velada.
Andrés le comentó a su primo que tenía programado hacer un viaje a Europa a festejar su nuevo aniversario de casados. Sería una especie de segunda luna de miel.
Cerraron la noche con una buena copa y se despidieron hasta la próxima.
La tarde del sábado llamó al Hotel Gran Quequén y preguntó por Ana Gloria. Fingió sorpresa al escuchar que – Las señoras no han llegado- su interlocutora trató de calmarlo –Usted sabe, señor, el viaje es largo.
Andrés insistió y le recriminó a la telefonista en que habría un error. A su pedido, solícitos, los responsables del hotel fueron a la habitación 722 a verificar. Estaba libre.
Quedó en volver a llamar más tarde ya que posiblemente se entretuvieron por el camino.
Dejó pasar el tiempo.
Tomó el teléfono y llamó al hotel. La respuesta fue lacónica –No han llegado.
-Pero es casi media noche, no puede ser… Colgó.
De inmediato llamó a su amigo el Fiscal González Spietta y le explicó sobre su angustia por la desaparición de las dos mujeres.
Durante el día domingo fue informado que el automóvil fue hallado en poder de unos “dealers” del narcotráfico. Según declararon se apoderaron del auto abandonado por sus ladrones pero no sabían nada de las mujeres.
Idas y venidas durante cuatro días. Nada de nada.
El plan era un éxito, sólo un poco más de paciencia. Todo iba cerrando bien.
El viernes, día de su cumpleaños, a mediodía, lo llama Etelvina llorando, Andrés estaba reunido con dos de sus clientes.
-¿Qué pasa Etelvina?, ¿por qué llora?- insistió nervioso.
-Señor, estoy muy triste y emocionada…
-¿Por qué?, la tristeza la entiendo pero lo de la emoción. Me puede explicar por qué me llamó- le temblaban las manos y la voz, rápidamente pensó en alguna falla de su elaborado y bien concebido plan.
-Señor recordé que hoy es su cumpleaños y …
-Comprendo pero cálmese- ya respiraba mejor no estaba pasando nada especial.
-¡Es que la señora lo quería tanto!
-¡Sí Etelvina!, debo aprender a vivir sin ese amor que me prodigaba- ya se estaba fastidiando- ¡Bueno!, voy a colgar.
-¡No señor, no cuelgue!
-Es que estoy con gente y tengo cosas que hacer.
-Señor hace como dos horas llegó su regalo de cumpleaños.
-¿Cuál regalo?
– El que le hizo su señora.
-¡Por favor! Explíquese
– Su querida señora le regaló como sorpresa la pileta de natación que tanto quería y ya están excavando, donde ella misma les había dicho, en el fondo entre los geranios y magnolias.
Andrés colgó de inmediato.

 

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FÚTBOL, AGRESIÓN Y SECUESTRO.

La gloria para los mejores. Los demás ¿qué?

El automóvil nuevo de alta gama se detuvo frente al parador “El 73”, ubicado en la ruta provincial 21, casi cruce con el Camino de Cintura.
Se apoyaron contra el mostrador y eligieron un choripán y dos de chorizos a la pomarola.
Los sandwichs y el vino raspa raspa estaban deliciosos.
-El que me recomendó este lugar no exageró para nada- decía el mayor del grupo. Un hombre muy elegante vestido con ropa deportiva. Los jóvenes que lo acompañaban asintieron con la cabeza mientras mordían un trozo del manjar con el que se agasajaban.
El parrillero orgulloso los veía engullir con satisfacción.
El señor pagó dejando una generosa propina y el encargado los acompañó hasta el vehículo. La renguera no molestaba a su agilidad, llegó presto y les abrió la puerta en atención a su visita.
Partieron raudamente levantando polvo y el hombre los siguió con la vista mientras se alejaban rumbo a González Catán.
Allí se encuentra el campo de entrenamiento y los visitantes eran dos juveniles y su entrenador del equipo de fútbol.
La parrilla “El 73”(el rengo), no tiene punto fijo. Se queda unos días en un sitio y luego se traslada huyendo de los coimeros que lo aprietan para que pueda trabajar tranquilo. El hombre no quiere pagar y prefiere esconderse de los mafiosos y ciertas autoridades que hacen como que son la ley y están arreglados con cuanto trucho anda suelto.

Los pibes del barrio de monoblocks vieron al BMW con vidrios polarizados y se preguntaban quién sería el pesado que vino de visita. Al día siguiente el auto seguía estacionado y el polvo lo iba cubriendo de a poco.
El Pato, uno de los más atrevidos se acercó y dio unos golpecitos sobre el techo. Esperó unos minutos, no hubo reacción alguna. No sonó la alarma y nadie desde los departamentos lo retó o advirtió que dejara el auto en paz.
Aplicaron el sistema “piraña”, empezaron a robarse los cromados, el stéreo y las baratijas sueltas en el interior.
Medio Polvo decidió llevarse la rueda de auxilio y abrió el baúl. El olor a podrido lo espantó. ¡Bueno!, no tanto porque igual se llevó la rueda.
Salieron corriendo para nunca más volver.
El cadáver tenía una bolsa de plástico envolviéndole la cabeza.

Jorge ”Cuatro Manos” Barragán, había sido secuestrado. Pedían un rescate suculento. Sus amigos, familiares y el club estaban reuniendo el dinero. Necesitaban un poco de tiempo, tiempo que según los resultados no fue concedido.

Los bomberos rodearon el vehículo y la policía científica participó en el rescate y estudio del cuerpo.
Del auto no se pudo analizar demasiado porque los pibes chorros lo habían desmantelado y dejaron sus huellas por todas partes.
El cuerpo indicaba que fue torturado por marcas que le encontraron, aunque dichas marcas podrían ser golpes del entrenamiento. Sí, se destacaba la saña con que le fracturaron sus piernas y el modo en que le molieron sus rodillas. Se supone que fueron varios y querían sonsacarle algún dato preciso. Se pensó en las drogas y no se encontró el camino a investigar.
La noticia fue escueta. El diario “Crónica” decía en policiales: Fue hallado el cuerpo sin vida del hoy entrenador y conocido arquero de los 90 que hizo vibrar a la afición deportiva. El pueblo futbolero llora su muerte.

El Doctor Raúl Alfonsín acaba de asumir como el Presidente Constitucional del Pueblo de la Nación Argentina, la democracia está de fiesta.
-Mirá pibe, este domingo es tu último partido en Argentina, Italia te espera. Si seguís jugando así serás la estrella de Europa y la vida, la riqueza y los honores te sonreirán. Cuidate las piernas y lucite ante los tanos que el lunes tomamos el avión.
José “El Balazo” Elías escuchaba con atención. Una vez instalado se llevaría a la vieja y a sus hermanitos a vivir como reyes. Con la novia se casaría en la mejor iglesia que encuentren y juntos volverían de vacaciones a visitar a los pibes del barrio. Basta de mishiadura y apretarse el cinturón, ¡por fin rendían los frutos de tanto entrenamiento!
Minuto 35 del segundo tiempo, el Gordo Muñoz narra el avance de Elías y anuncia el “peligro de gol”.
El pibe se desmarca y avanza con velocidad hacia el centro del área, se acerca la gloria y no la puede dejar escapar. Las hinchadas gritan emocionadas. La rival desaforada pide ¡sangre!
Cuatro Manos se interpone y cuando Elías está cerca se le arroja con los tapones de punta a las rodillas del delantero.
¡Silencio!
Las tribunas callan y Elías pierde su gloria y su rodilla derecha. Él no lo sabe pero nunca más jugará al fútbol.
Desde el hospital declara perdonar a Barragán y que será sometido a varias cirujías para volver a jugar en seis meses.

Pasaron más de veinte años. José Elías sin profesión conocida, sumido en la pobreza y olvidado, con sus hermanos regentea un carro de choripanes.
Es Nadie, lejos del fútbol y sin rencores. No hay tiempo, la pobreza te obliga a pelear a cada minuto y no hay tiempo para más.
Aquel día lo tuvo a mano, lo había olvidado, sintió la diferencia de la injusticia. -Él un señor, yo un pordiosero sin derecho a una vida- se dijo bebiendo un poco de su vino agrio.
José “El Balazo” Elías lee la noticia de la muerte de Jorge “Cuatro Manos” Barragán. Levanta la vista al horizonte y olvidando su cirrosis terminal, sonríe.

 

31 DE DICIEMBRE, SERÁ NOTICIA

María Juana, madre soltera, viaja con su hijo Juan en el ómnibus que acaba de cruzar al Paraguay.
Había visto un informe televisivo, hacía unos meses, donde se resaltaba el escaso control aduanero. No es que sea contrabandista, ¡no!, pero pensaba irse de Buenos Aires sin llamar la atención.
Decidió que sería interesante cruzar la frontera desde Argentina en micro ya que nadie pide la documentación personal y ella prefiere mantener se de incógnita.
Ya más tranquila en tierra extranjera consultó su reloj, eran las 14.25 horas del día 31 de diciembre.
Los festejos de fin del año en Argentina se habían iniciado el día 30 y no habría actividad hasta el lunes 5 de enero, María Juana había partido hacía menos de veinticuatro horas. Pronto llegaría al aeropuerto.
Si todo salía según lo previsto, el 1°de enero estaría almorzando en Madrid.
Después, ya más descansada y menos ansiosa decidiría dónde instalarse.
En el Banco Nacional del aeropuerto depositaría el dinero y sólo se quedaría con las alhajas.
José de Zuloaga y Gesiral había aceptado casarse con ella. El día 7 de enero, apenas aterrizada cumplirían con la ceremonia civil, luego José adoptaría al niño y así ambos, madre e hijo, tendrían un nuevo apellido. –¡Internet logra milagros!- se decía.
Tener todo preparado y bien estudiado le daba la seguridad de cerrar con éxito su venganza y quedar fuera de sospecha o por lo menos de que la atrapen.
-Que busquen a María Juana Benítez, ¿a ver si la encuentran?
Hacía nueve años que Pedro Estibell, la había contratado como mucama con cama adentro.
En los fondos de la vivienda había una pequeña habitación, antiguo palomar, con un baño. Allí fue alojada.
No sólo limpiaba y cocinaba, también atendía al público de la mercería. Se consideraba casi una esclava. Le había manifestado al matrimonio que deseaba un poco de tiempo libre y mejor paga. Pedro le había prometido que en cuanto cambiara la situación le duplicaba el sueldo y que una vez que preparara la cena podía tomarse la tarde de los sábados y, también, los domingos libres.
El señor de la casa se transformó en la cordialidad en suma pureza y hasta le confesó que pensaba en separarse de Hilda, su mujer, porque ya no se querían.
La situación fue tornándose cada vez más íntima hasta que ella por caridad, comprensión o por tonta, ¡nomás!, aflojó y un fin de semana que estuvieron solos tuvieron sexo. Ella mucho más joven que Pedro sintió que él rejuvenecía. Así nació un amor clandestino.
Pedro no cumplía con su promesa de separación y María Juana quedó embarazada. El padre, según lo convenido, fue un desconocido de un baile y allí se instaló la gran mentira y la semilla del final trágico.
Durante años Pedro la entretuvo y María Juana trató de ser paciente.
Ese mes de octubre que Juancito cumplía años vinieron amiguitos del colegio e hicieron travesuras y mucho bochinche que enojó a sus patrones.
Tuvo una seria discusión con Hilda y Pedro. Ambos le pidieron que buscara otro empleo y un espacio donde vivir ya que el niño era una molestia y no lo aguantaban más.
Furiosa por lo incómodo de su situación, al no tener familia ni haber hecho amigos siendo casi una reclusa de los Estibell, no teniendo dónde caerse muerta y con la responsabilidad de un hijo pensó en una salida.
Pidió disculpas al matrimonio para ganar tiempo y después de este primer paso armó todo un entramado para escapar sin ser vista.
Por internet se encontró en un “sitio del corazón” con el valenciano José. Ella es una viuda comerciante con un pequeño hijo y allá en Valencia, juntos podrían atender la taberna de la cual él es el único propietario.
Para la cena del 31 de diciembre le preparó al matrimonio esa crema chantilly tan sabrosa que tanto les gusta y con la que suele agasajarlos.
Los dos copones quedaron guardados en el refrigerador, ya que las frutillas con crema se deben gustar bien frías.
*****
El altavoz del avión anunciaba la llegada a Madrid, María Juana cerró el libro inspirador que hablaba de la pócima destructiva llamada “cantarella”.
Hasta el martes 6 de enero, Día de los Reyes Magos, nadie notaría el fallecimiento de los Estibell ni la ausencia de quien fuera en la otra vida María Juana Benítez.

 

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