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Archivo de la categoría: Cuentos policiales

31 DE DICIEMBRE, SERÁ NOTICIA

María Juana, madre soltera, viaja con su hijo Juan en el ómnibus que acaba de cruzar al Paraguay.
Había visto un informe televisivo, hacía unos meses, donde se resaltaba el escaso control aduanero. No es que sea contrabandista, ¡no!, pero pensaba irse de Buenos Aires sin llamar la atención.
Decidió que sería interesante cruzar la frontera desde Argentina en micro ya que nadie pide la documentación personal y ella prefiere mantener se de incógnita.
Ya más tranquila en tierra extranjera consultó su reloj, eran las 14.25 horas del día 31 de diciembre.
Los festejos de fin del año en Argentina se habían iniciado el día 30 y no habría actividad hasta el lunes 5 de enero, María Juana había partido hacía menos de veinticuatro horas. Pronto llegaría al aeropuerto.
Si todo salía según lo previsto, el 1°de enero estaría almorzando en Madrid.
Después, ya más descansada y menos ansiosa decidiría dónde instalarse.
En el Banco Nacional del aeropuerto depositaría el dinero y sólo se quedaría con las alhajas.
José de Zuloaga y Gesiral había aceptado casarse con ella. El día 7 de enero, apenas aterrizada cumplirían con la ceremonia civil, luego José adoptaría al niño y así ambos, madre e hijo, tendrían un nuevo apellido. –¡Internet logra milagros!- se decía.
Tener todo preparado y bien estudiado le daba la seguridad de cerrar con éxito su venganza y quedar fuera de sospecha o por lo menos de que la atrapen.
-Que busquen a María Juana Benítez, ¿a ver si la encuentran?
Hacía nueve años que Pedro Estibell, la había contratado como mucama con cama adentro.
En los fondos de la vivienda había una pequeña habitación, antiguo palomar, con un baño. Allí fue alojada.
No sólo limpiaba y cocinaba, también atendía al público de la mercería. Se consideraba casi una esclava. Le había manifestado al matrimonio que deseaba un poco de tiempo libre y mejor paga. Pedro le había prometido que en cuanto cambiara la situación le duplicaba el sueldo y que una vez que preparara la cena podía tomarse la tarde de los sábados y, también, los domingos libres.
El señor de la casa se transformó en la cordialidad en suma pureza y hasta le confesó que pensaba en separarse de Hilda, su mujer, porque ya no se querían.
La situación fue tornándose cada vez más íntima hasta que ella por caridad, comprensión o por tonta, ¡nomás!, aflojó y un fin de semana que estuvieron solos tuvieron sexo. Ella mucho más joven que Pedro sintió que él rejuvenecía. Así nació un amor clandestino.
Pedro no cumplía con su promesa de separación y María Juana quedó embarazada. El padre, según lo convenido, fue un desconocido de un baile y allí se instaló la gran mentira y la semilla del final trágico.
Durante años Pedro la entretuvo y María Juana trató de ser paciente.
Ese mes de octubre que Juancito cumplía años vinieron amiguitos del colegio e hicieron travesuras y mucho bochinche que enojó a sus patrones.
Tuvo una seria discusión con Hilda y Pedro. Ambos le pidieron que buscara otro empleo y un espacio donde vivir ya que el niño era una molestia y no lo aguantaban más.
Furiosa por lo incómodo de su situación, al no tener familia ni haber hecho amigos siendo casi una reclusa de los Estibell, no teniendo dónde caerse muerta y con la responsabilidad de un hijo pensó en una salida.
Pidió disculpas al matrimonio para ganar tiempo y después de este primer paso armó todo un entramado para escapar sin ser vista.
Por internet se encontró en un “sitio del corazón” con el valenciano José. Ella es una viuda comerciante con un pequeño hijo y allá en Valencia, juntos podrían atender la taberna de la cual él es el único propietario.
Para la cena del 31 de diciembre le preparó al matrimonio esa crema chantilly tan sabrosa que tanto les gusta y con la que suele agasajarlos.
Los dos copones quedaron guardados en el refrigerador, ya que las frutillas con crema se deben gustar bien frías.
*****
El altavoz del avión anunciaba la llegada a Madrid, María Juana cerró el libro inspirador que hablaba de la pócima destructiva llamada “cantarella”.
Hasta el martes 6 de enero, Día de los Reyes Magos, nadie notaría el fallecimiento de los Estibell ni la ausencia de quien fuera en la otra vida María Juana Benítez.

 

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LA CITA

-Quedamos a las cinco y media y aquí estoy.

 Me voy a la mesa que da al parque. Las plantas y las flores dan clima.

¿Será alguno de los estos tipos?

No creo. Le dije que traería un vestido verde suave y cartera haciendo juego.

Me vieron entrar pero ninguno se movió.

-Señora ¿Toma algo?- el mozo interrumpe sus pensamientos.

-Espero a una persona, luego le pido.

Aquel de la izquierda me mira con insistencia. ¡Hum!, no es mi tipo y además me hace acordar a Enrique, ese mentiroso que me dejó por una mocosa que no vale nada. Me dijo que era la hija de su prima, ¡vaya sobrinita! Y como una idiota me lo creí, si no fuera por la portera que me dijo –Señora Gladys, el señor Enrique le está jugando sucio- todavía sería una flor de cornuda.

Mejor pido un café y me enciendo un pucho. No me gusta esperar. Ya empezamos mal.

-¡Mozo, mozo. Un cortado, por favor !

El color del vestido es lo de menos. Le comenté de mis ojos verdes y mi piel blanca, ahora que me miro bien esta piel está un poco ajada. Esta noche me doy un baño de crema y de paso empiezo a hacer gimnasia, estas rodillas huesudas me dan espanto y estas carnes caídas me asustan.

Le hablé de mi pelo rubio rojizo. Parece paja seca pero el color se mantiene.

¡Ay!, será ese que entra. Voy a mirar para otro lado. Que se acerque y se presente.

-¡Disculpe, señorita!

-¡Estee!¿Sí?

-Su cortado.

-¡Gracias!

 No era el que entró. Allí está con el gordo de gris, ese gordo me hace pensar en Juan. ¡Cómo engordó!, cuando lo conocí era un atleta y mirá hoy, es una bola de grasa. ¡Qué lindo era y qué amante! ¡Qué verano pasamos!

Si nos hubiésemos casado hoy sería otra gorda viviendo con un obeso. ¿Quién me quita la tranquilidad que tengo ahora? ¡Nada ni nadie! Fue una simple despedida.

¡Ché, este no viene! ¡Me dejó plantada! Peor para él.

Esta noche entro al sitio web de las solitarias y busco otra cita.

 

 

Al otro lado de la confitería en la mesa contra la columna.

 

 

-Señor, su café. Linda la rubia ¿no?

-¡Eh!  Disculpe estaba distraído y no lo escuchaba.

- ¡Sí!, me di cuenta por cómo la miraba. Me dijo que está esperando a alguien.

-¡Gracias mozo!, ¡vaya!, ¡vaya!

Si no hago así a este tipo no me lo despego más.

Está nerviosa.

 Es un poco huesuda pero la veterana se ve muy bien.

Los fierros y las piedras son de calidad, seguro tiene un lindo bulo.

¡Pucha!

 ¡Qué lástima que este metido me haya tenido en cuenta!

 Si a esta flaca le pasa algo, el mozo seguro me recuerda.

 ¡Mejor la dejo ir!

¡Hoy es tu día de suerte viejita!

Ya encontraré otra víctima.

 

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EL LEGADO

La mañana era fría, lluviosa y no sentía placer al tener que salir.

Las calles húmedas y grises acompañaban mi curiosidad.

Jamás creí vivir semejante situación.

Así se dieron las cosas.

La reunión se llevó a cabo en la galería central. Última oficina, al fondo.

Mis primos, mi tío, los abogados y los médicos esperaban. Llegué justo a horario. Escuché las campanadas del viejo reloj dando las diez horas.

En la mesa central estaba el cofre. El abogado de la familia lo abrió y entregó el sobre lacrado al notario oficial.

Éste lo revisó comprobando que los sellos estaban intactos.

-Señores-dijo-iniciaremos el acto con la apertura del sobre y lectura del legado de doña Esperanza Bravante Espinoza de Robles.

Un gran silencio invadió la reunión.

Se leía en los rostros la angustia y curiosidad de los presentes, excepto de mi tío Gerardo.

El documento decía, según recuerdo, más o menos así:

                                                       Cuando se lea este documento es porque ya no pertenezco a este mundo. Con mis facultades mentales en plenitud y sano juicio he decidido repartir la herencia familiar de las cuales soy la administradora y única heredera. Por ello con mi abogado y médico de cabecera como testigos es que:

                                                       Dejo a mis queridos hijos todas mis alhajas y propiedades. A mi fiel sobrino (yo) la cabaña a orillas del mar. Al hospital de Maternos, del cual mi madre fue la fundadora, los pisos de la avenida Las Heras y sus ganancias de alquileres.

Si mi fallecimiento sucediera de forma natural, lego a mi leal marido, la renta de mis campos…

Así concluyó la lectura.

Silencio absoluto.

Sólo tío gesticuló mascullando algo.

Todos sin excepción, comprendimos o creímos comprender la naturaleza del extraño e incomprensible accidente que sufriera tía Esperanza.

 

 

El monograma

1955 fue el año en que los partidos y movimientos políticos, tanto los civiles como los militares afilaron sus garras y se mostraron tal cual eran. Así se aceleró la involución argentina que pareciera no terminar nunca.

Finito, el sastre del barrio, hombre apolítico como pocos, se ocupaba de su negocio y de sí mismo. No había mayor meta en su vida que su propia vida y no tenía empacho en remarcar su egocéntrica creencia.

Gustaba usar las iniciales que lo identificaban “SF”, de las que nunca se supo el significado ya que todos lo conocían como Finito a secas, apodo que respondía a su silueta flaca en demasía. Hoy se lo consideraría un anoréxico pero en aquella época se miraba al mundo de otra forma.

Corbatas, camisas, pañuelos y, supongo, su ropa interior tenían el monograma “SF”. La vidriera de su taller estaba señalada con letras enormes que eran, por supuesto, SF.

Era una moda muy difundida el inscribir las iniciales de los nombres en relojes, llaveros, trabas de corbatas, estilográficas y en cuanto elemento propio se deseaba personalizar. Daba cierta categoría tener monograma.

Finito era un hombre al que le gustaba viajar y sus valijas de cuero negro lucían las “SF” en letras doradas.

Casado con cuatro hijos trabajaba de sol a sol para mantener un buen nivel de vida. Familia típica de clase media.

No tenía tiempo ni interés en participar de otra cosa que no fuera su sastrería.

Su mujer una mendocina buena como el pan era su amada compañera y era la responsable de la casa y los niños.

Los familiares de Etelvina vivían lejos, cada tanto se subían al Cuyano y bajaban a Buenos Aires a quedarse unos días. De Finito jamás se vieron parientes, sí muchos amigos.

Allá por el mes de agosto recibieron a Lisandro, primo segundo de ella y marino retirado. Hombre con gran acercamiento hacia Finito ya que ambos gustaban del jazz y el folklore nacional. Se pasaban horas, durante las noches, escuchando en la victrola los discos de pasta con las canciones de su agrado.

Lisandro les comentó que estaba por abrir un negocio de importación de herramientas y que pronto viajaría a EEUU, para ser más precisos a Wisconsin, y que de allí se haría el abastecimiento necesario.

Finito escuchó a este primo con entusiasmo ya que creía en el trabajo y en la modernización de la industria. Le pidió que le trajera novedades en maquinaria para el mundo de la costura porque quizás agrandaría el taller. Todo dependía de los costos y de un crédito que había pedido en el Banco de la Nación, único banco de confianza allá en los 50.

Lisandro se fue con la promesa de ayudarlo y se llevó en calidad de préstamo una de las valijas de cuero negro con el monograma dorado. -No importa que no sean mis iniciales, las tapo con un papel y listo- fue su comentario ante la observación de Etelvina.

La vida siguió su curso aunque en una sociedad agitada como pocas veces se había visto.

Los bombardeos de argentinos contra argentinos, la quema de las iglesias, la ley del agio que no frenaba la inflación y la inestabilidad política movilizaba odios y rencores de grandes y jóvenes. No había día en que los rumores no hablaran sobre traiciones y detenciones. El común de la gente quería vivir en paz pero esta señora Paz se estaba escabullendo por la alcantarilla.

Esa mañana Etelvina regresó agitada ya que las noticias, que acababa de escuchar en la carnicería, la habían sorprendido y asustado.

Las noticias de radio “Porteña” habían nombrado a su primo Lisandro y no había entendido en qué asunto estaba metido.

-No puede ser tu primo, se fue a Wisconsin y allá está comprando herramientas.

-¿Vos crees viejo? ¿Habré escuchado mal entonces?

-Tu primo es un hombre respetable, es marino y padre de familia. Está todo dicho ¿no es así?

-Si vos lo decís.

No se habló más del asunto.

Pasaron un par de días y un tal Puente, amigo de Lisandro se presentó en la sastrería.

-¡Buen día!

-Que sean buenos para los dos- fue la respuesta de Finito.

-Soy amigo de Lisandro y le quiero entregar un dinero, ¿sabe dónde lo puedo encontrar?

-Está lejos, en Wisconsin.

-¿Hace mucho que no lo ve?

-Y…más de una semana, antes del viaje.

-Bueno si aparece me hace el favor y le dice que tengo lo suyo que me llame.

-¡Cómo no! ¡Buenos días!

A la mañana siguiente Finito, como de costumbre, desayunó unos mates, tomó el diario, y se propuso leer “Noticias Gráficas”. Sentado en la comodidad de su hogar empalideció ante la noticia: “Un grupo insurrecto enemigo de la Patria fue detenido en los sótanos de la iglesia “La Medalla Milagrosa” con panfletos llenos de mentiras contra el gobierno nacional y con partituras de una canción llamada “La Marcha de la Libertad”. Lisandro Martínez, marino retirado ha sido detenido con el material apátrida. Coordinación Federal participa en la investigación en busca de los cómplices fugados.

Con voz titubeante releyó, tamaña noticia, para Etelvina.

-¡Me cuesta creer que Lisandro sea un delincuente!

-Finito vivimos una época de locos, ya no se puede confiar en nadie. ¡Espera que me lo encuentre todo lo que le voy a decir!, creo que le voy a arrancar los ojos por tonto.

-¿De qué sirve la política si no es sólo para traer problemas? Por eso soy apolítico. Soy un hombre decente y vivo de mi trabajo- se dijo en voz bien alta. Se repitió varias veces lo de ser un hombre apolítico y de trabajo, pensó que así perdería el miedo que sentía.

Ya estaba en su taller cuando llegó “el autito”, así le decían al móvil policial, y a Finito se lo llevaron por averiguación de antecedentes. Puente, el extraño visitante, estaba en el asiento de atrás.

-Insisto Señor soy apolítico y vivo de mi trabajo-. Le repetía a cuanto interrogador se le presentaba.

La respuesta de los tiras fue contundente: le presentaron la valija de cuero negro con el monograma “SF” de color dorado.

Quiso repetir una vez más que era apol… pero el retumbar de la pesada puerta de la celda ahogó su clamor.

La triste historia de los Finitos no nació ni murió allí, se  viene repitiendo. Mientras tanto la mayoría silenciosa vive de su  trabajo.

 

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EXTORSIÓN

El imponente edificio, en medio del parque, dentro de la zona industrial, con su colorido rojo en la nave central, el blanco en la región de producción y el azul intenso en el sector del abastecimiento, daba la sensación de un inmenso buque tricolor navegando en un océano verde.

Desde hacía ya seis años el crecimiento  de la empresa era permanente y avasallante. La racionalización de personal, la disminución de los gastos y certeras medidas económicas, permitían vislumbrar un próspero y tranquilo futuro entre sus directivos.

Aquél miércoles, la agitación en el sector administrativo, se hallaba en su cúspide. La voz suave de la secretaria dijo:

-¡Señor!

-¡Sí!, ¿qué pasa?

-Llamada para usted.

-¿Quién es?

-No sé, no se entiende bien. Pidieron por usted, dice ser el señor Fernández.

-A ver. ¡Sí!, ¿quién habla?

-Soy un amigo, aunque usted no me conoce, me llamo Fernández, represento a un importante grupo económico, que está siendo perjudicado por la nueva línea de montaje que usan en la empresa.

-Pero yo… ¿Qué puedo hacer?

-Señor, esto no es broma, no queremos que pase nada en la fábrica, ni que usted salga lastimado…

-¿Cómo dijo?

-Desde hace unos meses lo venimos vigilando, conocemos todos sus movimientos. Tomo como ejemplo el hecho de que su hija debe mejorar el revés de tenis…

-¡Hola…hola!

 

Javier Fraga Irurzú, fue quien recibió el aviso. De inmediato solicitó una reunión con el Director General.

Informó del extraño llamado y pidió se tomen medidas.

Los del Consejo Directivo decidieron esperar un poco para ver qué habría de cierto, si no sería una broma de mal gusto o  una intimidación más. También fijaron una estrategia.

 

Javier como aficionado a los relatos policiales, pensó, de inmediato, en llevar un diario de los hechos .

Quería autoconvencerse de que esto no podía ser más que una mala broma.

A pesar de su esfuerzo intelectual, por su cabeza, corrían todo tipo de conjeturas .

Así inició un diario, estos son sus escritos:

 

*Miércoles 19 de Mayo. Hora 14.10. Recibo una comunicación telefónica. Un tal Fernández me advierte por nuestra seguridad. Avisé al viejo. No sé si lo tomó en serio, tampoco sé si yo creo en esa llamada.

 

*Jueves 20. Hora 9.30 Fernández me volvió a llamar. Traté de registrar nuestra conversación. No se oye nada, debía haber llamado a un profesional. Con amabilidad, me reiteró la exigencia de desarmar la línea de montaje. Colgó. Di aviso al Director General , de inmediato hicimos la denuncia policial. Me estoy preocupando. No diré nada a mi familia, sólo les pediré precaución como una rutina. Inventaré alguna historia.

 

Javier no sabía cómo organizarse para no llamar la atención ante quienes lo rodeaban y en cómo mantenerse lúcido ante las exigencias de su labor.

Sus pensamientos y su tiempo estaban en el telefóno, horas encerrado en la oficina, esperando…

Ante los requerimientos respondía, por lo general, de esperar un poco, que estudiaría el caso, que luego los vería …usaba una gran variedad de pretextos que iban mostrando un brusco cambio en su estilo.

Quería disimular y sentía que se delataba, no quería pensar y se obsesionaba con la amenaza. La lucha interna se iba transformando en una feroz batalla.

La policía, por su parte, minimizaba la situación y para tranquilizarlo lo invitaban a que pasara  por la seccional o ante la menor sospecha que no dejara de avisarles. Él no confiaba en la seguridad policial pero qué hacer…se sentía solo.

 

*Viernes 21. Hora 14.20  -¡Hola!…¿sabe quién soy?, -¡Sí!-respondí-Fernández.

Así comenzó el llamado de hoy. Dio plazo hasta el próximo viernes, para que desmontemos las millonarias instalaciones,o , a cambio, tendremos que pagar una indemnización. Me volverá a llamar. Ya di el aviso arriba. Me  piden que continúe negociando, que gane tiempo.

Me siento distinto, como si fuera una mezcla de héroe con idiota. Supongo que es el miedo.

 

Javier ese fin de semana partió, con su familia , a Montevideo. Sentía y necesitaba escapar de la presión que lo agobiaba. Caminar por la costa, tomar un café en la avenida 18 de julio y ver viejos amigos le haría bien…también a su familia.

 

*Lunes 24. Hora 14.10. Todos me dicen que tengo mala cara. Me hago el enfermo. Otra vez llamó .Le dije que pasé su mensaje a la Dirección, que era difícil desarmar la línea de montaje, que no quería agresión hacia la empresa ni hacia mí. Me citó, para hablar de  números, en el Bar del Golf de Palermo. Debo ir el próximo miércoles a las 9hs.

 

La demostración de audacia, del tal Fernández, desorientó a Javier. La junta Directiva, sostenía que no se presentaría, que era una bravuconada de un maniático.

Parte del personal administrativo, ya, notaba que algo raro estaba aconteciendo. Se reiteró la denuncia policial, en la que se informó de la extraña invitación de este personaje. Se reforzó la seguridad en la fábrica.

Uno de los directivos lo quería acompañar, pero la cita era a solas, era probable que a Javier lo estuvieran observando a distancia. No se debían correr riesgos. Los especialistas harían lo suyo.

 

*Miércoles 26. Hora 9  Siendo las 8.55hs, llegué al lugar según lo convenido.

Entré mirando a todos lados y me senté cerca de la puerta principal. Mi corazón martillaba con fuerza. Mis conjeturas decían que no vendría, que esto no podía estar sucediendo. Tenía las piernas flojas. Se acercó el mozo y por mi nombre me indicó, que aquél señor, “mi amigo”, me llamaba a su mesa. Se me cayó el cielo encima.

Nos saludamos y me senté frente a él. Alto, peinado tradicional, elegante en el vestir, con gestos suaves y distinguidos, no desentonaba en ese ámbito, parecía un golfista más. Nuestro diálogo fue casi un monólogo, habló mucho sin proferir amenazas. Me pidió un millón de  dólares por nuestra seguridad. Negociamos nuestros plazos y después, de lo que para mí fue un tiempo interminable, nos despedimos. La policía no se hizo presente y él se sintió fuerte y confiado al verme solo. Esto, no me gustó nada.

 

Cuando Javier regresó a la fábrica, narró lo ocurrido. El acento lo puso en la ausencia policial y en la audacia del maniático, término que nunca lo convenció.

Ahora sabían que la voz tenía un cuerpo, que todo era real y concreto.

Hizo notar que durante el tiempo transcurrido se sintió como prisionero. Que fueron dos horas interminables.

Tanto el delincuente como él, siempre hablaron en plural, uno a nombre de la empresa y el otro en nombre de las personas perjudicadas.

Los demás directivos le hicieron notar que no creían en que hay más gente detrás de este molesto asunto.

 

*Jueves 27. Hora 8.30  Hoy llamó aunque todavía no venció el plazo otorgado por él mismo. Quería saber cómo iban las gestiones. Con carteles me asesoraron para que alargara la conversación y así rastrear la llamada. No se pudo grabar, ni se localizó dónde estaba. Traté de obtener más tiempo y discutir el pago. Me llamará.

 

*Viernes 28. Hora 12.30  Volvió  a comunicarse para avisar que había terminado el plazo otorgado. Me advirtió de una futura explosión en la planta fabril y que pensara que la vida de los obreros y la mía, valían más de lo que ellos pedían. Le expliqué lo difícil de tamaña decisión y que continuáramos con la negociación. Me llamará.

 

Ese fin de semana, Javier habló  con su mujer, informándola de lo que estaba sucediendo. Le mintió con respecto a la tranquilidad que le brindaba la policía  y de la seguridad de la empresa. Trató de calmarla, que se comportara con entereza frente a los niños y que tuviera paciencia, mucha paciencia…

Tuvo dos entrevistas, la primera con su abogado, el que le desaconsejaba seguir adelante con esta locura. Su pedido fue directo, quería tener todos sus papeles en orden y no discutir el tema, él no había elegido ser víctima o intermediario en este asunto, pero así estaban las cosas. Se mantendrían en contacto.

El segundo encuentro fue con un antiguo compañero de estudios, que había pasado por una experiencia parecida y estaba dispuesto a esclarecerle las ideas. Lo que más lo impactó, fue que Alberto le hablara de lo peligroso e inseguro que era el tema de la extorsión industrial, poniendo énfasis en la falta de confianza en todo lo atinente a la seguridad. Le dijo, entre otras cosas, ”hay gente capaz de cualquier cosa , algunos están en los arreglos y los otros no pueden actuar libremente”. Le aconsejaba cautela y se despidió lamentando profundamente su situación y le deseó suerte.

 Sonó lapidario.

 

*Lunes 31. Hora 8.30  Hoy se montó un operativo de escucha y búsqueda telefónica.

No llamó.

A las 16hs, por una línea, muy privada , sin vigilancia , Fernández, hizo contacto. Fue rápido, le pedí otra entrevista a la que se sumará el Director General, discutiremos la posibilidad del pago.

 

Una vez más había logrado estirar los plazos y continuar la negociación, se agotaban los tiempos y también su fortaleza física y psíquica. Ya no se sentía solo, de qué le serviría no importaba por lo menos lo calmaba el sentirse acompañado.

 

*Martes 1º de junio. Hora 13.30.  Cuando el Director general volvía por la ruta, se le cruzó un automóvil queriendo interceptarlo. Logró escapar por las suyas. La custodia fue severamente castigada por negligencia. Esto es más peligroso de lo que creía.

 

El Director y Javier, una vez más, se entrevistaron con autoridades competentes explicando la confusa situación. Ampliaron la denuncia ante el juez.

 

*Miércoles 2.  Hora 8.00  Habló. Dentro de dos horas nos espera en el Pampita, un bar del bajo Belgrano. Dimos aviso a la policía. A las 11hs nos reunimos los tres, ya que viene el Director General, según lo convenido.

La discusión fue feroz. El jefe no aflojó, pero quedamos en cerrar el negocio mañana.

 La policía confundió el lugar y no aparecieron.

A las 18hs contratamos personal de alta seguridad. Nadie dice nada pero pensamos en las mafias y en los sicarios llamados “los Batatas”.

 

Para los directivos de la empresa, dormir bien, ya no era tan fácil. La fatiga de estos quince días se hacía notar, sabían que no había que perder la calma, pero era muy difícil mantener las apariencias.

 

*Jueves 3. Hora 9.30.  Recién llamó, quiere que vaya solo. Tengo que dejar el auto en Dragones y Sucre. Caminar hasta la confitería Selquet. Debo llegar a las 11hs.

 

Javier sabía lo complicado de su negociación y había escuchado con atención que su vida dependía de la buena y discreta conducta.

Los especialistas en seguridad llegarían al lugar antes que él para protegerlo.

Sus estudios, nunca habían contemplado materias como: acción armada o defensa personal. Tampoco tenía vocación bélica.

Trató de no pensar en su familia, ni en sus amigos. Eso lo aflojaría. Cómo podría decirles todo el amor que sentía por ellos.

Acomodó su oficina, fue al cuarto de baño, se arregló un poco, se mojó la cara, se vio el pelo desprolijo. Se dijo –después voy a ir a la peluquería- se interrumpió y pensó en el después.

Tragó saliva y se fue al estacionamiento. Partió a horario.

 

Su diario continúa así:

*Jueves 3 de junio. Hora 9.30   Recién llamó quiere que vaya solo. Tengo que dejar el auto en Dragones y Sucre, caminar hasta la confitería Selquet. Debo llegar a las 11hs.

 

Mes de julio.

Hace un mes papá se fue de viaje de negocios.

Yo lo extraño.

Mamá dice que ya está por volver pero llora.

 

 

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COMO UN HIJO

Ernestina y Jeremías, los abuelitos, como le decían sus vecinos, regresaban de su paseo diario. El viejo automóvil Ford ronroneaba, lentamente, por la avenida Remedios, en el barrio de Lanús.

El anciano estacionó a un costado de su jardín y de inmediato se cobijaron en su amada casa.

Los primeros fríos de otoño estaban instalándose. Habían aprovechado la hora del sol para pasear, pero otra hora “la del té”, les indicaba el final de su estadía al aire libre. En realidad no era té lo que merendaban, se acompañaban con unos mates dulces. Ernestina, hija de italianos, jamás se acostumbró al mate criollo.

Encendieron la televisión y así dejaron pasar su tiempo hasta la hora de las noticias. Ella tomó la canasta de costura y comenzó a pegar unos botones a una camisa azul con el escudo de un club de golf inglés, él releyó el diario de la mañana y estaba por comenzar a leer una novela que le habían prestado.

Escucharon el timbre y por la ventana vieron a un joven que llamaba.

Ernestina se asomó para saber qué quería.

- Buenas tardes abuela-, gritó desde la calle. La voz ronca atravesaba todo el jardín.

- Buenas tardes, ¿qué desea?-, fue la respuesta.

- Estoy sin trabajo y tengo hambre, ¿podría darme algo de comer?.

La viejecita no se hizo esperar. Entró, tomó unas galletas y se las alcanzó. Ya cerca del mendigo, sintió un impacto fulminante.

- ¡Jeremías vení pronto!-, gritó.

El viejo se acercó y forzando la vista, a través de sus gruesos anteojos, vio el rostro del hombre joven que tanto llamaba la atención de su mujer.

- Dime, ¿no es igual a Miguel?, ¡cuántos recuerdos!-, la mujer se quedó con la vista lejana, mirando sus memorias. – Joven- agregó -no quiere pasar?, acá hace frío.

-No quiero molestar, con esto me alcanza-. Mostró las galletas.

Con amor de abuelos, le insistieron y entraron a la casa. Lo sentaron en el sitio de honor y, como en los cuentos, “la abuelita”, le preparó chocolate. Jeremías, le acercó una copita de licor, -para que te calientes los huesos-, comentó. De inmediato lo interrogó ¿cómo te llamás?.

-Juan-, fue la cortante respuesta, aunque parecía esconder su verdadero nombre.

-Te pareces mucho a nuestro hijo.

-¡Ah!-, exclamó el joven asintiendo con un movimiento de cabeza.

Jeremías le contaba un poco de su único hijo, llamado Miguel, de su juventud, de los vecinos.

La viejecita los escuchaba en silencio, le divertía la charla entre los hombres.

Sentía que era como en los tiempos pasados y recordaba a Miguel, qué alegría cuando se había comprado la moto, cómo corría con ella, ¡ qué susto el día del accidente con el camión!, vino a su memoria cuando el joven terminó sus estudios, el contrato para ir al Canadá, ¡qué fastidio!, no se verían tan fácilmente, para qué ir tan lejos, -acá podés progresar igual-, le dijeron.

-Escuchá Ernestina, no tiene adónde ir y está sin trabajo. Tal como le pasó a Miguel.

-Yo señora soy muy pobre. Cuando pueda conseguir una changa, ahí me prendo.

-Mirá jovencito, mi señora y yo, te invitamos a que te quedes unos días, hasta que consigas algo. Somos dos viejos muy solos y tu compañía nos va a hacer muy bien.

-Bueno, si no es molestia-. Así aceptó la tentadora propuesta.

-Ninguna-, agregó ella. -Tomen, jueguen a las cartas que ya hago la cena, ahora los días son más cortos y es bueno acostarse temprano.

Después de comer, vieron algo por TV y Juan fue acompañado a su cuarto. -Es el de Miguel-, le dijeron.

Lo despidieron con un cálido -“buenas noches, que descanses”. Cualquier cosa nos llamás, no pases frío, en el placard hay otras mantas.

Respondió con un -“buenas”. ¡Ah!, gracias por todo.

El refrán dice “los viejos son como las gallinas, se levantan y acuestan con el sol”.

Esa mañana, antes que cantaran los gallos, los ancianos andaban merodeando por la pieza de Miguel, sigilosamente, para no despertar a Juan.

Estaban un poco excitados.

Limpiaron la pajarera, cuidaron del jardín cortando unas flores y dieron un  breve paseo matinal.

Al regresar, Ernestina no esperó más. Llamó a la puerta, muy suavemente. No hubo respuesta.

Insistió.

Se retiró a la cocina y una vez allí le comentó a Jeremías la falta de respuesta a su llamado.

- Esperá un poco más-, respondió él, -todavía es temprano.

Al rato la voz de ella gemía -Jeremías, vení, no está, se ha ido.

- ¿Cómo?, ¡no puede ser ¡-. Hablaba y observaba el cuarto vacío.

Se abrazaron y él la consolaba mientras ella lloraba y se lamentaba.

Lentamente con desilusión, pensativos,volvieron a la cocina. Desde la ventana miraron el jardín,guardaban la esperanza de verlo volver.

- Se fue como lo hizo Miguel, te acordás cuando me dijo “mamá me iré pase lo que pase, necesito no verlos por un tiempo, esto no puede seguir así”.

- Tenés razón, le hablé de hombre a hombre. ¡Pero no!. Quería otros horizontes. Hacer mi propia vida, me gritó.

 

 

Esa tarde, cumpliendo su rutina, en su viejo automóvil, los viejos regresaban a la hora del mate. Jeremías estacionó, como de costumbre, al costado del jardín. De inmediato se cobijaron en la tibia cocina. Encendieron el televisor y esperaron, casi sin interés, las noticias del día. El fuerte sonido del aparato agravó más la información. “Con el de hoy, son catorce los casos en dos años. Otro cuerpo sin vida de un joven no identificado”. Se cree que fue narcotizado. Estaba maniatado y totalmente desangrado. Sin marcas. Se sospecha que pueda ser un ritual de una secta satánica. Vestía camisa azul con escudo de golfista. Quien pueda colaborar con la policía puede llamar a los números que indica la pantalla.

- Escuchaste Jeremías, parece el timbre, ve a ver quién puede ser a estas horas.

 

 

 

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EL ACCIDENTE

La avenida Figueroa Alcorta de BuenosAires, es una de las vías más rápidas  y transitadas de la zona norte.

Su paisaje es abierto y atraviesa parques y paseos de una belleza natural inigualable. El tradicional Rosedal nos lleva hasta”El Planetario”. La enorme nave que en su vientre anida la Bóveda Celeste para estudio e imaginación de los porteños.

La avenida  serpentea  jacarandaes y palos borrachos, esto da colorido formando un techo verde sobre el automovilista.

Conducir es un placer  y hasta un juego. A ambos lados se ven aerobistas, ciclistas o deportistas, quienes intentan hacer algo por su salud.

Contrastando con el paisaje se observan altos y lujosos edificios, restaurantes y clubes.

La belleza del lugar es un ejemplo de la pampa húmeda, dominada y civilizada .

Su trazado sinuoso y con espaciados cruces, hace que sea una vía muy rápida y por ello se aconseja a los choferes conducir respetando las normas de tránsito, el uso del cinturón de seguridad, y ser criteriosos  en su desplazamiento.

                Linda, leía y releía, detenidamente, el último artículo de la revista del Automóvil Club Argentino. Su mirada se fue perdiendo en el horizonte, como buscando algo.

Sus manos tensas se aferraban al papel estrujándolo. Sus ojos se encendieron y exclamó ¡allí está !.

Fue volviendo en sí misma. Nuevamente respiraba con calma, otra vez era ella, una mujer controlada y medida, esa mujer que se había propuesto ser.

                               

 – Señor Horacio López Banegas, llamó el médico.

 – ¡Sí!, soy yo!-. Respondió.

Demacrado, envejecido, con estupor  y desaliento. Aturdido.

Habían pasado veinte minutos desde la llamada  a su estudio y todo era tan lejano. Esto no puede  ser, pensaba, esto le pasa a los demás, no a mí, no a nosotros. No puede ser.

- Señor Banegas, insistió el médico-. Trataba de traerlo a la realidad. La dura y concreta realidad que ahora debía afrontar.

- ¡Sí!, disculpe estoy muy nervioso.

 -Lo comprendo y lamento lo ocurrido. Su esposa se repondrá de los golpes recibidos, el cinturón de seguridad le salvó la vida. Suponemos que el niño  iría  en el asiento trasero, se soltó y ante el impacto atravesó el parabrisas. – Espero que no haya sufrido, dijo el padre, a modo de consuelo.

El médico lo acompaño con un silencio y un gesto que demostraba esperar lo mismo.

Continuó Banegas, -Dicen que la muerte es un sueño placentero-, sus ojos se humedecieron y con voz ahogada, agregó, – Un niño llega más rápido ante Dios,  pero, -¿por qué a mí … a nosotros?-. Se derrumbó anímicamente y no pudo hablar más.

Después  de unos instantes, el médico le dio instrucciones con respecto a la paciente. -Señor, usted deberá ser fuerte y afrontar esto con valor, piense mucho en su mujer, que llevara un sentimiento de culpa toda su vida. Quizás necesite apoyo psicólogico. Deberán  asumir el duelo con cautela. Ella en unos días se irá a casa. No va a ser fácil. Ahora está sedada y duerme profundamente. No despertará  hasta mañana.

Horacio, acompañado por sus familiares, pasó la noche en el hospital, velando a su mujer. No derramó una sola lágrima, su tristeza iba más allá del llanto.

Hombre creyente, buscaba consuelo en la oración. Cuando por fin pudo ver a Linda, se sintió mejor. Ella ignoraba todo lo acontecido y él, lentamente, debió explicarle los detalles del accidente y sus irreparables consecuencias. Linda lloraba y se culpaba, él la consolaba diciéndole que-el Señor así lo quiso y por algo será, ya que Él es sabio-. Ella no era tan creyente como él  y no alcanzaba  a comprender  los porqué de esta situación.

Pasaron los días, Linda fue dada de alta y regresó a casa. Pretendió guardar todo lo del niño, pero Horacio se opuso. Quedaría el cuarto como estaba, sólo se limpiaría, pero no se tocaría nada. Era una forma de mantenerlo presente.Ella sintió preocupación por él.

                                                   

Horacio casi no hablaba del niño y Linda no insistía. Cierta vez, él se detuvo frente a una plaza y veía pequeños con sus mamás, en los juegos, como lo habían hecho ellos hasta ayer nomás. Linda le acarició los cabellos y lo apartó casi a los empujones. La mirada de él, estaba más vacía que otras veces. No se dijeron nada.

Lentamente aparecieron cambios de conducta en Horacio. Se quedaba más tiempo de lo habitual en su estudio. Había dejado de sentir placer por ir al club  a jugar tenis con sus amigos. Linda le recordaba cuando hacían pareja en los dobles  y eran casi imbatibles. Él prefería quedarse solo, leyendo o escuchando música,  había empezado a oir Offenbach en su “Orfeo en los infiernos  y los cuentos de Hoffman”.

- No quiero ver gente, estoy cansado por el trabajo-, repetía a cada instante.

A veces, a duras penas, Linda lograba llevarlo al cine o al teatro. En muy pocas ocasiones ir a visitar amigos o familiares.

Ella le preparaba sabrosas comidas o su tarta de peras, que tanto le gustaba. Él, comía lo necesario pero no con la glotonería que lo caracterizaba. Durante la cena recordaba un juego que había creado para que el bebé comiera. Consistía en tomar un enorme trozo de torta cantándole a la porción  “te como, que te comeré “, moviéndose a ritmo, la comía a mordiscones y entonces, el chiquito lo imitaba feliz.

Sí, era un padre a tiempo completo, con la alegría que le brindaba ese hijo. Y ahora, la nada.

Los familiares y amigos más allegados le aconsejaban, a Linda, que lo hiciera ver por algún psicólogo. La situación era muy gris, no había posibilidades de cambiarla y sólo no podría superarlo.

 – Comprendo todo, sé que hay hechos irreparables de los cuales somos meros instrumentos, pero no puedo, ¡ no aguanto más!-. Horacio pretendía que los demás comprendieran su dolor y lo dejaran tranquilo.

Ella se esforzaba por revertir  tal situación pero él seguía en lo suyo. Insistía en que hacía lo que podía, que no la quería hacer sufrir, que lo perdonara, que era débil, hasta que cierta vez como con bronca, en una de esas charlas le confesó que  ese niño era todo para él, que era el centro de su existencia  y que …, se detuvo.

Su desahogo fue total y sorpresivo, para no herirla se encerró en su cuarto.

Linda había escuchado en silencio. El intenso amor que sentía por Horacio, la angustia de ver cómo lo perdía, cómo aquel niño  había interferido en su pareja  y ahora el accidente.

Decidida a hablarle, fue al cuarto, pero él ya dormía. Al verlo, se le acercó. Lo miró y dudó un instante. Su propio cuerpo temblaba, sollozaba, sus manos temblaban atestiguando la angustia que la invadía. Entonces se inclinó suavemente sobre él, posó su mejilla contra el pecho de Horacio y al verlo profundamente dormido le confesó su secreto.                                       Con la voz entrecortada  y casi imperceptible le dijo – Querido, siempre has sido mi vida, mi pasión, mi Todo.

La congoja la detuvo pero con gran esfuerzo y la garganta anudada prosiguió -El mal amor me cegó, lo que hice fue por celos.

El respirar agitado de Horacio se detuvo, los músculos de la cara se endurecieron, se clavaron sus mandíbulas y por sus ojos entrecerrados brotaron las ácidas lágrimas del dolor.

 

 

 

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