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Archivo de la categoría: Cuentos policiales

Asalto Nocturno

Fue en la fiesta de egresados que presté atención en Elizabeth. Muy bien producida, con un vestido rojo caro, muy caro y adornada con joyas de primera línea y exclusivas.

No la conocía, siempre me mantuve alejado de las mujeres feas. Mi éxito con las féminas no me permitía tratar con un bicho como ella. No sabía quién era hasta ese día.

-¡Ay!…¡cómo duele!…

-¡Felicitaciones abogado Claudio!- dijo Esteban levantando su copa.

-¡Felicitaciones doctor Esteban!- respondí en voz y gestos de agradecimiento, levantando, también, mi copa.

-No me entendés – corrigió.

-¿Qué no entiendo? – pregunté entre sorprendido y curioso.

-No es por nuestros títulos que brindo. ¡Es por tu suerte!

-¿Mi suerte?- seguía sin entender.

-Elizabeth te echó el ojo.

-¿Y?

-Y nada. Es la hija única del hombre más rico de sudamérica- tragó el último sorbo y se alejó sonriendo.

A partir de ese diálogo me dejé acercar a Elizabeth.

El amor tiene su precio y una buena vida también.

Después de unos pocos meses de romance nos casamos.

-¡Qué dolor!…

Nació Claudio Elio, con el nombre del padre y el de su ilustre abuelo, el super millonario. ¡Qué menos que eso!

 El niño, mi hijo, resultó ser tan metódico y racional como yo. Un témpano pensante.

Se sucedieron once años de soportar un amor pegajoso y vigilante. Sus celos enfermizos provocaron que decidiera deshacerme de ella. Debía ser cuidadoso con no perder mi prestigio y futura herencia.

Puse mi sangre fría e inteligencia al servicio del crimen perfecto. Fui ideando un plan donde los dos seríamos las víctimas.

 

Compre una cuchilla en la Feria Gaucha de Mataderos. La hice afilar a mano cosa de asegurarme las huellas dactilares de un desconocido. El expediente de la investigación dirá: huellas dactilares no identificables en el arma homicida.

Un extraño sin conexión alguna con nosotros.

Guardé la faca con cuidado.

Analicé una y otra vez la puesta en escena.

 Yo entraría encapuchado por la ventana del dormitorio, ventana a la que forzaré desde el exterior. Usaré una barreta para hacer poco ruido.

Tengo la certeza de que Elizabeth estará bien dormida porque se ayuda con pastillas.

La apuñalo, me hiero y con la pistola que estará sobre mi mesa de noche haré varios disparos que atraerán a las mucamas y con suerte a los vecinos.

El agresor huirá por donde entró. Me aseguraré que se encuentren huellas.

La policía hará pocas preguntas ya que se verán las marcas de mi pelea y las pisadas en el jardín.

Acudiré, pidiendo ayuda, a mi colega el Fiscal Joaquín Prieto Galmaz. Como amigo sabrá abreviar la gestión.

Antes, razoné, pasaré los seis meses previos haciendo una vida correcta y luego, después del incidente, continuaré como un asceta hasta que termine la investigación. Seré el viudo dolido por varios meses y, además, un padre perfecto e irreprochable.

Ser viudo es más interesante que ser soltero. Ya sabré aprovechar y disfrutar de mi nueva libertad.

Llego la noche esperada.

¡Duele mucho!…

Elizabeth acostó a Claudio Elio que no se sentía bien. Regresó al dormitorio, ingirió sus píldoras y se acostó.

Cerca de las 2.30 horas mientras ella dormía profundamente, encendí la luz de mi velador, me levanté e hice un poco de ruido. No se despertó.

Salí sigilosamente.

Ya en el parque me puse los zapatos de Andrés, el jardinero, y marqué huellas simulando pasos que llegan y se van.

Volví a calzarme mis pantuflas, me puse guantes y un pasamontañas negro. Imposible reconocerme.

Forcé la ventana con la barra de hierro y entré cuchilla en mano.

El plan marchaba a la perfección.

Junté coraje y le apliqué la primera puñalada. Ella dormida deja escapar un grito ahogado, presa del dolor y la sorpresa.

El asalto nocturno es un éxito.

A pesar de lo sorpresivo del ataque opone resistencia.

Desesperada se defiende como puede y alcanza a protegerse con las sábanas y la frazada. Se envuelve y se enrosca entre las cobijas. Hago un gran esfuerzo con mi izquierda para quitarle las mantas y asestar la segunda estocada con mi derecha. Me cuesta desarmarle el escudo que se formó alrededor de su cuerpo. ¡Por fin logro destaparla! Ahora podré asestar otra cuchillada.

Ella grita, gime, manotea al aire para alejarme.

Levanto el brazo derecho, el reflejo permite ver en las penumbras la hoja ensangrentada que voy a clavar en su cuerpo hasta dejarlo inerte.

Suena un estampido.

Me congelo del susto y llega el dolor agudo que huele a carne quemada.

Claudio Elio se sintió mal y se pasó a nuestra cama mientras yo preparaba mi ataque.

 El miedo y la embestida violenta lo sorprendieron, pero se mantuvo frío y lúcido.

Mientras yo, ciego de rencor y pánico, atacaba a Elizabeth, el niño tomó mi arma, apoyada sobre la mesa de luz, y disparó al intruso.

Estoy en la ambulancia desangrándome y siento que no resistiré. ¡Duele!

 Imposible llegar al hospital a tiempo.

¡Mejor así!

 

EL REGALO

A Hisch que con sus historias llenaba las pantallas.
Andrés Pérez Novillo cavaba en el fondo de la quinta y presuroso arrojó dentro del pozo los dos cuerpos.
Desde hacía quince años venía usando el dinero de su esposa y haciéndole los cuernos con cuanta joven mujer se le cruzara.
Como marido era el ejemplo de hombre amable, cariñoso y servicial. Ana Gloria lo amaba con todo su corazón y él sentía que lo ahogaba. Era el hombre consentido y mimado a más no poder, aficionado a la pesca. Sus correrías las practicaba al irse los fines de semana en busca de cardúmenes, dentro y fuera del agua.
Ana Gloria no escuchaba a su madre Inés Pual viuda de Ginés, quien cedió la dirección de la empresa familiar a su único yerno. Doña Inés había escuchado rumores dentro de la fábrica y en su momento advirtió a su hija. Ana Gloria no la escuchó y cerró el desagradable rumor pensando en la envidia que sentían aquellas pobres mujeres abandonadas en la plenitud de su incipiente madurez.
Habiendo hablado con Andrés y creyendo todas sus explicaciones siguió viviendo en el mejor de sus mundos.
Hace cosa de un mes, faltando unos días para su cumpleaños, Andrés propuso a su mujer que fuera a Necochea, acompañada de su madre a descansar y él terminaría con unos trabajos impostergables y luego se uniría al paseo un par de días antes del aniversario.
Ana Gloria hizo las reservas de hotel y preparó el automóvil para viajar tranquilas. Hubiese preferido ir en avión pero Andrés le pidió que llevara el auto. Saldrían el sábado de madrugada.
Él iría en cuanto terminara con unas entrevistas, volaría y luego pasearían, por la región, juntos hasta el regreso. Como es un apasionado del manejo sería el chofer de ambas mujeres.
La noche del viernes puso el plan en marcha.
Etelvina, la empleada doméstica, ya se había ido por todo el fin de semana.
Al caer la tarde, Andrés se puso a cavar en el fondo de la casa.
Ana Gloria sorprendida se acercó a curiosear en qué andaba su marido.
Sin advertencia alguna recibió un golpe de pala en la cabeza cayendo al piso. Su cuerpo inmóvil yacía entre las magnolias.
Andrés, simulando gritar, llamó nervioso a Inés, haciendo señas que la anciana no entendía.
Se acercó y al ver el cuerpo caído entre las flores corrió en su ayuda. El asesino no dudó y con un golpe certero en la base del cráneo mató a su suegra.
Ya era noche cerrada. Terminó de cavar y arrojó los dos cuerpos al fondo del pozo.
Los cubrió con tierra y disimuló lo removido con malvones y geranios mustios.
Se duchó y salió con el auto. Lo dejó cerca del viaducto de la avenida Iriarte donde inicia, o termina, la peligrosa villa miseria. Arrojó las llaves al piso y las carteras de las mujeres quedaron sobre las butacas delanteras.
Caminó un buen rato por las calles de Constitución y luego regresó a su casa.
Los guantes y la gorra pasamontaña, que le cubrieran el rostro las arrojó por separado en distintos recipientes de basuras que inundan la ciudad.
Ya instalado en su domicilio llamó a su primo para invitarlo a cenar. El pretexto era que estaba solo porque su mujer y su suegra habían partido hacia Necochea y prefería comer acompañado.
Fueron a uno de los tantos restaurantes de avenida Libertador y pasaron una agradable velada.
Andrés le comentó a su primo que tenía programado hacer un viaje a Europa a festejar su nuevo aniversario de casados. Sería una especie de segunda luna de miel.
Cerraron la noche con una buena copa y se despidieron hasta la próxima.
La tarde del sábado llamó al Hotel Gran Quequén y preguntó por Ana Gloria. Fingió sorpresa al escuchar que – Las señoras no han llegado- su interlocutora trató de calmarlo –Usted sabe, señor, el viaje es largo.
Andrés insistió y le recriminó a la telefonista en que habría un error. A su pedido, solícitos, los responsables del hotel fueron a la habitación 722 a verificar. Estaba libre.
Quedó en volver a llamar más tarde ya que posiblemente se entretuvieron por el camino.
Dejó pasar el tiempo.
Tomó el teléfono y llamó al hotel. La respuesta fue lacónica –No han llegado.
-Pero es casi media noche, no puede ser… Colgó.
De inmediato llamó a su amigo el Fiscal González Spietta y le explicó sobre su angustia por la desaparición de las dos mujeres.
Durante el día domingo fue informado que el automóvil fue hallado en poder de unos “dealers” del narcotráfico. Según declararon se apoderaron del auto abandonado por sus ladrones pero no sabían nada de las mujeres.
Idas y venidas durante cuatro días. Nada de nada.
El plan era un éxito, sólo un poco más de paciencia. Todo iba cerrando bien.
El viernes, día de su cumpleaños, a mediodía, lo llama Etelvina llorando, Andrés estaba reunido con dos de sus clientes.
-¿Qué pasa Etelvina?, ¿por qué llora?- insistió nervioso.
-Señor, estoy muy triste y emocionada…
-¿Por qué?, la tristeza la entiendo pero lo de la emoción. Me puede explicar por qué me llamó- le temblaban las manos y la voz, rápidamente pensó en alguna falla de su elaborado y bien concebido plan.
-Señor recordé que hoy es su cumpleaños y …
-Comprendo pero cálmese- ya respiraba mejor no estaba pasando nada especial.
-¡Es que la señora lo quería tanto!
-¡Sí Etelvina!, debo aprender a vivir sin ese amor que me prodigaba- ya se estaba fastidiando- ¡Bueno!, voy a colgar.
-¡No señor, no cuelgue!
-Es que estoy con gente y tengo cosas que hacer.
-Señor hace como dos horas llegó su regalo de cumpleaños.
-¿Cuál regalo?
– El que le hizo su señora.
-¡Por favor! Explíquese
– Su querida señora le regaló como sorpresa la pileta de natación que tanto quería y ya están excavando, donde ella misma les había dicho, en el fondo entre los geranios y magnolias.
Andrés colgó de inmediato.

 

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FÚTBOL, AGRESIÓN Y SECUESTRO.

La gloria para los mejores. Los demás ¿qué?

El automóvil nuevo de alta gama se detuvo frente al parador “El 73”, ubicado en la ruta provincial 21, casi cruce con el Camino de Cintura.
Se apoyaron contra el mostrador y eligieron un choripán y dos de chorizos a la pomarola.
Los sandwichs y el vino raspa raspa estaban deliciosos.
-El que me recomendó este lugar no exageró para nada- decía el mayor del grupo. Un hombre muy elegante vestido con ropa deportiva. Los jóvenes que lo acompañaban asintieron con la cabeza mientras mordían un trozo del manjar con el que se agasajaban.
El parrillero orgulloso los veía engullir con satisfacción.
El señor pagó dejando una generosa propina y el encargado los acompañó hasta el vehículo. La renguera no molestaba a su agilidad, llegó presto y les abrió la puerta en atención a su visita.
Partieron raudamente levantando polvo y el hombre los siguió con la vista mientras se alejaban rumbo a González Catán.
Allí se encuentra el campo de entrenamiento y los visitantes eran dos juveniles y su entrenador del equipo de fútbol.
La parrilla “El 73”(el rengo), no tiene punto fijo. Se queda unos días en un sitio y luego se traslada huyendo de los coimeros que lo aprietan para que pueda trabajar tranquilo. El hombre no quiere pagar y prefiere esconderse de los mafiosos y ciertas autoridades que hacen como que son la ley y están arreglados con cuanto trucho anda suelto.

Los pibes del barrio de monoblocks vieron al BMW con vidrios polarizados y se preguntaban quién sería el pesado que vino de visita. Al día siguiente el auto seguía estacionado y el polvo lo iba cubriendo de a poco.
El Pato, uno de los más atrevidos se acercó y dio unos golpecitos sobre el techo. Esperó unos minutos, no hubo reacción alguna. No sonó la alarma y nadie desde los departamentos lo retó o advirtió que dejara el auto en paz.
Aplicaron el sistema “piraña”, empezaron a robarse los cromados, el stéreo y las baratijas sueltas en el interior.
Medio Polvo decidió llevarse la rueda de auxilio y abrió el baúl. El olor a podrido lo espantó. ¡Bueno!, no tanto porque igual se llevó la rueda.
Salieron corriendo para nunca más volver.
El cadáver tenía una bolsa de plástico envolviéndole la cabeza.

Jorge ”Cuatro Manos” Barragán, había sido secuestrado. Pedían un rescate suculento. Sus amigos, familiares y el club estaban reuniendo el dinero. Necesitaban un poco de tiempo, tiempo que según los resultados no fue concedido.

Los bomberos rodearon el vehículo y la policía científica participó en el rescate y estudio del cuerpo.
Del auto no se pudo analizar demasiado porque los pibes chorros lo habían desmantelado y dejaron sus huellas por todas partes.
El cuerpo indicaba que fue torturado por marcas que le encontraron, aunque dichas marcas podrían ser golpes del entrenamiento. Sí, se destacaba la saña con que le fracturaron sus piernas y el modo en que le molieron sus rodillas. Se supone que fueron varios y querían sonsacarle algún dato preciso. Se pensó en las drogas y no se encontró el camino a investigar.
La noticia fue escueta. El diario “Crónica” decía en policiales: Fue hallado el cuerpo sin vida del hoy entrenador y conocido arquero de los 90 que hizo vibrar a la afición deportiva. El pueblo futbolero llora su muerte.

El Doctor Raúl Alfonsín acaba de asumir como el Presidente Constitucional del Pueblo de la Nación Argentina, la democracia está de fiesta.
-Mirá pibe, este domingo es tu último partido en Argentina, Italia te espera. Si seguís jugando así serás la estrella de Europa y la vida, la riqueza y los honores te sonreirán. Cuidate las piernas y lucite ante los tanos que el lunes tomamos el avión.
José “El Balazo” Elías escuchaba con atención. Una vez instalado se llevaría a la vieja y a sus hermanitos a vivir como reyes. Con la novia se casaría en la mejor iglesia que encuentren y juntos volverían de vacaciones a visitar a los pibes del barrio. Basta de mishiadura y apretarse el cinturón, ¡por fin rendían los frutos de tanto entrenamiento!
Minuto 35 del segundo tiempo, el Gordo Muñoz narra el avance de Elías y anuncia el “peligro de gol”.
El pibe se desmarca y avanza con velocidad hacia el centro del área, se acerca la gloria y no la puede dejar escapar. Las hinchadas gritan emocionadas. La rival desaforada pide ¡sangre!
Cuatro Manos se interpone y cuando Elías está cerca se le arroja con los tapones de punta a las rodillas del delantero.
¡Silencio!
Las tribunas callan y Elías pierde su gloria y su rodilla derecha. Él no lo sabe pero nunca más jugará al fútbol.
Desde el hospital declara perdonar a Barragán y que será sometido a varias cirujías para volver a jugar en seis meses.

Pasaron más de veinte años. José Elías sin profesión conocida, sumido en la pobreza y olvidado, con sus hermanos regentea un carro de choripanes.
Es Nadie, lejos del fútbol y sin rencores. No hay tiempo, la pobreza te obliga a pelear a cada minuto y no hay tiempo para más.
Aquel día lo tuvo a mano, lo había olvidado, sintió la diferencia de la injusticia. -Él un señor, yo un pordiosero sin derecho a una vida- se dijo bebiendo un poco de su vino agrio.
José “El Balazo” Elías lee la noticia de la muerte de Jorge “Cuatro Manos” Barragán. Levanta la vista al horizonte y olvidando su cirrosis terminal, sonríe.

 

31 DE DICIEMBRE, SERÁ NOTICIA

María Juana, madre soltera, viaja con su hijo Juan en el ómnibus que acaba de cruzar al Paraguay.
Había visto un informe televisivo, hacía unos meses, donde se resaltaba el escaso control aduanero. No es que sea contrabandista, ¡no!, pero pensaba irse de Buenos Aires sin llamar la atención.
Decidió que sería interesante cruzar la frontera desde Argentina en micro ya que nadie pide la documentación personal y ella prefiere mantener se de incógnita.
Ya más tranquila en tierra extranjera consultó su reloj, eran las 14.25 horas del día 31 de diciembre.
Los festejos de fin del año en Argentina se habían iniciado el día 30 y no habría actividad hasta el lunes 5 de enero, María Juana había partido hacía menos de veinticuatro horas. Pronto llegaría al aeropuerto.
Si todo salía según lo previsto, el 1°de enero estaría almorzando en Madrid.
Después, ya más descansada y menos ansiosa decidiría dónde instalarse.
En el Banco Nacional del aeropuerto depositaría el dinero y sólo se quedaría con las alhajas.
José de Zuloaga y Gesiral había aceptado casarse con ella. El día 7 de enero, apenas aterrizada cumplirían con la ceremonia civil, luego José adoptaría al niño y así ambos, madre e hijo, tendrían un nuevo apellido. –¡Internet logra milagros!- se decía.
Tener todo preparado y bien estudiado le daba la seguridad de cerrar con éxito su venganza y quedar fuera de sospecha o por lo menos de que la atrapen.
-Que busquen a María Juana Benítez, ¿a ver si la encuentran?
Hacía nueve años que Pedro Estibell, la había contratado como mucama con cama adentro.
En los fondos de la vivienda había una pequeña habitación, antiguo palomar, con un baño. Allí fue alojada.
No sólo limpiaba y cocinaba, también atendía al público de la mercería. Se consideraba casi una esclava. Le había manifestado al matrimonio que deseaba un poco de tiempo libre y mejor paga. Pedro le había prometido que en cuanto cambiara la situación le duplicaba el sueldo y que una vez que preparara la cena podía tomarse la tarde de los sábados y, también, los domingos libres.
El señor de la casa se transformó en la cordialidad en suma pureza y hasta le confesó que pensaba en separarse de Hilda, su mujer, porque ya no se querían.
La situación fue tornándose cada vez más íntima hasta que ella por caridad, comprensión o por tonta, ¡nomás!, aflojó y un fin de semana que estuvieron solos tuvieron sexo. Ella mucho más joven que Pedro sintió que él rejuvenecía. Así nació un amor clandestino.
Pedro no cumplía con su promesa de separación y María Juana quedó embarazada. El padre, según lo convenido, fue un desconocido de un baile y allí se instaló la gran mentira y la semilla del final trágico.
Durante años Pedro la entretuvo y María Juana trató de ser paciente.
Ese mes de octubre que Juancito cumplía años vinieron amiguitos del colegio e hicieron travesuras y mucho bochinche que enojó a sus patrones.
Tuvo una seria discusión con Hilda y Pedro. Ambos le pidieron que buscara otro empleo y un espacio donde vivir ya que el niño era una molestia y no lo aguantaban más.
Furiosa por lo incómodo de su situación, al no tener familia ni haber hecho amigos siendo casi una reclusa de los Estibell, no teniendo dónde caerse muerta y con la responsabilidad de un hijo pensó en una salida.
Pidió disculpas al matrimonio para ganar tiempo y después de este primer paso armó todo un entramado para escapar sin ser vista.
Por internet se encontró en un “sitio del corazón” con el valenciano José. Ella es una viuda comerciante con un pequeño hijo y allá en Valencia, juntos podrían atender la taberna de la cual él es el único propietario.
Para la cena del 31 de diciembre le preparó al matrimonio esa crema chantilly tan sabrosa que tanto les gusta y con la que suele agasajarlos.
Los dos copones quedaron guardados en el refrigerador, ya que las frutillas con crema se deben gustar bien frías.
*****
El altavoz del avión anunciaba la llegada a Madrid, María Juana cerró el libro inspirador que hablaba de la pócima destructiva llamada “cantarella”.
Hasta el martes 6 de enero, Día de los Reyes Magos, nadie notaría el fallecimiento de los Estibell ni la ausencia de quien fuera en la otra vida María Juana Benítez.

 

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LA CITA

-Quedamos a las cinco y media y aquí estoy.

 Me voy a la mesa que da al parque. Las plantas y las flores dan clima.

¿Será alguno de los estos tipos?

No creo. Le dije que traería un vestido verde suave y cartera haciendo juego.

Me vieron entrar pero ninguno se movió.

-Señora ¿Toma algo?- el mozo interrumpe sus pensamientos.

-Espero a una persona, luego le pido.

Aquel de la izquierda me mira con insistencia. ¡Hum!, no es mi tipo y además me hace acordar a Enrique, ese mentiroso que me dejó por una mocosa que no vale nada. Me dijo que era la hija de su prima, ¡vaya sobrinita! Y como una idiota me lo creí, si no fuera por la portera que me dijo –Señora Gladys, el señor Enrique le está jugando sucio- todavía sería una flor de cornuda.

Mejor pido un café y me enciendo un pucho. No me gusta esperar. Ya empezamos mal.

-¡Mozo, mozo. Un cortado, por favor !

El color del vestido es lo de menos. Le comenté de mis ojos verdes y mi piel blanca, ahora que me miro bien esta piel está un poco ajada. Esta noche me doy un baño de crema y de paso empiezo a hacer gimnasia, estas rodillas huesudas me dan espanto y estas carnes caídas me asustan.

Le hablé de mi pelo rubio rojizo. Parece paja seca pero el color se mantiene.

¡Ay!, será ese que entra. Voy a mirar para otro lado. Que se acerque y se presente.

-¡Disculpe, señorita!

-¡Estee!¿Sí?

-Su cortado.

-¡Gracias!

 No era el que entró. Allí está con el gordo de gris, ese gordo me hace pensar en Juan. ¡Cómo engordó!, cuando lo conocí era un atleta y mirá hoy, es una bola de grasa. ¡Qué lindo era y qué amante! ¡Qué verano pasamos!

Si nos hubiésemos casado hoy sería otra gorda viviendo con un obeso. ¿Quién me quita la tranquilidad que tengo ahora? ¡Nada ni nadie! Fue una simple despedida.

¡Ché, este no viene! ¡Me dejó plantada! Peor para él.

Esta noche entro al sitio web de las solitarias y busco otra cita.

 

 

Al otro lado de la confitería en la mesa contra la columna.

 

 

-Señor, su café. Linda la rubia ¿no?

-¡Eh!  Disculpe estaba distraído y no lo escuchaba.

– ¡Sí!, me di cuenta por cómo la miraba. Me dijo que está esperando a alguien.

-¡Gracias mozo!, ¡vaya!, ¡vaya!

Si no hago así a este tipo no me lo despego más.

Está nerviosa.

 Es un poco huesuda pero la veterana se ve muy bien.

Los fierros y las piedras son de calidad, seguro tiene un lindo bulo.

¡Pucha!

 ¡Qué lástima que este metido me haya tenido en cuenta!

 Si a esta flaca le pasa algo, el mozo seguro me recuerda.

 ¡Mejor la dejo ir!

¡Hoy es tu día de suerte viejita!

Ya encontraré otra víctima.

 

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EL LEGADO

La mañana era fría, lluviosa y no sentía placer al tener que salir.

Las calles húmedas y grises acompañaban mi curiosidad.

Jamás creí vivir semejante situación.

Así se dieron las cosas.

La reunión se llevó a cabo en la galería central. Última oficina, al fondo.

Mis primos, mi tío, los abogados y los médicos esperaban. Llegué justo a horario. Escuché las campanadas del viejo reloj dando las diez horas.

En la mesa central estaba el cofre. El abogado de la familia lo abrió y entregó el sobre lacrado al notario oficial.

Éste lo revisó comprobando que los sellos estaban intactos.

-Señores-dijo-iniciaremos el acto con la apertura del sobre y lectura del legado de doña Esperanza Bravante Espinoza de Robles.

Un gran silencio invadió la reunión.

Se leía en los rostros la angustia y curiosidad de los presentes, excepto de mi tío Gerardo.

El documento decía, según recuerdo, más o menos así:

                                                       Cuando se lea este documento es porque ya no pertenezco a este mundo. Con mis facultades mentales en plenitud y sano juicio he decidido repartir la herencia familiar de las cuales soy la administradora y única heredera. Por ello con mi abogado y médico de cabecera como testigos es que:

                                                       Dejo a mis queridos hijos todas mis alhajas y propiedades. A mi fiel sobrino (yo) la cabaña a orillas del mar. Al hospital de Maternos, del cual mi madre fue la fundadora, los pisos de la avenida Las Heras y sus ganancias de alquileres.

Si mi fallecimiento sucediera de forma natural, lego a mi leal marido, la renta de mis campos…

Así concluyó la lectura.

Silencio absoluto.

Sólo tío gesticuló mascullando algo.

Todos sin excepción, comprendimos o creímos comprender la naturaleza del extraño e incomprensible accidente que sufriera tía Esperanza.

 

 

El monograma

1955 fue el año en que los partidos y movimientos políticos, tanto los civiles como los militares afilaron sus garras y se mostraron tal cual eran. Así se aceleró la involución argentina que pareciera no terminar nunca.

Finito, el sastre del barrio, hombre apolítico como pocos, se ocupaba de su negocio y de sí mismo. No había mayor meta en su vida que su propia vida y no tenía empacho en remarcar su egocéntrica creencia.

Gustaba usar las iniciales que lo identificaban “SF”, de las que nunca se supo el significado ya que todos lo conocían como Finito a secas, apodo que respondía a su silueta flaca en demasía. Hoy se lo consideraría un anoréxico pero en aquella época se miraba al mundo de otra forma.

Corbatas, camisas, pañuelos y, supongo, su ropa interior tenían el monograma “SF”. La vidriera de su taller estaba señalada con letras enormes que eran, por supuesto, SF.

Era una moda muy difundida el inscribir las iniciales de los nombres en relojes, llaveros, trabas de corbatas, estilográficas y en cuanto elemento propio se deseaba personalizar. Daba cierta categoría tener monograma.

Finito era un hombre al que le gustaba viajar y sus valijas de cuero negro lucían las “SF” en letras doradas.

Casado con cuatro hijos trabajaba de sol a sol para mantener un buen nivel de vida. Familia típica de clase media.

No tenía tiempo ni interés en participar de otra cosa que no fuera su sastrería.

Su mujer una mendocina buena como el pan era su amada compañera y era la responsable de la casa y los niños.

Los familiares de Etelvina vivían lejos, cada tanto se subían al Cuyano y bajaban a Buenos Aires a quedarse unos días. De Finito jamás se vieron parientes, sí muchos amigos.

Allá por el mes de agosto recibieron a Lisandro, primo segundo de ella y marino retirado. Hombre con gran acercamiento hacia Finito ya que ambos gustaban del jazz y el folklore nacional. Se pasaban horas, durante las noches, escuchando en la victrola los discos de pasta con las canciones de su agrado.

Lisandro les comentó que estaba por abrir un negocio de importación de herramientas y que pronto viajaría a EEUU, para ser más precisos a Wisconsin, y que de allí se haría el abastecimiento necesario.

Finito escuchó a este primo con entusiasmo ya que creía en el trabajo y en la modernización de la industria. Le pidió que le trajera novedades en maquinaria para el mundo de la costura porque quizás agrandaría el taller. Todo dependía de los costos y de un crédito que había pedido en el Banco de la Nación, único banco de confianza allá en los 50.

Lisandro se fue con la promesa de ayudarlo y se llevó en calidad de préstamo una de las valijas de cuero negro con el monograma dorado. -No importa que no sean mis iniciales, las tapo con un papel y listo- fue su comentario ante la observación de Etelvina.

La vida siguió su curso aunque en una sociedad agitada como pocas veces se había visto.

Los bombardeos de argentinos contra argentinos, la quema de las iglesias, la ley del agio que no frenaba la inflación y la inestabilidad política movilizaba odios y rencores de grandes y jóvenes. No había día en que los rumores no hablaran sobre traiciones y detenciones. El común de la gente quería vivir en paz pero esta señora Paz se estaba escabullendo por la alcantarilla.

Esa mañana Etelvina regresó agitada ya que las noticias, que acababa de escuchar en la carnicería, la habían sorprendido y asustado.

Las noticias de radio “Porteña” habían nombrado a su primo Lisandro y no había entendido en qué asunto estaba metido.

-No puede ser tu primo, se fue a Wisconsin y allá está comprando herramientas.

-¿Vos crees viejo? ¿Habré escuchado mal entonces?

-Tu primo es un hombre respetable, es marino y padre de familia. Está todo dicho ¿no es así?

-Si vos lo decís.

No se habló más del asunto.

Pasaron un par de días y un tal Puente, amigo de Lisandro se presentó en la sastrería.

-¡Buen día!

-Que sean buenos para los dos- fue la respuesta de Finito.

-Soy amigo de Lisandro y le quiero entregar un dinero, ¿sabe dónde lo puedo encontrar?

-Está lejos, en Wisconsin.

-¿Hace mucho que no lo ve?

-Y…más de una semana, antes del viaje.

-Bueno si aparece me hace el favor y le dice que tengo lo suyo que me llame.

-¡Cómo no! ¡Buenos días!

A la mañana siguiente Finito, como de costumbre, desayunó unos mates, tomó el diario, y se propuso leer “Noticias Gráficas”. Sentado en la comodidad de su hogar empalideció ante la noticia: “Un grupo insurrecto enemigo de la Patria fue detenido en los sótanos de la iglesia “La Medalla Milagrosa” con panfletos llenos de mentiras contra el gobierno nacional y con partituras de una canción llamada “La Marcha de la Libertad”. Lisandro Martínez, marino retirado ha sido detenido con el material apátrida. Coordinación Federal participa en la investigación en busca de los cómplices fugados.

Con voz titubeante releyó, tamaña noticia, para Etelvina.

-¡Me cuesta creer que Lisandro sea un delincuente!

-Finito vivimos una época de locos, ya no se puede confiar en nadie. ¡Espera que me lo encuentre todo lo que le voy a decir!, creo que le voy a arrancar los ojos por tonto.

-¿De qué sirve la política si no es sólo para traer problemas? Por eso soy apolítico. Soy un hombre decente y vivo de mi trabajo- se dijo en voz bien alta. Se repitió varias veces lo de ser un hombre apolítico y de trabajo, pensó que así perdería el miedo que sentía.

Ya estaba en su taller cuando llegó “el autito”, así le decían al móvil policial, y a Finito se lo llevaron por averiguación de antecedentes. Puente, el extraño visitante, estaba en el asiento de atrás.

-Insisto Señor soy apolítico y vivo de mi trabajo-. Le repetía a cuanto interrogador se le presentaba.

La respuesta de los tiras fue contundente: le presentaron la valija de cuero negro con el monograma “SF” de color dorado.

Quiso repetir una vez más que era apol… pero el retumbar de la pesada puerta de la celda ahogó su clamor.

La triste historia de los Finitos no nació ni murió allí, se  viene repitiendo. Mientras tanto la mayoría silenciosa vive de su  trabajo.

 

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